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– ¿De seguros?

– Eso me ha dicho. No es gran cosa, pero me ha llamado la atención. Y he pensado que quizá podría acercarme a sondear a las camareras de habitaciones del Camelot. Las camareras de hotel siempre lo saben todo y, en Nueva York, la mitad son latinas. Quizá pueda averiguar la identidad de alguno de ellos, y partir de ahí…

Se reúnen cada dos semanas en el hotel Camelot…

– No creo que sea necesario -dijo Harry al recordar una de las pocas líneas del borrador de Désirée que tuvo oportunidad de leer-. Evie citaba en su trabajo un par de nombres que pueden sernos útiles.

Harry se refería a los dos nombres que encontró en la agenda de Evie y que anotó en un papel. Lo tenía escondido dentro de una zapatilla en el armario del pasillo. Fue a buscarlo, lo alisó encima de la mesa y llamó a información para pedir el número de teléfono de la Biblioteca Pública.

Corbett pidió que le pasaran con Stephanie Barnes, una bibliotecaria que tuvo como ayudante al principio de ejercer (una de las pocas que dejó el trabajo no para casarse y tener hijos o para ganar más dinero del que él podía pagarle sino para volver a la facultad). Harry le había dado una importante gratificación para ayudarla a pagarse su primer año de vuelta a la facultad. Ahora estaba felizmente casada y había hecho un master en bibliografía, además de tener hijos y de ganar más dinero que en su consulta.

A lo largo de años de continuada amistad, Stephanie Barnes le había demostrado algo que él intuía desde hacía mucho tiempo: que una bibliotecaria con iniciativa e imaginación podía averiguar casi cualquier cosa.

– Stephanie, tengo dos nombres, con sus correspondientes señas y números de la Seguridad Social -dijo Harry después de que Stephanie le expresase su condolencia por la muerte de Evie y de que él le asegurase su inocencia, pese a lo que insinuaban los periódicos-. Creo que estas dos personas están relacionadas con el sector de los seguros. Me interesa cualquier cosa que puedas averiguar acerca de ellos, sobre todo dónde trabajan y qué hacen. Podría volver a llamar mañana, si hoy estás demasiado ocupada, pero me vendría de perlas saber algo dentro… de una hora.

Stephanie no le prometió nada, pero al cabo de menos de media hora lo llamó.

– ¡Bingo! -exclamó Harry tras anotar la información que le dio Stephanie-. Ha vuelto usted a dar en el blanco, Walter. James Stallings es vicepresidente de la Interstate Healt Care, y Kevin Loomis, primer vicepresidente de la Crown Health and Casualty. Ambos han hecho una carrera meteórica. Loomis no había llegado más que a segundo curso en una universidad municipal de Nueva Jersey y hasta hace un par de años no era más que un simple agente de seguros; ahora ocupa un alto cargo. No entiendo que viva en Queens con lo que debe de ganar. Stallings se ha formado en centros privados desde el bachillerato: St. Stephen, Dartmouth y luego en el Instituto Wharton de Ciencias Empresariales. Ha ganado innumerables premios por su rendimiento en la compañía y en el sector.

– ¿Quiere que le busque los números de teléfono de la compañía? -se ofreció Maura.

– Gracias, pero ya veo que no sabe lo que son capaces de conseguir personas como Stephanie -contestó Harry señalando a las notas que acababa de tomar-. Aquí tengo los teléfonos de la oficina y los particulares de ambos.

– ¿Por quién va a empezar?

Harry le dirigió a Walter una inquisitiva mirada.

– Pues por el laureadísimo ejecutivo, naturalmente -dijo Walter-. ¿Es necesario que le diga cómo tiene que abordarlo?

– Supongo que será mejor improvisar -repuso Harry, que, de inmediato, marcó el número de las oficinas de la Interstate Health Care y preguntó por James Stallings.

La secretaria de Stallings se puso en seguida al teléfono.

– Diga.

– ¿Está el señor Stallings? Soy Harry Collins, y fui compañero de curso de Jim en Dartmouth. Formo parte del jurado que ha de conceder los galardones del próximo año, y se ha propuesto a Jim Stallings para la concesión del premio a ex alumnos distinguidos. No obstante, me faltan algunos datos.

Maura y Walter alzaron los pulgares con expresión aprobatoria. La secretaria tardó en contestar mucho más de lo normal.

– Lo siento, señor Collins -dijo al fin la secretaria-, pero el señor Stallings no puede ponerse.

– ¿Cuándo podría volver a llamar?

De nuevo se produjo una embarazosa y larga pausa.

– ¿De qué me ha dicho que se trataba?

– De un premio. Las autoridades académicas de Dartmouth quieren concederle un premio al señor Stallings.

– Pues… verá, señor Collins: el señor Stallings está muy enfermo, ha ingresado en la UCI del Memorial.

– ¡Qué horror! ¿Tan grave está?

– No puedo decirle nada más sin autorización. Lo siento.

Harry les dijo a Maura y a Walter lo que acababa de comunicarle la secretaria. Luego, llamó al Memorial. Como médico, sabía de sobras lo que había que hacer para que no lo pasasen de un departamento a otro; por tanto, logró hablar al momento con la enfermera de guardia en cuidados intensivos. Su conversación con la enfermera duró apenas un minuto.

– Stallings ha tenido un paro cardíaco esta tarde -dijo Harry-. Está con respiración asistida. Muerte cerebral. La enfermera no ha podido decirme más.

– ¿Qué edad tenía? -preguntó Maura.

– Cuarenta y dos -contestó Harry tras consultar sus notas.

– No es precisamente una edad propicia a los paros cardíacos -dijo Walter.

– ¿Qué opina? -preguntó Harry.

– No me gusta. No me gusta nada. Creo que debería llamar al otro. ¿Cómo se llama?

– Loomis -repuso Harry, que ya había marcado el número de la Crown Health and Casualty-. Kevin Loomis.

Harry le contó a la secretaria de Loomis un cuento distinto. Harrison Collins formaba parte del jurado para seleccionar al «Ejecutivo del Año» en el sector de las compañías de seguros, y Loomis era uno de los tres candidatos al premio. Harry estaba seguro de que era una mentira creíble y, en efecto, al cabo de pocos segundos se puso el propio Loomis.

– ¿Qué desea, señor Collins? -dijo Loomis.

– ¿Puede oírnos alguien desde algún supletorio? -preguntó Harry.

– ¿Cómo dice?

– Que si puede hablar con libertad.

– Por supuesto. ¿Qué significa esto?

– No me llamo Collins, señor Loomis. Soy Corbett, el doctor Harry Corbett. ¿Sabe quién soy?

– Lo he leído en los periódicos.

– Se trata de mi esposa, señor Loomis. De mi difunta esposa, Evelyn.