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– Le aseguro que no es pequeño logro. Es más, creo que es una proeza -lo reconfortó Harry-. No dejaré constancia de ello en su ficha.

A Harry Corbett le gustó la franqueza de aquel hombre. Además, pese a tener los ojos hundidos, su mirada denotaba el inequívoco brillo de la inteligencia. Y miraba de frente.

– Bueno, tengo veinte minutos antes de que llegue mi próximo paciente -dijo Harry-. Las jaquecas constituyen un síntoma de los más difíciles de diagnosticar, pero lo intentaré. No obstante, quizá deberá venir una o dos veces más.

– Por mí no hay problema, doctor, siempre y cuando tenga facilidades para pagarle. No es que esté sin blanca, pero tengo que hacer muchos equilibrios para lo más esencial.

– No se preocupe -lo tranquilizó Harry-. Pase al consultorio; ahí, a la izquierda, la puerta número dos. Tomaré nota de su historial clínico y lo reconoceré.

Concepción se levantó y salió del despacho. Justo en aquel momento sonó el teléfono privado de Harry. Era una línea que le permitía hacer llamadas sin sobrecargar la del consultorio y, sobre todo, le aseguraba la inmediata recepción de cualquier aviso urgente del hospital.

– Diga -contestó Harry, que le echó un rápido vistazo a la correspondencia que Mary le había dejado encima de la mesa.

– Estoy muy enojado con usted, doctor -le dijo una voz cuyo ligero acento extranjero le resultaba familiar-. Muy enojado.

Harry se puso tenso. Aunque hubiese podido llamar a Mary, su enfermera no tenía extensión en su cubículo.

– ¿Quién es usted? -preguntó Harry.

– El hombre a quien atacó y mató anoche de manera tan despiadada significaba mucho para mí -dijo el anónimo comunicante con frialdad.

– Mire, yo no ataqué a nadie. Sus matones trataron de matarnos a nosotros. Aunque no tengo la menor idea de quién pudo ser, no pretenderá que lamente que nos salvase la vida, ¿verdad?

– Me parece que miente, doctor Corbett. La culpa es mía por no pensar que podía usted atraerlos a una emboscada. Espero que comprenda que fue una idea tan estúpida como desafortunada. Muy desafortunada y muy estúpida.

– ¿Quién es usted? ¿Por qué hace esto? ¿Por qué mató a Evie?

– Se ha convertido usted en un grave problema para mí, doctor Corbett -dijo el desconocido con voz queda-. Y no tendré más remedio que resolverlo. Las cosas serían más fáciles, para muchas personas, si encontrase un medio indoloro e inteligente de quitarse la vida.

– ¡Váyase a hacer puñetas!

– La muerte o cadena perpetúa. Me temo que ésas sean las únicas opciones que tiene. Si no quiere matarse ahora, le prometo que querrá hacerlo en cuanto me tenga delante. El hombre a quien hizo matar anoche era íntimo amigo mío. Y lo vengaré.

Harry sintió el impulso de colgar, pero, sin embargo, optó por sentarse y pensar, en un desesperado esfuerzo por dar con las palabras adecuadas para conjurar la amenaza.

– ¿Por qué no nos deja en paz? No sé quién es usted, ni Maura Hughes tampoco. No recuerda nada de su estancia en el hospital. Nada.

– Ya. ¡Y me lo voy a creer! No cuente con ello. Lo que le espera es el castigo… y el suicidio. Ambas cosas las considero esenciales. Y para darle una prueba de la seriedad de mis intenciones, he elegido a ese joven con el que ha hablado hace un rato. Se llama Barlow, ¿no?

– ¡Cabrón! ¡No se le ocurra tocarlo!

– Parece un buen chico. Es una lástima que sea usted su médico.

– ¡No!

– Piense en sus opciones, doctor Corbett. Una adecuada dosis de morfina es totalmente indolora; o una buena ración de somníferos. También puede recurrir al monóxido de carbono; ya sabe: el tubo de escape del coche. Lanzarse al vacío desde un rascacielos le proporcionaría un maravilloso espectáculo, y apenas sentiría nada. Y saltarse la tapa de los sesos disparándose en el paladar puede que aún lo notase menos.

– Por favor -dijo Harry en tono suplicante-. Deme tiempo. Deme tiempo para decidirme.

– Dispone de cuanto quiera.

– Gracias. Muchas gracias.

– Quien temo que no disponga de tanto tiempo es el señor Barlow. Buenos días, doctor.

– ¡No! -gritó Harry. Pero ya habían colgado-. ¡Maldito sea!

El doctor Corbett alzó la vista y vio que Walter Concepción estaba en la entrada.

– Es que… no sé si he de quitarme la ropa -balbució el nuevo paciente, algo azorado.

Mary Tobin asomó por la puerta segundos después de que Harry la llamara a gritos.

– ¡Telefonee a la quinta planta del edificio Alexander! -le ordenó Harry-. Dígales que envíen, de inmediato, a alguien a la habitación quinientos cinco, la de Andrew Barlow. Habitación quinientos cinco. Yo voy para allá en seguida.

– Sí, doctor.

– Tendrá usted que volver en otro momento -le dijo Harry a Walter Concepción.

Sin darle opción a replicar, Harry pasó junto al boquiabierto paciente y salió del consultorio.

Aunque luciese un sol espléndido, el día presagiaba tormenta, pensó Harry al enfilar hacia el Centro Médico de Manhattan, que estaba a sólo seis manzanas del consultorio.

Capítulo 20

A nadie sorprendía, en aquella zona de la ciudad, ver a un hombre correr por la acera con traje y mocasines, esquivando a los viandantes.

Eran ya casi las ocho de la mañana y había bastante humedad. Los transeúntes se apartaban al notarlo llegar a la carrera, y algunos volvían la cabeza, aunque la mayoría miraba hacia delante para tratar de ver a quién perseguía.

Aunque podía ir más de prisa, sus recientes dolores en el pecho lo inducían a moderar la velocidad. Aun y así, notó varios pinchazos en el costado izquierdo. Temía que de un momento a otro lo atenazase el agudo dolor.

Llegó al hospital con la chaqueta colgada del brazo y secándose el sudor de la frente con una manga. Irrumpió en el vestíbulo como una exhalación, seguro de que, a través del sistema de megafonía, ya habrían llamado al 99 para que acudiese a la planta 5. Pero no hubo tal. Ni siquiera sonó el «busca» que llevaba prendido del cinturón.

El vestíbulo estaba tan atestado como siempre. Por pura consideración al hospital y a los pacientes, Harry dejó de correr en cuanto llegó al pasadizo que comunicaba con el edificio Alexander.

A ciertas horas del día, era más rápido coger el ascensor que subir por la escalera, pero Harry no lo dudó ni un momento y subió los peldaños de dos en dos, sin dejar de dar gracias por su diario ejercicio. Notaba molestias en el pecho, aunque no verdadero dolor, nada que indicase una dolencia cardíaca. Debía de tratarse de algo puramente muscular o gastrointestinal, se dijo. El carrito 99 estaba frente a la puerta de la habitación 505. Harry maldijo en voz alta al verlo. En seguida reparó en que aún no habían levantado la tapa al carrito. Las dos enfermeras que con tanto desdén lo miraron hacía un rato, charlaban junto a la puerta. No advirtió en ellas el menor cambio de actitud.