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Probablemente el conde se dio cuenta, porque de pronto pareció inquietarle la idea de que su devoto alumno pudiera apartarse de él.

– ¡No la escuches, Duncan! -le dijo en tono enérgico-. ¿No ves qué se propone? Quiere quebrar tu determinación y envenenar tu entendimiento.

– No -dijo Gwynn con firmeza-, no es eso lo que quiero. Solo quiero que mi hermano vuelva a ser el que fue en otro tiempo.

– No le prestes atención, Duncan. Sus palabras están llenas de falsedad y despecho. Solo quiere desposeerte de tu merecida herencia, de lo que te corresponde por derecho. ¿No te das cuenta del veneno que escupe con sus palabras? Es una bruja.

– Una bruja -repitió Duncan monótonamente, como un eco. El fuego siniestro que había brillado en sus ojos apareció de nuevo, y la inseguridad se desvaneció. Entonces Gwynn supo que había perdido. La influencia del conde era mayor que la suya, tal como había profetizado Kala.

– ¡Desaparece de mi vista! -la increpó Duncan-. Digas lo que digas, hermana, no me apartarás de mi decisión. He decidido de qué parte estoy, y no cambiaré de opinión, ni ahora ni más tarde. La casa de Ruthven estará eternamente unida a la Hermandad de las Runas. ¡Lo juro por mi sangre!

– ¡Oh, Duncan! -Gwynn sacudió la cabeza, horrorizada-. No sabes lo que dices.

– Al contrario. La historia es un eterno círculo, hermana. Todo se repite. William Wallace nos mintió a todos. Traicionó a nuestro padre, y ahora será él el traicionado. ¿Creías de verdad que podrías detenernos? ¿Enviando a un simple monje para prevenir a Wallace? Una sola flecha ha bastado para acabar con sus ansias de acción. Nadie puede detenernos, Gwynneth. Nadie, ¿me oyes?

De nuevo resonó su risa burlona, a la que se unió el conde.

Gwynn no pudo sino sentir una profunda repugnancia al oírlo.

– ¿Qué ha sido de ti, hermano? -susurró estremeciéndose.

– Yo, Gwynneth, he reconocido la verdadera esencia de las cosas. Y no vuelvas a llamarme hermano, porque desde este momento el lazo que existía entre nosotros ha quedado roto. Has actuado contra mí y querías entregarme al enemigo. A partir de ahora dejarás de ser un miembro de nuestra familia para convertirte en una repudiada sin tierra y sin nombre. Recibirás lo que mereces por traidora.

– No -susurró Gwynn, pero el rostro de su hermano permaneció duro e inflexible.

Duncan llamó a gritos a los guardias y les indicó que la encerraran en la cámara más alta de la torre oeste, hasta que hubiera decidido qué iban a hacer con ella.

– Hermano -exclamó Gwynn con lágrimas en los ojos-. ¿Qué se ha hecho de ti? ¿Qué demonio se ha adueñado de tu persona?

– No puedo oírte -replicó el señor de Ruthven fríamente-, porque ya no tengo ninguna hermana. Y tú, mujer, vigila tu lengua, antes de que te la haga arrancar. ¡Lleváosla de aquí!

Los guardias sujetaron a Gwynn y la condujeron afuera de la habitación. La joven se volvió para lanzar una última mirada al rostro petrificado de su hermano y al conde, que sonreía con sarcasmo. Luego la puerta se cerró, y ante ella apareció el largo, oscuro pasaje hacia un futuro incierto.

Fascinada, Mary leyó el relato hasta el final, y una vez más se sintió como si ella misma participara en los acontecimientos que se habían desarrollado entonces en el castillo de Ruthven…

Llevaron a Gwynneth a la torre oeste y la mantuvieron prisionera en la cámara. Allí resistió un triste destino, alimentándose solo de pan y agua, soportando el frío y llena de desesperación por el giro funesto que había dado su existencia. Al cabo de unos días, la joven recibió una visita. Era Kala, que apareció de pronto ante la puerta y conversó con ella a través de la hoja. La anciana la consoló, afirmó que no se había perdido aún toda esperanza y le infundió valor. Luego deslizó algo bajo la puerta, que Gwynn recogió estupefacta: tinta, cera para sellar y pergamino.

La mujer de las runas animó a Gwynn a que escribiera su historia, con todos sus tristes detalles, y luego escondiera sus anotaciones en el muro, donde encontraría una cavidad y un recipiente de cuero. Kala no le explicó los motivos de su propuesta, y Gwynn tampoco hizo preguntas; se sentía agradecida solo por tener algo con que distraerse de su triste sino. Su padre había insistido en que dominara la lengua y la escritura, aunque aquello era poco habitual en una mujer, de modo que no representaría ningún esfuerzo para ella escribir su historia tal como exigía la vieja Kala.

Cuando la anciana quiso despedirse de ella, Gwynn preguntó por su futuro.

– El futuro -respondió Kala- es difícil de ver en estos días. El mundo está revuelto, y las runas no desvelan todos sus secretos.

– Entonces dime al menos qué será de mí -le pidió Gwynn.

La mujer de las runas dudó.

– Tendrás que ser fuerte -dijo-. He visto tu fin, un final sombrío, envuelto en maldad. Tu hermano ha traicionado a tu familia entregándola a los poderes oscuros, hija mía, y a ellos pertenecerá durante muchas generaciones.

– Entonces… ¿no queda ninguna esperanza?

– Siempre hay esperanza, Gwynneth Ruthven, incluso en un lugar como este. No ahora, pero sí dentro de muchos cientos de años. Cuando haya transcurrido medio milenio, hija mía, se recordarán tus hechos y tus sufrimientos. Y una joven descubrirá hasta qué punto se asemeja su destino al tuyo. Ella se resolverá a cambiarlo y presentará batalla al poder de las tinieblas. Solo entonces se decidirá el futuro de la casa de Ruthven.

Con estas palabras acababa el relato de Gwynneth Ruthven. Mary permaneció sentada, como fulminada por un rayo. Volvió atrás y leyó el último párrafo por segunda vez, tradujo de nuevo cada palabra para asegurarse de que no había cometido ningún error.

El sentido del texto era ese. Pero ¿cómo era posible? ¿Cómo podía haber sabido la vieja Kala, tantos siglos atrás, lo que sucedería en un lejano futuro? ¿Había sido efectivamente una mujer de las runas, una persona dotada de facultades mágicas que podía ver el porvenir? ¿Había visto la anciana, ya en esa época, lo que le sucedería a Mary?

Mary de Egton era demasiado realista para considerar posibles aquellas cosas. Ella creía en el romanticismo y en el poder del amor, en la bondad del hombre y en que todo en la vida sucedía con alguna finalidad; pero la magia y la brujería no podían conciliarse con su moderna visión del mundo.

¿Era todo, pues, solo una casualidad?

¿No querría ver, en su desesperación y su soledad, un lazo que en realidad no existía?

Por otro lado, ahí estaba la anciana sirvienta, que tenía ese asombroso parecido con Kala. Y la multitud de coincidencias entre ella y Gwynneth Ruthven. Todos los sueños que había tenido y que habían sido tan extrañamente reales…

¿Tendría razón la anciana? ¿Eran efectivamente, Mary y Gwynneth Ruthven, almas gemelas, hermanas en espíritu unidas por un lazo tan estrecho que había sobrevivido a los siglos? ¿Y eran la mujer de las runas y la misteriosa sirvienta una única persona?

Mary sacudió la cabeza. Aquello era demasiado fantástico para siquiera tratar de comprenderlo. La única persona que podía decirle si todo aquello era real o si efectivamente estaba perdiendo el juicio era la vieja sirvienta. Si Mary quería obtener alguna certeza, debía pedirle explicaciones y exigirle que hablara con claridad.

Mary estaba convencida de que esa era la forma más inteligente de proceder. Pero había un inconveniente decisivo: para preguntar a la sirvienta, debía salir de la cámara de la torre.

Le costó cierto esfuerzo levantarse y acercarse a la puerta. Sus miembros estaban rígidos de frío y tenía las manos heladas e insensibles. Con precaución, pegó la oreja a la puerta para escuchar. Luego se agachó y echó un vistazo a través de la rendija entre la puerta y el suelo. Al parecer no tenía nada que temer.

Mary inspiró profundamente. Sabía que no podía esconderse en esa torre eternamente, pero al menos esa noche la cámara había sido un refugio seguro para ella. Recordaba que la vieja Kala había descrito la cámara de la torre como uno de los pocos lugares del castillo en los que el mal no había penetrado. Tal vez fuera ese el motivo por el que Mary tuvo que hacer un enorme esfuerzo para bajar el herrumbrado picaporte y deslizarse afuera.