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– Supongo.

– Cuánto me gustaría poder decirle algo que le sirviese de ayuda, Harry. Se lo aseguro.

– Cualquier cosa que me diga me ayuda; como, por ejemplo, que no volverá a beber -le soltó Harry con cierta aspereza.

Maura casi lo fulminó con la mirada. Era la primera vez que Harry le hablaba en aquel tono.

– Haré lo que pueda -dijo Maura-. ¿Contento?

– No está mal, para empezar.

– Bueno -continuó ella en tono desenfadado y con la mirada fija en su vaso-. Hábleme de esa persona que va a venir. Me ha dicho que es un detective privado, ¿no?

– Lo era. Tuvo problemas a causa de la bebida y de las drogas. No sé exactamente por qué le quitaron la licencia, pero ahora trata de que se la vuelvan a conceder.

– Me parece que lo tenemos ahí -aventuró Maura.

Jackie le sirvió una tónica a Walter Concepción en la barra y le indicó dónde estaban sentados Harry y su acompañante.

Concepción llevaba una chaqueta de sport a cuadros, de verano. Daba la impresión de ser una persona más ocupada que cuando estuvo en la consulta de Harry.

Corbett lo observó al verlo acercarse a su mesa y se preguntó qué impresión le causaría a Albert Dickinson. Su porte era bastante airoso, propio de alguien que hubiese practicado algún deporte. Sin embargo, su digna indumentaria no lograba ocultar lo desmejorado y enfermo que estaba. Dickinson no iba a creer que hacía años que dejó las drogas.

Concepción se les acercó, saludó a Harry y a Maura con la cabeza y Harry los presentó.

– Tres tónicas en el Día de la Cerveza… Por lo visto no soy el único.

– Que conste que yo no le he comentado nada -le dijo Harry a Maura, muy impresionado por la perspicacia de Walter Concepción-. Oyó usted toda la conversación.

– Harry nos quiere redimir -exclamó Maura-. Yo soy la borracha.

– Pues… a la salud de nosotros, los borrachos -dijo Walter.

– Empieza a caerme bien -le hizo saber Maura al unirse al brindis.

Al cabo de cinco minutos de conversación, Harry comprendió que se había equivocado bastante con respecto a Concepción. Pese a su desmejorado aspecto y al persistente tic de la comisura de la boca, Concepción tenía magnetismo e inteligencia. Había nacido y se había criado en Nueva York, pero había viajado mucho, sobre todo durante el tiempo que estuvo en el ejército.

Concepción les habló con naturalidad, e incluso con sentido del humor, de sus tiempos de bebedor y de su grave adicción al crack. La firmeza de su mirada, sin embargo, revelaba que estaba resuelto a perseverar en la abstinencia.

En su mejor época como detective privado, Walter Concepción llegó a cobrar mil dólares diarios por su trabajo, y estaba cada vez más solicitado. Su descalabro profesional se produjo al cambiarle su revólver por crack a un policía que se hizo pasar por drogadicto. En aquel entonces, no le importó (porque todo lo que importaba era conseguir la próxima dosis). No obstante, la rehabilitación había cambiado su óptica de manera radical.

– Yo colaboro, básicamente, con DA -le dijo Concepción a Maura cuando creyó llegado el momento oportuno-. Ya sabe, Drogadictos Anónimos. Pero estaré encantado en ir con usted a una reunión de AA si usted quiere. Para mí, DA y AA vienen a ser lo mismo.

– Pues supongo que cuanto antes vayamos, mejor -dijo Maura.

Jackie les sirvió unos pretzels para picar y otras tres tónicas. A los dos guitarristas se les habían unido Hal Jewell, un batería profesional que a Harry le recordaba a Buddy Rich, y un saxofonista llamado Brisby, abogado de uno de los bufetes más prestigiosos de la minoría de raza negra de la ciudad. Tocaban una elegante balada en re que Harry no conocía.

Los tres cuartos de hora que llevaba en el local habían pasado casi sin sentir. Y entre la música y la grata sorpresa de ver a un Walter Concepción mucho más entero, se sentía algo aliviado del lacerante dolor que lo mortificaba.

La balada que interpretaba el cuarteto era cautivadora, sobre todo porque, con el local casi vacío, la acústica era mucho mejor. Los tres escucharon la balada en silencio hasta que se hubo extinguido la última y melancólica nota del saxo de Brisby. Luego, Concepción se aclaró la garganta y miró a Harry.

– Doctor Corbett… tengo… Verá, he de decirle una cosa: es cierto que sufro jaquecas, tal como le dije en el consultorio; fuertes jaquecas que nunca han acertado a curarme. Pero esa fue sólo una de las razones por las que fui a verlo.

– ¿Ah, sí?

– Espero que no se enfade conmigo, y si lo hace, lo comprenderé.

– Diga lo que sea.

– Iba a decírselo en el consultorio, pero recibió usted aquella llamada y se marchó tan de prisa que no tuve ocasión. Leí lo de su caso en los periódicos, doctor. A decir verdad, he leído todo lo que ha caído en mis manos acerca de lo que les ocurrió a su esposa y a usted en el hospital. Me fascinó. Incluso hablé con la hermana de un amigo que trabajaba de enfermera allí. Y, bueno… ella me contó lo de la discusión entre usted y el cirujano… ¿cómo se llama?

Harry estuvo tentado de poner punto final a la conversación, pero en la hora que llevaban juntos, lo peor que podía pensar de Concepción era que le faltaba algún tornillo, aunque, a juzgar por el tono de su voz, no parecía una persona obsesionada, ni representaba para él ninguna amenaza.

– Sidonis -contestó Harry-. Caspar Sidonis.

– Ah, sí-dijo Concepción mirándose las manos-. También sé algo de usted, Maura; es decir, si es usted la Maura que compartía habitación con la señora Corbett. De todas maneras, no es que sepa gran cosa, la verdad, pero lo bastante como para deducir que, en el hospital, son una minoría quienes creen en su versión.

– Bueno, Walter, vaya al grano -le pidió Harry.

– El grano es que… necesito trabajo. Ya sé que no doy la imagen, pero soy bueno en mi profesión. Muy bueno. Usted asegura no haber matado a su esposa. Maura dice que una persona estuvo en la habitación después de que usted se marchase. Y lo que quiero es averiguar quién pudo ser esa persona. Si mi ayuda es eficaz, me paga, si no, sólo deberá correr con los gastos.

Harry lo miró escrutadoramente. No le había pasado por la cabeza contratar a nadie para que lo ayudase, pero la proposición tenía su atractivo. Quizá Walter Concepción no fuese la persona más adecuada, pero aquel hombre le inspiraba simpatía. Lo imaginaba rebuscando en el armario de la habitación de su pensión para vestirse lo mejor posible cuando salía a buscar trabajo.

– No sé… -dijo Harry con expresión dubitativa.

– Dígame una cosa, Walter -terció Maura-. A juzgar por lo que ha leído, ¿qué opina usted de todo esto?

Walter se frotó el mentón con expresión reflexiva.

– Pues que no parece cosa de un marido celoso ni de un aficionado -contestó Walter-. De eso estoy seguro. Se trata de un psicópata, de un «sociópata» y asesino profesional, de un hombre sin conciencia. De modo que lo más importante que se me ocurre decir es que el doctor Corbett no encaja en tal perfil de personalidad y, por lo tanto, no creo que lo hiciese él.