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Evelyn DellaRosa había sido asesinada, y James Stallings, el otro caballero de la Tabla Redonda a quien prodigó sus encantos, estaba aterrorizado.

No estaba seguro de que no fueses uno de ellos. ¿Qué demonios quiso decir Stallings?

Loomis cruzó la calle a contraluz y esquivó a varios taxis, provocando las iras de los taxistas. Luego se detuvo y entró en una camisería. Había sólo un par de clientes y el dueño.

Desde que se incorporó a la Tabla Redonda, Kevin se hacía las camisas a medida y era cliente habitual de aquella camisería. Junto a los probadores, que estaban en la parte de atrás, había una puerta que daba a un callejón. Kevin se encargó una camisa de 150 dólares, dejó que le tomasen medidas y luego salió por la puerta trasera.

Después fue en taxi al East Side y siguió a pie hasta una estación del tren de cercanías, que estaba a cuatro manzanas de allí. De vez en vez, entraba en un portal y se asomaba luego a mirar hacia las bocacalles que había dejado atrás, para cerciorarse de que no lo seguían.

Kevin llegó a la estación Battery Park, que era la última, con diez minutos de antelación.

Todavía inquieto ante la posibilidad de que lo hubiesen seguido o de que lo vigilasen, fue, como quien da un paseo, hasta un recinto deportivo infantil. Se detuvo cosa de un minuto tras la alta valla de tela metálica. Habría una veintena de risueños y jubilosos chiquillos que se entretenían con los columpios y las paralelas.

Kevin pensó en sus hijos y en la clase de vida que llevarían en adelante: una fabulosa casa con un dormitorio para cada uno, y con terreno de sobras para instalar un enorme columpio y, posiblemente, incluso una piscina. Una casa situada en una zona residencial con colegios de alto nivel. Se abría ante ellos un futuro de lo más prometedor.

El agua reflejaba la luz del sol. Al sur, la estatua de la Libertad señoreaba en la isla abrasada por el calor. Kevin miró en derredor y enfiló hacia el paseo, flanqueado de largos arriates de cuidado césped. Eran las doce en punto.

Kevin se quitó la chaqueta y se la echó al hombro. Pasó frente a media docena de bancos, todos ellos ocupados: oficinistas que comían sus almuerzos preparados, una vagabunda que dormía con un periódico por almohada, dos jóvenes madres que acunaban a sus bebés, parejas de jóvenes que se besaban despreocupadamente. Todo muy normal.

– Estoy aquí, Loomis.

Stallings, que también se había desprendido de la chaqueta, le hizo una seña a la sombra de un arce centenario. Tenía un maletín en el suelo, entre los pies. Parecía más tenso que en la última reunión de la Tabla Redonda. Miraba en derredor, visiblemente nervioso, y se humedecía los labios con la lengua.

– ¿Estás seguro de que no te han seguido?

– Completamente. ¿Quién te preocupa?

– Cualquiera de ellos: Lancelot, Kay, Galahad, Merlín. O alguien que hayan contratado. No sé qué hacer, Loomis. Se me hace cuesta arriba creer lo que sucede.

El temor de Stallings era contagioso. Pese a no saber qué ocurría, a Loomis se le aceleró el pulso.

– Cálmate, hombre -dijo Loomis-. ¿Quieres que demos un paseo?

– No. Éste es un buen sitio. Sentémonos aquí mismo, de espaldas al árbol y atentos a cualquiera que notemos que se fija demasiado en nosotros.

Stallings estaba ojeroso y tenía el rostro bañado en sudor. Parecía un animal acosado.

– Lancelot fue a verme hace un par de días -empezó a explicar Stallings cuando se hubieron sentado en la hierba, recostados en el tronco del arce-. Su verdadero nombre es Pat Harper. ¿Sabes algo de él, al margen de la Tabla Redonda?

– Es de la compañía Northeast Life. Jugué al golf con él en una ocasión.

– Pues bien: pasó a recogerme después del trabajo y me llevó a dar un paseo por Connecticut. Tiene un Rolls.

– Encaja. En realidad, no sé nada de él, salvo que sus puros me marean y que es mucho mejor jugador de golf que yo, aunque tampoco sé nada de los demás miembros del grupo.

– Ni yo. Les gusta el secreto. De hecho, les da igual que averigüemos quiénes son, pero quieren que parezca algo trascendente. A ellos les gusta mucho el misterio.

– ¿Ellos? ¿A quiénes te refieres?

– A todos ellos; Perceval incluido, me temo. Están todos del mismo lado. Y nosotros… en el lado contrario. Al principió, incluso después de que te incorporases, pensé que yo era el único outsider. Parecías muy seguro de ti mismo, tan en sintonía con todo lo que se trataba, pero al ver de qué modo te ponían la proa acerca del asunto de Désirée, empecé a pensar que tú también eras un outsider. Luego, al oírte anoche ya no me cupo prácticamente duda alguna.

– Sólo puedo decirte que el único contacto que he tenido con la Tabla Redonda y con los caballeros ha sido en las reuniones. Con mi jefe sí hablo, claro está. Es él quien me eligió para que lo sustituyese, pero eso es todo. Y nunca hablamos de la Tabla Redonda en el trabajo; solamente en el barco.

Stallings miró hacia el río y respiró hondo, como si se aprestase a zambullirse desde un acantilado.

– ¿Te ha contado tu jefe que liquidan a quienes les estorban?

Kevin echó el cuerpo ligeramente hacia atrás y miró con fijeza a Stallings, como si esperase verlo sonreír y decirle ¿Has picado, eh? ¿No ves que bromeo?

– No hablarás en serio, ¿verdad, Jim? -dijo Kevin con tanto aplomo como pudo-. Estoy seguro de que no llegan a ese extremo.

– Ya lo creo que sí -le aseguró Stallings, visiblemente entristecido-. Lancelot empezó a decirme lo contentos que estaban con el trabajo que hacía, especialmente con el borrado para un proyecto de ley sobre enfermos terminales. Me lo dijo porque los métodos de la Tabla Redonda son tan poco ortodoxos. Lo expresó exactamente así: tan poco ortodoxos que cada nuevo miembro debe pasar por un período de prueba. Añadió que el mío había terminado, que ya estaba en condiciones de hacerme un gran bien a mí mismo y de hacérselo a la compañía.

Stallings volvió a dirigir una furtiva mirada en derredor. Luego abrió el maletín, sacó unas hojas impresas y se las pasó a Kevin. Era una lista de «requisitos», muy similares a los que Merlín presentó en la reunión (los datos que sirvieron para que un ordenador decidiese que Elizabeth DeSenza debía cesar en su empleo). Sólo que esta lista de criterios empezaba con «Actualmente hospitalizados».

– ¿Estás al corriente sobre análisis de proyección de costes? -preguntó Stallings.

– Es de lo que habló Merlín, ¿no? El cálculo de lo que puede costarle al sector todo el curso de una enfermedad.

– Exacto. Pues bien: este programa parte de un coste mínimo de medio millón de dólares. Lancelot quiere que introduzca el programa en el ordenador, conectado a nuestras bases de datos, y que cada semana le dé dos o tres nombres: enfermos de sida, de cáncer, de cardiopatías crónicas; personas aquejadas de enfermedades mentales, traumas múltiples, enfermedades de la sangre, fibrosis cística; incluso de neonatos por debajo de un determinado peso.

– Desde luego, no faltan enfermos cuyo tratamiento pueda llegar a costar medio millón de dólares.