Nemec se situó entonces frente a Maura y tocó sus sienes con las yemas de los dedos. Pese a tener los ojos cerrados, ella veía un tropel de imágenes y rostros que se agolpaban en su mente; cruzaban a velocidad de vértigo, como cuando se busca un fotograma concreto en un video. Había imágenes que relacionaba enseguida; otras, en cambio, no le decían nada.
De pronto, una escena empezó a repetírsele una y otra vez. Era su padre que, con una copa en la mano, se deba la vuelta hacia ella. Sus legañosos ojos la miraban con frío desdén. Más que hablar farfullaba. La reñía, tan furioso que echaba espuma por la boca.
«Eres una inútil, Maurie… No tienes remedio. Eres una calamidad…»
«Lo único que sabes hacer es darme quebraderos de cabeza. Igual que tu madre…»
«Salvo casarme con ella, tú eres el mayor error de mi vida… Es más: de no ser por ti, nunca me habría casado con ella…»
– Tranquila, Maurie -dijo Nemec con gentil firmeza-. Nunca jamás volverá a hablarte así… Estaba borracho, eso era todo. No merecías que te hablase de esa manera, pero él no pudo evitarlo -añadió, a la vez que con sus tranquilizadoras manos cubría las orejas de Maura-. Hacías todo lo que podías por complacerlo. Se odiaba demasiado para poder sentir verdadero amor por nadie… Nunca se detuvo a pensar en el daño que te hacía… Ahora debes dejarlo correr, Maura… Puedes dejarlo correr para siempre.
El torbellino de imágenes empezó a remitir. Maura sabía que tenía los ojos cerrados, pero podía ver al mago con su cárdigan gris paseando de un lado a otro frente a ella. Su aprensión había desaparecido. El desdén que sentía por sí misma, y que había entorpecido su vida durante tanto tiempo, acababa de desaparecer y de dejarla con una increíble sensación de paz.
Lo único que consiguió su padre con sus destemplados rapapolvos fue herir su orgullo y apocarla. Ni siquiera a su muerte logró erradicar las perniciosas semillas que sembró en ella. A lo largo de su vida, cada vez que estaba a punto de lograr un éxito, su patológica desconfianza en sí misma la inducía a sabotear su propio éxito, a destruirlo.
Inútil… ¿Qué edad podía tener cuando empezó a decírselo? ¿Siete u ocho años?
Ahora, por fin, sabía que jamás había sido, de verdad, ella misma. Nunca. Tampoco mereció nunca que Arthur Hughes la tratase como lo hacía, pero, como acababa de decirle Pavel, nunca podría volver a herirla.
Con los ojos aún cerrados, Maura vio que Nemec se acercaba a la mesa y cogía su bloc de dibujo y un carboncillo. Luego notó que se lo dejaba en el regazo.
«Tenemos trabajo que hacer -le oyó decir, aunque segura de que no lo había verbalizado-. Ahora eres libre, Maura; libre para ver lo que te interesa en estos momentos…»
Como Harry le contaría después, ella no abrió los ojos ni una sola vez hasta que hubo terminado el retrato con todo detalle. Harry le explicaría también cómo deslizaba el carboncillo sobre el papel, el laborioso pero armónico proceso mediante el cual tomó forma el rostro, de un modo casi sobrenatural. Y le referiría, asimismo, el momento exacto en que, mientras ella le daba los últimos toques al sombreado, Harry reconoció el rostro.
Maura alargó los brazos y movió la cabeza en sentido circular. Se sentía relajada y fresca, como si acabase de salir de la piscina de un balneario. Era consciente de haber dibujado el retrato del asesino de Evelyn DellaRosa. También sabía que Pavel Nemec la había ayudado más que ningún psicólogo. Había distorsiones en la percepción que tenía de sí misma (respecto de las que a ella no le cabía ninguna responsabilidad); distorsiones que, una y otra vez, la inducían a un comportamiento autodestructivo; distorsiones que, reiteradamente, tenían su fin en el incumplimiento de sus buenos propósitos.
Se acabó… Ni una gota más.
Maura abrió los ojos y miró el dibujo. Luego incluyó la pajarita que llevaba el hombre que acababa de retratar (incluso la coloreó de verde, con algunos toques dorados).
Pavel Nemec había vuelto a sentarse y bebía té con desenfadado talante.
– ¿Cómo lo consigue? -preguntó ella.
Él le sonrió amablemente y se encogió de hombros.
– No siempre tengo tanto éxito con mis clientes. A veces, es como si caminase entre una densa niebla. En otras ocasiones, como hoy, veo con increíble claridad. Me parece que me esperaba usted desde hacía mucho tiempo, Maura. Posiblemente desde hace años.
– ¿Ha hecho usted algo acerca de mi alcoholismo, verdad?
– No. Lo ha hecho usted. Y del modo más decidido, debo añadir.
Con los ojos llenos de lágrimas, Maura le tendió el dibujo a Harry.
– Lo he conseguido.
– El parecido es asombroso.
– ¿Cómo lo sabe?
– Porque lo vi. Al mismo hombre que usted ha retratado. Estuvo frente a la puerta de su habitación durante todo el tiempo que yo estuve dentro. Aguardaba la oportunidad de terminar lo que empezó cuando ordenó que le inyectasen el gotero a Evie.
– ¿Fuera de la habitación?
– Abrillantaba los suelos, con los auriculares de un walkman puestos. Es la clase de persona que ve uno continuamente sin, en realidad, reparar en ella. Las enfermeras no lo vieron subir a la planta, después de que yo me marchase, porque no subió. Ya estaba allí. Y se marchó antes de que yo regresara.
– ¿Está seguro? -le preguntó Maura.
Harry estudió el retrato durante unos segundos.
– No he estado tan seguro de nada en toda mi vida -contestó Harry-. Ustedes dos forman un equipo excepcional.
Maura se acercó a aquel hombre tan extraordinario como modesto y lo besó en la mejilla.
– Mucho mejor equipo de lo que imagina -dijo ella, sonriente.
Capítulo 25
Hacía el bochorno típico de Nueva York. A última hora de la mañana, el asfalto de las calles desprendía nubes de vapor y los niños abrían las bocas de incendios para refrescarse.
Kevin Loomis salió de su refrigerada oficina del centro de la ciudad a las diez y media, con la intención de ir al Battery Park dando un complicado rodeo. Aquel parque era una especie de oasis en el extremo más meridional de la isla, en la confluencia del East y del Hudson.
Lejos de desoír la advertencia de James Stallings -de asegurarse de que no lo siguiesen-, Kevin planeó con todo detalle el trayecto.
A primera hora de aquella mañana, tuvo que soportar una reunión de cuarenta y cinco minutos con la dirección ejecutiva de Burt Dreiser, formada por ocho miembros. Y aunque nada anormal había ocurrido, tuvo la sensación de que, en todo lo que Burt Dreiser decía o hacía, había un doble sentido.
Cuando la reunión hubo terminado, Loomis se despidió de Brenda Wallace y salió (so pretexto de tener concertado, desde hacía tiempo, un almuerzo de trabajo).
Kevin Loomis había sudado en la refrigerada oficina más de lo que pudiera sudar a causa del sofocante calor del exterior.