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– Probablemente lo encontraremos en el club -dijo Harry.

– ¿Ahora?

– No abren al público hasta dentro de dos horas, pero están los músicos. Es cuando más me gusta estar allí. Poca luz, silencio… Tiene algo de caverna platónica. ¿Sabe que una vez estuvo Andy Barlow para oírme tocar?

De nuevo se retrotrajo Harry a la oscura habitación de la planta 5 del edificio Alexander. No podía quitarse de la cabeza aquel demacrado rostro, cuyos ojos sin vida miraban con fijeza al techo.

Desde que oyó farfullar a Maura por teléfono estaba muy abatido.

– … ese lunático lo ha reconocido, Maura -dijo Harry, tan inquieto que no podía dejar de pasear de un lado a otro del estudio-. Ha llamado y ha dicho haber matado a Andy, con la misma tranquilidad que si reconociera el pecadillo de quedarse con el periódico que dejan frente a mi puerta. Y me he sentido impotente, sin poder hacer nada. ¿Qué iba a hacer? Para él, soy como un juguete, me hace bailar a su antojo. ¿Cómo voy a poder acabar con esto? ¿Quién será su próxima víctima?

– Vamos, Harry -dijo Maura cogiéndolo de la mano-. Salgamos de aquí en seguida. Ir un rato al club le sentará bien.

– No estoy yo tan seguro -replicó él-. Espere a ver por qué ha sonado el «busca» para que llame al hospital. Luego decidiremos lo que hacemos.

Harry marcó el número de la centralita del hospital. Como Harry no estaba de servicio, debía de tratarse de algo que no pudieran solucionar sin él. La telefonista, que por 1o general era parlanchina y alegre, estuvo muy seria y distante. Por lo visto, había engrosado las filas de los convencidos de que Harry había asesinado a su esposa. Era como si los rumores acerca de él se extendiesen como una nube tóxica.

– Tiene usted una llamada del señor Walter Concepción doctor Corbett -le comunicó la telefonista, sin esforzarse 1o más mínimo por pronunciar correctamente el extraño apellido-. Dice que es paciente suyo, pero que no se trata de una consulta médica, y que sólo usted puede ayudarlo.

Harry garabateó el número que le dio la telefonista, comprobó que fuese el mismo que le dio Mary en la consulta y marcó.

– Diga -contestó una voz de mujer.

– Buenas tardes -dijo Harry-. ¿Está Walter Concepción por favor?

– Un momento.

La oyó dejar el auricular y la imaginó, cubierta con una bata estampada, bajar por un tramo de desgastados escalones de madera de roble.

– ¡Eh, Walter! -la oyó gritar-. ¡Walter Concepción! ¡Teléfono!

A quien imaginó ahora Harry fue a su paciente -tenso y demacrado-, que se calzaba unas zapatillas de felpa, abría una de las muchas puertas de la segunda planta de la destartalada pensión y bajaba por la escalera.

– Diga.

– Soy el doctor Corbett, señor Concepción.

– Ah, gracias por llamar tan rápidamente, doctor. La enfermera de su consulta me contó lo ocurrido después de aquella llamada. Siento que se encuentre en esta situación. He llamado por… por si podía hablar sobre la cuestión con usted.

– Pues lo iba a llamar yo -dijo Harry, que le indicó a Maura con un ademán que no iba a tardar.

Corbett quería aprovechar la ocasión de conocer algo mejor a Walter Concepción antes de darle su número de teléfono al inspector Dickinson. También quería prevenirlo acerca del desconsiderado interrogatorio a que, muy probablemente, lo sometería el inspector. Pero pensó también en otra cosa. Concepción se sentía muy orgulloso de haber dejado las drogas y el alcohol. Así, de pronto, no parecía muy recomendable para predicar la abstinencia. Pero era inteligente, por lo menos para lo que tenía que afrontar en su mundo, y daba la impresión de tomarse muy en serio su rehabilitación. Si Murphy Oates no estaba en el club, Concepción podía servirle también de ayuda a Maura.

– ¿Qué tal lo tiene para que nos veamos dentro de una hora? -preguntó Harry, casi seguro de que el ex detective privado no tendría mucho que hacer.

– Bien. Dígame dónde y allí estaré.

Tras titubear unos instantes, Harry le dio la dirección del club.

* * *

El club C.C.'s Cellar era un pequeño local en el que no cabían más de ciento veinte personas sentadas. Estaba en la calle 56, casi esquina a la Novena Avenida. Las chamuscadas paredes de ladrillo estaban cubiertas de fotografías, firmadas y enmarcadas con baquetón negro, de grandes estrellas del jazz. Muchas de ellas pasaron toda su vida en el anonimato, atrapadas en un círculo vicioso de pobreza, drogodependencias y dolor.

Cari Cataldo, muerto hacía años y cuyas iniciales formaban parte del nombre del club, legó el negocio a su sobrina Jackie. Pero, que Harry supiera, salvo una ligera ampliación de la colección de fotos y un sistema electroacústico muy moderno, apenas se había cambiado nada en el local desde que Cari lo inauguró hacía varias décadas.

Había cuatro personas y muy poca luz en el C.C.'s Cellar cuando Harry y Maura llegaron.

Tan dicharachera como de costumbre y con un delantal blanco bastante sucio, Jackie preparaba el servicio para la velada detrás de la barra. El portero, un hombre ya viejo y arrugado, que llevaba en el club desde el día de la inauguración, barría el salón en el que tenían lugar las fiestas privadas. Dos músicos (guitarristas ambos) improvisaban alternativamente variaciones sobre un mismo tema.

– Eh, doctor, ¿qué tal si te nos unes con el contrabajo? -dijo uno de ellos al ver a Harry.

– Luego, Billy, si puedo.

– Cuando quieras.

– ¿Sabes dónde está Murphy?

Billy meneó la cabeza y luego se arrancó con unas formidables variaciones sobre el tema I remember you. Salvo para darle el pésame por la muerte de su esposa, nadie en el club había cambiado lo más mínimo de actitud hacia él, pese a lo mucho que se aireaba su caso en los medios informativos. Confiaban en Harry como intérprete y como persona. Era así de sencillo.

En una ciudad de más de ocho millones de habitantes, aquél era el único lugar en el que Harry Corbett se sentía seguro y aceptado por todos.

– Suba a tocar, si quiere -le dijo Maura, que se había pedido una tónica sin… pestañear-. No me importa.

– Gracias, pero no tengo ganas. Me apetecía al salir del apartamento, pero ahora sólo quiero sentarme con usted y… Es que no me lo puedo quitar de la cabeza: entra, a la vista de todo el mundo, en el edificio Alexander, va a la habitación de Andy y vuelve a salir. ¿Cómo es posible que nadie lo viese? ¡Nadie!

– ¿Y cómo entró en nuestra habitación la noche que mató a Evie? -replicó Maura-. Tiene que ser alguien que sabe moverse en los hospitales. No hay vuelta de hoja. Si tuviese usted sus mismas malas intenciones, también podría hacerlo. El personal de los hospitales trabaja tan estresado, y sometido a tanta tensión, que apuesto a que la mayoría sólo piensa en no cometer errores. Seguro que habrá ratos en que podría pasar usted con un elefante sin que nadie lo advirtiese. Quien sea sabe esto muy bien.