– Ni tú te lo crees -replicó Stallings.
– Pues, oye, Jim, yo apenas sé nada. ¿Por qué no tiras de la manta?
– ¿Sobre qué? ¿Ante quién? No tengo pruebas. Ni siquiera sé el nombre de un solo paciente. Además, si la Tabla Redonda queda al descubierto, yo me hundo con vosotros. ¿Y mi familia? ¿Y mis hijos?
– ¿Qué alternativa queda entonces? ¿Acudir a la reunión y rogarles que lo dejen correr?
– Es una posibilidad.
– ¿Y qué hay de Lionel y de su «intoxicación»?
– Por eso decidí hablar contigo. Si somos dos y actuamos unidos, quizá pudiéramos convencer a los demás de que lo dejen correr.
– Tendré que pensarlo.
– Pero no demasiado, ya que mañana he de darles los nombres y… y… no me veo capaz de hacerlo -dijo Stallings tras mirar el reloj-. Bueno, he de estar en la oficina dentro de unos minutos. Por favor, Loomis, por favor, no digas una sola palabra a nadie hasta que volvamos a hablar. ¿De acuerdo?
– Te lo prometo.
– Ni a tu jefe, ni a tu esposa. A nadie.
Stallings estaba muy aterrado. Y no era para menos, pensó Kevin, si todo lo que aseguraba de la Tabla Redonda era cierto.
– Te llamaré mañana -dijo Stallings.
Se intercambiaron sus tarjetas profesionales y los números de teléfono de sus domicilios respectivos.
– Por favor, Kevin -le encareció Stallings-, no te muevas de aquí hasta dentro de diez minutos.
– Estaremos en contacto -concluyó Kevin.
Stallings cogió el maletín y enfiló hacia la estación del metro. Kevin permaneció allí, sin salir de su asombro, sin acabar de dar crédito a lo que acababa de oír, aunque consciente de que, si la situación era tal como la pintaba Stallings, las perspectivas eran a cuál peor.
– ¡Eh, señor! ¡Eh, señor!
Kevin se dio la vuelta, sobresaltado. Dos niños, con pantalón corto y gorra de los Yankees, le gritaban desde la acera. Debían de tener unos diez años, como su hijo Nicky. Ambos llevaban un guante de béisbol.
– ¿Qué pasa?
– ¡La pelota! Está ahí, a sus pies. ¡Devuélvanosla, por favor!
Kevin recogió la dura pelota manchada de hierba y se la lanzó a los chicos. El más alto la cogió tan fácilmente como Loomis se lo había visto hacer a Nicky miles de veces al lanzársela él.
– ¡Gracias, señor! -le gritó el más bajito-. ¡Buen brazo! ¡Buen brazo!
Capítulo 26
Hacía un calor y un bochorno espantosos aquella noche. Era de esa clase de noches que, invariablemente, propiciaban las más terribles pesadillas.
Estaba echado boca abajo, con la sábana empapada. Tenía los puños cerrados y los músculos tensos. En cierto modo, creía que todo pertenecía al pasado, que no hacía más que evocar una terrible experiencia.
Pero, como de costumbre, era incapaz de despertar.
«… el Hiconidol tiene, átomo a átomo, una composición química casi idéntica a la del neurotransmisor encargado de la transmisión del dolor. Eso significa que puedo activar tales nervios de una vez o gradualmente, como quiera. Todos. Piense en ello, señor Santana. Nada de heridas… Nada aparatoso… Sin sangre. Sólo dolor. Puro dolor. Salvo para mi trabajo, el Hiconidol no tiene el menor valor clínico. Si algún día lo comercializamos, creo que su nombre apropiado sería Agonil. Es un fármaco asombroso, si me permite que lo diga, aunque lo haya creado yo. ¿Una pequeña dosis? Un cosquilleo. ¿Una dosis mayor? Bueno… Ya puede imaginárselo.»
Ray tragaba saliva. Le latía tan fuerte el corazón que estaba seguro de que el Doctor veía los movimientos de su pecho.
«No, por favor -clamaba en silencio-. Por favor…»
El pulgar de Perchek presionaba el émbolo de la jeringuilla.
«Empezaremos por algo suave -decía Perchek-. Equivalente, pongamos por caso, a sentir una fría brisa en las raíces de los dientes. Lo que nos interesa es la identidad de los agentes mexicanos "legales", señor Santana. Orsino anotará los nombres que usted nos dé. Y se lo advierto: algunos de los nombres que usted nos dará ya los conocemos, y tendría muy desagradables consecuencias para usted que descubriésemos que pretende engañarnos.»
«¡Váyase a la mierda! ¿De qué engaños habla?»
El Doctor se limitaba a sonreír.
La última voz que Ray oía antes de la inyección era la de Joe Dash.
«Un hombre puede enfrentarse a la muerte de tres maneras…»
El émbolo de la jeringuilla descendía ligeramente.
Menos de medio minuto después, Ray notaba una tenue vibración en todo su cuerpo, como si le aplicasen una pequeña descarga eléctrica. Su cuero cabelludo se tensaba, y los músculos de su rostro se crispaban. Unía las yemas de los dedos y se las frotaba, como si tratara de desentumecérselas.
Mientras tanto, Perchek había sacado un cronómetro de su maletín.
«Calculo que el efecto de esta minúscula dosis le durará un minuto y veinte segundos -decía Perchek-. El efecto de dosis superiores dura un poco más. De todas maneras, el tiempo se le va a hacer a usted algo muy relativo: unos pocos segundos pueden parecerle horas, y un minuto, una eternidad. ¿Qué tal? ¿Puede darnos ya algunos nombres?»
«Cary Grant, Mick Jagger, Marilyn Monroe…»
Perchek se encogía de hombros y le inyectaba un poco más. La sensación redoblaba su intensidad y resultaba mucho más desagradable. Era ya dolor, como si le hiciesen numerosos cortes con un cuchillo en manos y pies. Sintió un sudor pegajoso, como cuando hace tanto bochorno que se barrunta una tormenta. Tenía la camiseta empapada y le escocían los ojos.
«Ahora le inyectaré una dosis algo superior y la mantendré a ese mismo nivel durante un rato -continuó Perchek a la vez que le tomaba a Ray la presión y el pulso-. Nosotros no tenemos prisa, ¿verdad, Orsino?»
Desde la calle a Ray le llegaba el bullicio de la fiesta de Nogales: las explosiones de los cohetes de los fuegos artificiales y los sones de la música. La ruidosa fiesta duraría toda la noche, pero difícilmente estaría con vida cuando la fiesta hubiese terminado.
El Doctor tenía razón. Para Santana, la hora que siguió se le hizo eterna. Estuvo dos veces a punto de morir de puro dolor. Sin embargo, en ambas ocasiones Perchek le inyectó una sustancia que lo reanimó lo suficiente para soportar una nueva serie de inyecciones.
Ray se acostumbró a oírse gritar. Llegó a orinarse. Entre inyección e inyección, sus músculos sufrían incontrolables espasmos. En varias ocasiones farfulló nombres. Perchek miraba a Orsino, que meneaba la cabeza una y otra vez. El castigo por mentir era, indefectiblemente, una dosis superior, y su reacción, gritos espeluznantes.
Un hombre puede enfrentarse a la muerte de tres maneras… De tres maneras… De tres maneras…
Se le vencía la cabeza hacia atrás, y se le nublaba la vista. Ya no lo molestaba la luz de la desnuda bombilla que pendía del techo. Era como si el indecible dolor insensibilizase sus ojos. Sudaba a mares, y tenía el sistema nervioso destrozado y estaba a punto de derrumbarse mentalmente. Debía facilitarles un nombre que los obligase a comprobarlo; darles algo, algo que detuviese la química carnicería que Perchek cometía con él, aunque sólo fuese durante un rato. Ya había hecho lo posible por superar las dos primeras fases recomendadas por Joe Dash. Su capacidad de resistencia se había agotado. Tenía que decirles algo que detuviese aquel insoportable dolor.