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Kelly estaba echada en la cama sin más que las bragas y viendo una película. Comía un racimo de uvas que sobró de la cena y parecía sentirse muy cómoda.

Kevin le tiró el vestido, que cayó en su regazo.

– ¡Váyase!

– Pero… debo quedarme hasta mañana por la mañana.

Kevin sacó un billete de cincuenta dólares y se lo puso en la mano.

– No se lo voy a decir a nadie, ni quiero que lo diga usted. Sólo… tenga cuidado al salir. Nos veremos la próxima vez.

Kelly dejó a un lado el vestido, se puso de puntillas y lo besó con ardor. Él apoyó las palmas en sus pechos. Sus pezones reaccionaron inmediatamente a su contacto y su estilizado cuerpo se acopló al suyo.

– Te deseo -le susurró ella.

Durante unos instantes Kelly ocupó todos sus pensamientos. Aún no se había rendido, ni decidido a hacer el amor con ella, pero sabía que se acercaban más a cada minuto que pasaba. Quizá fuese lo que de verdad necesitaba, empezaba a pensar Kevin: en lugar de hacer frente a los demonios que lo atormentaban, huir de ellos.

– Te deseo -repitió Kelly, que, todavía de puntillas, colocó el erecto pene de Kevin entre sus muslos-. Quiero que me penetres.

El la cogió por los hombros y la apartó. La consideraba una prolongación de la Tabla Redonda. Uno de los nombres espectrales. Lo que estaba a punto de conseguir de él lo ataría aún más al grupo. Pudiera ser que incluso le diesen un premio a Kelly por lograr que le echase un polvo.

«¿Lo ves, Tristán? Puedes hacerlo -le dirían sus compañeros de la Tabla Redonda -. Puedes hacer cualquier cosa.»

– ¡Salga de aquí! -le espetó Kevin-. ¡Inmediatamente!

A juzgar por su expresión, ella se sintió verdaderamente herida. Kevin estuvo a punto de echarse a reír ante su habilidad para fingir. Kelly se puso el vestido por la cabeza y se dio la vuelta para que él le subiese la cremallera.

– ¿La próxima vez? -preguntó ella.

– Ya veremos, pero, ahora, váyase.

Kevin aguardó a que ella hubiese salido, luego se sirvió dos dedos de bourbon en un vaso y se lo bebió.

Hasta leer el nombre de Elizabeth DeSenza en el listado de Merlín, ninguno de los programas de la Tabla Redonda le había planteado el menor dilema moral. Se había tratado siempre de programas relacionados con las leyes y con quienes las elaboraban y votaban.

El congresista que influía en la Comisión de Seguros era un cabrón muy ambicioso, o sea, un blanco fácil, pensaba Kevin. Teniendo en cuenta la encarnizada competencia entre las compañías de seguros, el sabotaje empresarial era perfectamente comprensible. No obstante, aquello era diferente ya que se trataba de una persona de carne y hueso. No le importaba luchar desde la retaguardia y lanzarle granadas al enemigo, pero hacerlo de esa manera, sin embargo, era como un combate cuerpo a cuerpo contra un enemigo que tenía rostro.

Kevin no paraba de darle vueltas a la cabeza. No cabía engañarse. El mal estaba hecho y no podía hacer más que acomodarse a la situación. El precio del billete para aquel viaje era una casa de doce habitaciones y un futuro asegurado para él y su familia. El ya lo había cobrado, y no tenía más alternativa que seguir y sacarle el mayor partido posible. La próxima vez que Kelly se le ofreciese estaría dispuesto a… lo que fuese.

Kevin acababa de servirse otros dos dedos de whisky cuando el teléfono empezó a sonar.

– Diga.

– Soy Gauvain -dijo el caballero-. ¿Puedes hablar?

– Sí. Estoy solo.

– ¿Has mandado a tu chica a casa?

– Sí.

– ¡Madre mía! Te vas a buscar problemas. La mía está en la otra habitación.

– ¿Qué ocurre? ¿Por qué no me has dejado hablar en la reunión?

– Yo sé cómo te llamas. ¿Sabes tú cómo me llamo yo?

– No.

– Me llamo Stallings. Jim Stallings. Soy vicepresidente de la Interstate Health Care de Manhattan.

Kevin conocía bien aquel gigante de las mutuas de seguros, ya que colaboró con la Interstate para seleccionar personal en una ocasión.

– ¿Y?

– Tenemos que hablar, Loomis. Mañana, a las doce del mediodía. ¿Puedes?

– Sí, pero…

– En el Battery Park, en los bancos que dan al Hudson. Pero, sobre todo, asegúrate de que no te sigan.

– Pero…

– Por favor, Loomis, aguarda hasta mañana a mediodía y sé prudente.

– Una cosa -dijo Loomis-. ¿Viste la fotografía de la tal DellaRosa?

– Por supuesto que sí.

– ¿Y crees que es Désirée?

– Nunca he albergado la menor duda. Era sobre ti sobre quien las tenía. No estaba seguro de que no fueses uno de ellos. Pero después de lo de esta noche quiero pensar que eres un outsider como yo. La verdad es que ahora pondría la mano en el fuego por ti.

Cuando Gauvain hubo colgado, Kevin tardó varios segundos en hacerlo a su vez. Luego se acercó a la ventana. Catorce pisos más abajo, el incipiente tráfico matutino discurría con lentitud por las casi desiertas calles.

Una mujer con un vestido rojo muy ceñido que salía del edificio a toda prisa se introducía en un taxi: era la mujer sin nombre.

El taxi arrancó y regresó hacia el centro de la ciudad. Kevin presintió que acababa de ver a aquella joven y de acariciar su espléndido cuerpo por última vez. Miró el reloj. Faltaban once horas para su entrevista con Gauvain en el Battery Park.

Capítulo 24

A las tres y media de la madrugada, Maura se rindió a su persistente insomnio y fue de puntillas desde el pequeño dormitorio de invitados al despacho. La puerta del dormitorio de Harry estaba entreabierta y lo vio dormir al pasar.

Cuando regresaron del C.C.'s Cellar, Maura pensó que la invitaría a dormir junto a él porque ella le gustaba -eso estaba claro-, pero había muchísimas razones que lo inducían a mantener cierta distancia entre ambos, y acaso la más importante era que, abatida por la frustración, Maura había vuelto a beber.

Maura pensó que daba igual. Si él no estaba en condiciones para implicarse emocionalmente, tampoco ella. Pese a todo, no le hacía mucha gracia no recordar cuándo la había mirado un hombre por última vez. Lo que de verdad importaba era que consideraba a Harry uno de los hombres más amables y buenos que había conocido jamás, y se habría conformado con pasar la noche en sus brazos y dejar lo demás al azar.

Maura encendió la luz del despacho y pasó la mano por los volúmenes de la librería, en busca de algo entretenido para leer. En seguida cambió de idea y pensó que acaso le convenía algo más profundo. Cogió una edición de bolsillo de poemas de lord Byron. En la portadilla interior se leía perfectamente un nombre escrito a mano: Evelyn DellaRosa.