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– ¡Eh! ¡Tenga más cuidado! -dijo uno de los pasajeros de mala manera.

– ¡A hacer puñetas! -le replicaron.

Una arrugada anciana, con una pronunciada joroba y una rebosante bolsa de la compra, se embutió a viva fuerza entre el que había protestado y los asientos y le dio un tremendo pisotón a Stallings, que, sin embargo, se excusó y retiró el pie. La muy bruja lo fulminó con la mirada y masculló algo que Stallings se alegró de no entender.

Se cerraron las puertas y, por un instante, ante la inmovilidad del tren, los pasajeros parecieron condenados a morir por estrujamiento y sofoco. Al momento, y lentamente, casi a regañadientes, el tren empezó a moverse. Stallings era más alto que la mayoría de quienes iban de pie en el vagón. Como llevaba el maletín en una mano y la chaqueta en la otra, tenía que sujetarse a la barra, que quedaba por encima de la cabeza de la anciana. Aunque coger siempre aquel tren desde la zona alta del East Side lo había convertido en un pasajero muy tolerante, nunca había hecho un trayecto tan insufrible. Para colmo, el vagón cabeceaba como un demonio, seguramente porque el conductor querría recuperar el retraso.

Un minuto después de arrancar el tren, la vieja volvió a pisarlo. En esta ocasión, Stallings la apartó sin contemplaciones y se ganó otra mirada atravesada y otro insulto. Luego, un violento bandazo del vagón le echó encima a varios pasajeros. Notó un agudo pinchazo en el costado derecho, justo por encima del cinturón. ¿Una abeja? ¿Una araña? Se palpó el costado y se frotó donde le escocía. La sensación de escozor pasó en seguida. Seguía con la camisa remangada. Antes de que le diese tiempo a volver a sujetarse a la barra, una pronunciada curva lo echó encima de los pasajeros que tenía al lado.

– ¡Sujétese, puñeta! -le espetó uno, a la vez que lo apartaba de un empujón.

– ¡Imbécil! -le gritó otro.

– Perdonen -musitó Stallings, que aún no acababa de entender qué podía haberle picado.

No era la primera vez que le picaba algún bicho (siempre abejas o arañas, a las que no era alérgico), pero ahora el que le acababa de picar lo había hecho a través de la camisa.

El tren aminoró la velocidad cuando se avistó la estación City Hall. Quienes tenían que apearse porfiaban por llegar a alguna de las puertas.

– Perdone -le dijo una mujer a Stallings al abrirse paso-. ¿Qué…? ¿Qué le ocurre?

Stallings no pudo contestar. El corazón le latía violentamente. El pulso machacaba sus sienes como un martillo pilón. Sentía unas terribles náuseas. Se mareaba y sudaba a mares. Perdía de vista las luces del vagón, que empezaron a girar en su mente a velocidad de vértigo. Era como si le hubiesen abierto el pecho y arrancado el corazón. Necesitaba desesperadamente echarse.

– ¡Eh! ¿Qué hace? -le gritó un pasajero.

La mano de Stallings empezó a resbalar de la barra.

– Pero hombre… ¿qué le pasa?

A Stallings se le doblaban las rodillas y se le vencía la cabeza hacia atrás.

– ¡Eh, apártense! ¡Apártense! ¿No ven que se desmaya?

Stallings notó que estaba echado en el suelo, y tenía incontrolables convulsiones en brazos y piernas. Recibió varias involuntarias patadas de los que trataban de hacerse a un lado. También notó que se mordía el labio pero no sintió dolor. Un río de palabras le llegó como un lejano eco a través de un largo túnel metálico.

«Le ha dado un ataque al corazón…» «Métanle algo en la boca…» «Denle la vuelta…» «Pónganlo de costado…» «Soy practicante… Apártense. ¡Apártense todos!» «¡Que alguien haga algo!» «¿No ve que eso es lo que intento, señora? ¡Apártese!» «¡Llamen a un policía!»

Las palabras le llegaban a Stallings cada vez más confusas. Notó que varias personas se arrodillaban a su alrededor y que lo tocaban, pero él no reaccionaba. Se le iba la cabeza. Empezó a echar sangre por la boca y se manchó su camisa de color azul marino. Notó que su vejiga estallaba.

En pocos instantes, las confusas imágenes dejaron paso a una absoluta oscuridad. Las voces y los ruidos se extinguieron… Un hombre de aspecto corriente, que llevaba una camiseta de sport, se mezcló entre quienes trataban de asistir a Stallings, cogió el maletín y se escabulló. Sonrió para sus adentros al imaginar que sir Gauvain, habría recurrido a una maniobra de despiste tras otra para evitar que lo siguiera hasta el Battery Park, sin pensar que los modernísimos micrófonos ocultos que Galahad instalaba sistemáticamente en las habitaciones de los caballeros hacían casi innecesario seguirlo.

En cuanto se abrieron las puertas del vagón, quienes tenían que apearse se abrieron paso a empujones. El hombre que llevaba el maletín de Stallings, en cambio, salió con toda tranquilidad. Tiraría la jeringuilla en la primera cloaca que encontrase. La cardiotoxina que le había inyectado a Stallings era una de sus armas favoritas. Era un veneno prácticamente desconocido fuera de la cuenca inferior del Amazonas, tan potente que la mínima cantidad que pudiera quedar en el tubo de la jeringuilla podía ser letal. La finísima aguja penetraba en un poro y hacía que la marca del pinchazo fuese prácticamente invisible, y aunque éste produjese una minúscula gota de sangre, la camisa de color azul marino de Stallings la haría casi imposible de detectar.

Otro dato para… las estadísticas: otra víctima del calor. Espléndido. Realmente espléndido.

Antón Perchek se cruzó con dos policías al salir de la estación.

– No corran. No hace falta que corran -musitó por lo bajo-. Pueden estar seguros de que es inútil.

Capítulo 29

En el apartamento de Harry reinaba el optimismo. Walter y Maura llegaron con escasos minutos de diferencia, ambos con buenas noticias.

Y bien que las necesitaba Harry. Después de la reunión en el hospital, al bajar del Mercedes de Mel Wetstone para ir a su consulta, notó un dolor en el pecho, más agudo que el de la otra vez, que le llegaba desde la espalda hasta el esternón. El dolor sólo duró tres o cuatro minutos y no fue muy intenso, pero sí el más fuerte que había tenido últimamente.

Después de darle un beso de agradecimiento a Mary Tobin, fue rápidamente al cuarto de medicamentos con la idea de tomarse una píldora de nitroglicerina. No obstante, el dolor ya remitía. Si era angina de pecho, se dijo, desde luego no era un caso típico.

Pese a ello, Maura no pensaba dejar de cumplir con su parte del compromiso: iría con Walter a la reunión de AA. Lo mínimo que debía hacer, se dijo Harry, era someterse a una prueba de estrés cardíaco. De manera que volvió a su despacho, marcó el número de un cardiólogo amigo y… colgó en cuanto sonó.

Decidió guardarse la píldora en el bolsillo para tomársela en cuanto le volviese a doler. Si era eficaz, si el dolor remitía, había muchas probabilidades de que tuviese una dolencia cardíaca. Entonces llamaría al cardiólogo. Hasta entonces, la prueba de estrés podía aguardar.