– ¿Tú crees? -Quentin estaba tan turbado que la voz se le ahogó en la garganta y solo pudo emitir un graznido ronco-. Tal vez esa sea la amenaza de la que se habla en la inscripción…
– Olvidas la lógica, sobrino. ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? ¿Cómo puede una vieja inscripción, que tiene quinientos años de antigüedad, referirse a algo que sucederá en un lejano futuro? Naturalmente esto es imposible. Los sectarios han descubierto la inscripción y la han interpretado a su manera, eso es todo. Pero ahora que empezamos a vislumbrar cuáles son sus planes, tenemos la oportunidad de evitar que se cumplan.
– ¿Qué quieres hacer, tío? ¿Informar a Londres?
– Aún no, muchacho. La visita del rey a Escocia es, en estos tiempos inciertos, más importante que nunca. Si los escoceses y los ingleses tienen que convertirse en un pueblo algún día, el rey ha de realizar este viaje. De modo que de momento nos guardaremos lo que sabemos para nosotros.
– ¿No tiene la seguridad del rey prioridad sobre las consideraciones patrióticas?
– Naturalmente, muchacho, y puedes creerme si te digo que no tengo intención de poner en peligro la seguridad del rey Jorge en ningún momento. Si no consiguiéramos poner fin a las fechorías de los sectarios, informaría inmediatamente a Londres para que se anule la visita.
– No todos son tus amigos en la corte, tío. Habrá voces que dirán que has puesto los intereses de Escocia por encima de tu fidelidad a Inglaterra.
– Quien me conoce sabe que esto no es cierto. Pero naturalmente asumiré toda la responsabilidad por mi conducta, con todas las consecuencias que esto pueda acarrear para mí. Con todo lo que hemos descubierto, ya no hay vuelta atrás.
– Pero ¿no deberíamos informar al menos a los agentes?
– El riesgo sería demasiado grande. Si los sectarios se dan cuenta de que les siguen la pista, se esfumarán de nuevo. A nosotros, en cambio, se nos ofrece ahora la oportunidad de destapar la conspiración y atraparlos. Pero solo podremos hacerlo si actuamos con inteligencia y discreción.
Quentin miró a su tío, admirado.
Desde hacía semanas sir Walter apenas había dormido, cargaba con un peso bajo el cual muchos ya se habrían derrumbado hacía tiempo, y sin embargo, parecía tan animoso y decidido que su sobrino no pudo dejar de admirarle. Quentin solo esperaba que un poco de su energía se le hubiera transmitido también a él.
– Dentro de cinco días, los sectarios se encontrarán en un antiguo círculo de piedras -resumió sir Walter-. Para entonces tenemos que haber descubierto de qué círculo se trata y haber localizado el escondrijo de los sectarios. Al alba iniciaremos la búsqueda. El tiempo apremia…
7
– ¿Y bien?
Malcolm de Ruthven temblaba de impaciencia. Sus pálidos rasgos se habían teñido de púrpura y tenía la cara hinchada, como si fuera a explotar en cualquier momento.
– Lo siento, mylord -informó el sirviente a quien había correspondido la triste suerte de comunicar al laird la mala noticia-. Lady de Egton no aparece por ningún sitio.
– ¿Que no aparece? ¿Qué significa que no aparece?
– Hemos registrado toda la propiedad buscándola, pero no hemos encontrado ni rastro de milady -respondió en voz baja el sirviente. Las comisuras de sus labios se contraían nerviosamente. La cólera del laird era tristemente célebre.
– No es posible -gruñó Malcolm, y miró al sirviente con los ojos encendidos de ira-. Nadie puede desvanecerse así en el aire. Alguien tiene que haberla visto.
– Las doncellas afirman que vieron por última vez a lady de Egton hacia el mediodía. Cuando fueron a preparar sus aposentos para la noche, los encontraron vacíos. Además faltaban algunos vestidos y otros objetos personales.
– ¿Qué quieres decir con eso? -preguntó Malcolm con irritación.
El sirviente se retorcía como una anguila. Había intentado dar vueltas sobre el asunto, esperando que su señor dedujera por sí mismo lo que había sucedido. Pero Malcolm de Ruthven hizo honor, una vez más, a su fama de hombre obstinado e inflexible, y -aunque solo fuera para tener una excusa para dar rienda suelta a su furia- le forzó a declarar aquel hecho inconcebible.
– Lady de Egton se ha marchado -reconoció el sirviente en voz baja, y durante unos segundos, en la sala de audiencias del laird se hizo un silencio tan profundo que el criado pudo oír los latidos de su propio corazón.
Por un momento pareció que Malcolm de Ruthven lograría dominar por una vez su famosa ira; pero luego esta surgió sin freno, en un estallido de furia incontrolada.
– ¡Esto es imposible! -bramó, y golpeó la mesa con el puño haciendo estremecer al sirviente-. ¡Es completamente imposible! ¡Mi prometida no puede haberme dejado! ¡Nadie abandona a un Ruthven!
– Mylord, si me lo permite -replicó el sirviente en voz baja, casi en un susurro-, puedo asegurarle, con todo respeto, que queda excluido cualquier error. Lady de Egton abandonó el castillo de Ruthven a media tarde.
El paroxismo en que cayó el laird a continuación apenas parecía humano. Era la expresión de una cólera salvaje y descontrolada. Malcolm de Ruthven apretaba los puños con tal fuerza que los nudillos se volvieron blancos, y su mirada inflamada de ira dejó al sirviente petrificado de espanto.
– ¿Por qué no la detuvieron? -gritó con voz ronca-. ¿No había ordenado que no la dejaran abandonar el castillo sin mi permiso?
– Mylord debe perdonarnos. Ninguno de los sirvientes vio a milady en el momento en que abandonaba el castillo. Pero falta uno de sus caballos del establo.
– ¿Uno de mis caballos? ¿De modo que, además, me han robado?
– ¿Desea mylord denunciar a su prometida ante el sheriff? -preguntó el sirviente de forma muy poco diplomática.
– ¿Y convertirme en objeto de burla de todo el mundo? ¿No basta con que esa serpiente traidora haya roto la promesa que me había hecho? ¿Quieres, además, humillarme públicamente, maldito idiota?
– Perdone, mylord. Naturalmente no era esa mi intención. Solo pensaba que cuando uno padece tamaña injusticia…
– No es tarea de un lacayo pensar -manifestó el laird con rudeza. Las aletas de la nariz le temblaban y bufaba como un toro. En su furia impotente, se levantó de un salto, se acercó a la alta ventana y miró hacia las almenas y las torres del castillo de Ruthven, que durante todo el día habían estado envueltas en niebla. Incluso el tiempo, pensó Malcolm, se había conjurado contra él y facilitaba la huida de la traidora.
Mary de Egton solo le había traído problemas. Esa mujer no había tratado en ningún momento de ganarse su afecto; sino que había aprovechado, al contrario, la menor oportunidad para atacarle y ofenderle. Le había puesto en ridículo ante sus amigos, lo había convertido en objeto de burla al preferir la compañía de unos estúpidos mozos de cuadra a la suya, y por último, le había negado incluso aquello a que tenía derecho como prometido suyo.
Su orgullo estaba herido porque ella le había abandonado, y no podía consentir aquella deshonra. Pero, por otro lado, ¿no le había hecho un favor? De todos modos, él nunca había aprobado la relación que su madre había arreglado; tenía planes más importantes que ser un hijo obediente de Eleonore. Para defender su propiedad, había dado su consentimiento a la boda con Mary de Egton. Pero ¿qué podía hacer si ella no le quería y había preferido esfumarse? A pesar de su testarudez, incluso su madre tendría que reconocer que sus planes habían fracasado, y Malcolm quedaría por fin libre para perseguir sus propios objetivos.
Sintió que su rabia se desvanecía y se transformaba en alegría ante el fracaso de Eleonore. De su garganta surgió una carcajada amarga que dejó al criado perplejo.
– ¿No se siente bien, mylord? -preguntó preocupado-. ¿Quiere que haga llamar a un médico?