Harry les detalló a Maura y a Walter el desarrollo de la reunión (sobre todo, la intervención de Caspar Sidonis, que había estado a punto de ser catastrófica para él, y las formidables iniciativas de Mel Wetstone y de Mary Tobin).
– ¿Sabía Sidonis lo de su esposa? -preguntó Walter cuando Harry hubo terminado-. Me refiero a si estaba al corriente de su investigación periodística.
– No lo creo. No he contado lo de su doble vida a nadie, salvo a la policía. Decírselo a Sidonis se me antoja hacerle el juego, aparte de que no me creería.
– Da la impresión de ser un mal enemigo. Yo le recomendaría mantenerse tan alejado de él como pueda. ¿Cree que se atendrá a su amenaza de dimitir?
– Lo dudo, aunque nunca se sabe. Parece querer dar la impresión de que puede dimitir del CMM porque lo van a recibir con los brazos abiertos en cualquier hospital, pero ahora dirige un enorme laboratorio de investigación y gana más de un millón de dólares al año, y le aseguro que no es tan sencillo que lo contraten a uno en tales condiciones. Todos los hospitales de la ciudad tienen un jefe de cirugía cardiovascular, y ninguno de ellos vería con buenos ojos que Caspar se entrometiese en su territorio.
Maura explicó entonces lo mucho que Lonnie Sims la había ayudado a hacer una serie de composiciones fotográficas de gran calidad del hombre que había visto. Allí tenía el original y tres copias de la composición fotográfica final, una de frente y dos de perfil (una con gafas y barba, otra con bigote y con el pelo rubio y la restante con los ojos azules y el pelo largo y castaño). Sims las había reducido, luego las había pegado en un impreso oficial con un recuadro en blanco para añadir datos personales y, por último, sacó diez copias para Maura.
– Tenían que haber hecho una disfrazado de mujer -dijo Walter en cuanto las vio.
– ¿Qué?
– Nada. Hablaba para mí. Es que este individuo da la impresión de poder pasearse por los hospitales a su antojo. Pensaba que, quién sabe, a lo mejor se disfraza de enfermera.
– La verdad es que Lonnie introdujo en el programa informático pelucas y maquillajes femeninos de varias clases. Esto aumentaba mucho el número de posibilidades y, a la vez, hacía que la síntesis final resultase de un tamaño demasiado pequeño. Además, nos ha parecido que examinar un juego de quince o veinte fotografías y centrarse en una podía confundir.
– Muy bien pensado -dijo Walter-. Haremos un juego de fotocopias en color y las distribuiremos por todas las plantas del hospital. Y quizá conviniera distribuirlas también en otros hospitales.
– No podemos -susurró Harry, que le explicó a Walter que, ante la airada oposición de Erdman, se había comprometido a que sólo él supervisase la distribución del retrato-robot, y discretamente, sólo a los jefes de departamento.
– Eso no nos sirve para nada -dijo Walter, más inquieto que en las anteriores ocasiones en que se había visto con Harry.
– ¿Por qué? -preguntó Corbett.
– Porque es poco probable que alguien repare en la foto y exclamé: «¡Aja! ¡Ya lo tenemos!». Ocurre, pero muy raramente. Lo que en realidad pretendemos es enfurecer al Doctor, inducirlo a cometer alguna imprudencia, liarse a la temeraria táctica de atacar y huir, una y otra vez, obsesionado con vengarse de usted.
– Habla como si lo conociera -se extrañó Harry.
– No conozco a la persona concreta -dijo Walter sin poder controlar el tic de la comisura de la boca-, pero conozco a los psicópatas. Aunque es más probable que caiga víctima de su propio ego que en nuestras manos, lo mejor para conseguirlo es enfurecerlo.
– Lo siento, pero no puedo hacerlo, Walter. Le he dado mi palabra al director del hospital. Mi posición ya es bastante comprometida, y no es caso de tentar demasiado a la suerte con él. Todo el mundo sabe cómo las gasta. Quizá dentro de una semana podríamos pedírselo de nuevo. Pero de momento no.
– Como usted quiera, doctor.
Walter examinó uno de los impresos con la foto que pensaba utilizar a la manera de pósters.
– Es asombroso, Maura -se entusiasmó Walter al guardarse el impreso en su raída cartera.
– ¿Cómo lo sabe? -preguntó ella, sorprendida.
– Ya sé que parezco un poco bruto, pero sé apreciar el trabajo artístico cuando lo veo -contestó Walter, risueño.
– Gracias -dijo ella, que se encogió de hombros como si desechara la extrañeza que le producía el comentario-. Bueno, ya veremos lo asombroso que es el parecido cuando ese individuo nos mire desde detrás de las rejas de una celda.
«Si llega vivo». Por un momento, Walter temió haberlo dicho en voz alta.
Maura tuvo la sensación de que el rostro de Walter se ensombrecía, como si de pronto su mente vagase muy lejos de allí.
Walter bebió un largo trago del refresco que Harry les había servido, y al posar el vaso, la sombra había desaparecido. Su sonrisa era franca y abierta.
– Bueno, amigos, ahora me toca a mí informar sobre Elegance, La Agencia de Azafatas para los Hombres Exigentes. La dirige una tal Page. No quería decirme más. Nos hemos visto en un bar del East Side que no tiene ni ventanas. Ni una. Resulta lo que yo sospechaba. Désirée trabajaba esporádicamente para Elegance. Acudía y luego pasaba cuatro o cinco meses sin aparecer. Siento decirlo, Harry, pero, por lo visto, estaba muy solicitada.
– Maravilloso.
– ¿Seguro que no le importa que siga?
– Adelante -dijo Harry con cara de resignación.
– Bien. La tal Page está muy furiosa porque unos clientes con mucho dinero y muy poderosos cortaron toda relación con ella al descubrir que Désirée era periodista. Désirée intentó entrevistar a una de las azafatas de la agencia y la chica se fue de la lengua. Page creyó que si echaba a Désirée la recompensarían, pero, en lugar de ello, los clientes en cuestión han prescindido de su agencia. De modo que ha perdido mucho dinero y, aunque estaba muy furiosa con sus ex clientes, también parece tenerles pánico. Por lo visto, dos de ellos le hicieron una visita y la interrogaron de muy mala manera acerca de Désirée. Al principio, no ha habido modo de que me dijese nada más acerca de ellos. Y he tenido que untarla a base de bien para que lo hiciera… Así que… lo siento, Harry, pero los mil quinientos dólares se han esfumado.
– ¿Los mil quinientos?
– Era cosa de vida o muerte. Llevaba ya más de una copa y no creo que hubiese tardado en llevarla de más. Y me he dicho que, o la hacía cantar allí mismo, o podía no volver a verle el pelo.
– Es que… de ese dinero, quinientos dólares eran suyos -dijo Harry.
– ¡Harry! -exclamó Maura.
– Bueno, bueno. Siga, Walter. Confío en usted, de verdad.
– El único nombre de sus clientes que ha podido darme es Lance. Un apellido, supongo yo. Era él quien le pagaba, en metálico, y quien le decía si estaban satisfechos o descontentos con las chicas. Siete de las mejores iban dos veces al mes al hotel Camelot y pasaban allí la noche. No sabe, a ciencia cierta, qué hacían sus clientes en el hotel, aunque, a juzgar por comentarios de las chicas, cree que algunos de ellos trabajan en compañías de seguros.