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Si sir Walter hubiera sabido que en aquel momento unas figuras oscuras se deslizaban en torno a la casa de Castel Street y espiaban el interior entre las cortinas, se habría sentido mucho más inquieto aún; pero, como lo ignoraba, solo recordó que tenía que acabar el trabajo y trató de volver a concentrarse en la novela que estaba escribiendo.

Incansablemente sumergía la pluma en el tintero y la deslizaba sobre el papel, pero una y otra vez tenía que dejarla para recapacitar sobre lo que acababa de escribir. No era solo que tuviera dificultades para concentrarse. A veces, sencillamente, no sabía cómo debían proseguir las aventuras del héroe. La novela se desarrollaba en la época de Luis XI, y si tenía que ser sincero, aún no había encontrado siquiera un nombre satisfactorio para el personaje principal, un joven noble escocés que iba a Francia para realizar allí hechos gloriosos.

A esas alturas, él mismo no creía ya que pudiera mantener los plazos acordados; tendría que escribir una carta a James Ballantyne para disculparse formalmente por el retraso. Si no conseguía resolver pronto el enigma de la secta de las runas, todo aquel asunto tendría además un efecto dañino en su carrera de novelista.

Sir Walter entornó los ojos. Su escritura se difuminaba ante su mirada, pero el autor lo achacó a la exigua luz que irradiaban las velas. ¿Por qué demonios nadie había pensado aún en instalar linternas de gas, como las que se utilizaban en las calles, también en las casas?

Con determinación férrea, sir Walter mantuvo los ojos abiertos y redactó unas líneas más. Luego parpadeó; esta vez no se trataba de una simple irritación de la vista: los esfuerzos del día exigían su tributo, y sus párpados se cerraron. Cuando los abrió de nuevo, constató, con una mirada al reloj de pared, que habían pasado diez minutos.

¡Diez minutos desperdiciados porque no había podido dominarse! Regañándose a sí mismo, Scott continuó con su trabajo y acabó el párrafo en medio del cual le había vencido el sueño. Apenas había puesto el punto final, le dominó de nuevo la fatiga.

Esta vez, al abrir los ojos, no tuvo que mirar siquiera al reloj para darse cuenta de que había pasado más tiempo. Pudo verlo por las cuatro figuras encapuchadas envueltas en amplios mantos que se encontraban ante él en su despacho.

Un estremecimiento de espanto recorrió sus miembros, y de golpe se sintió completamente despierto. De su garganta escapó un grito ahogado, que despertó también a Quentin.

– Tío, ¿qué…?

El joven dejó de hablar al distinguir a los encapuchados. Se quedó con la boca abierta, incapaz de pronunciar palabra. El pánico le dominó, e instintivamente revivió aquel espantoso momento en que se había tropezado con la sombra oscura en la biblioteca de Kelso.

Luego, sin embargo, Quentin se dio cuenta de que los encapuchados no llevaban cogullas negras, sino marrones. Y además sostenían en sus manos unos bastones lisos y largos de madera flexible. De todos modos, Quentin no podía explicarse cómo habían llegado aquellos hombres a la casa.

– ¿Qué significa esto? -preguntó sir Walter, que había recuperado el habla antes que su sobrino-. ¿Cómo se les ocurre irrumpir así en mi casa? ¡Salgan de aquí ahora mismo, antes de que llame a los agentes!

El jefe de los intrusos, que se encontraba más cerca de sir Walter que los demás, se llevó entonces la mano a la capucha y la echó hacia atrás. Tanto sir Walter como Quentin lanzaron un sonoro suspiro al reconocer el rostro del abad Andrew.

– ¡Reverendo abad! -exclamó Scott con los ojos dilatados por la sorpresa.

– Buenas noches, sir Walter -le saludó el religioso-. Y buenas noches también a usted, joven señor Quentin. Les ruego que perdonen esta intromisión, pero las circunstancias no me dejaban elección.

– ¿Qué circunstancias? -preguntó al momento sir Walter. Después de superado el espanto inicial, su razón había vuelto a imponerse-. ¿Por qué no están en Kelso? -inquirió-. Y sobre todo, ¿qué significa este atuendo?

– Ahora se lo explicaré todo -dijo el abad, tratando de aplacar la justificada curiosidad de Scott-. Ha llegado el momento de que nos demos a conocer ante ustedes, señores, pues la situación ha dado un giro dramático que no habíamos previsto. Y me temo que ambos van a desempeñar un papel decisivo en este asunto…

Mary de Egton seguía huyendo.

Durante cuatro días había cabalgado a través de un paisaje de colinas que parecía no tener fin, dirigiéndose siempre hacia el sur. Se había mantenido en todo momento apartada de los caminos y había evitado el encuentro con otros viajeros.

Mary era muy consciente de que para una mujer no dejaba de ser peligroso viajar a través de estas tierras salvajes y agrestes, por las que rondaban los bandidos, pero la perspectiva de caer en manos de los salteadores le parecía menos mala que la de volver con Malcolm de Ruthven y tener que pasar el resto de sus días entre los tristes muros de su castillo. De modo que prosiguió su camino.

De noche se alojaba en pequeñas fondas apartadas de la carretera principal. Por un poco de dinero, los dueños renunciaban a hacer preguntas superfluas y podía estar segura de no ser descubierta. La última vez había dormido en el granero de una pequeña granja. Debido a la capa y a la capucha que le caía sobre la cara, el campesino la había tomado por un joven mensajero, y ella no había hecho nada para sacarlo de su error. Probablemente compadecido por aquella figura delgada y empapada -durante todo el día había estado lloviendo sin cesar-, el hombre había permitido a Mary pernoctar en su pajar.

Dormir en la paja como los pobres constituía una nueva experiencia para la joven noble, que se despertaba a menudo porque le dolía la espalda, porque la paja le picaba o porque el ganado en el establo contiguo gruñía sonoramente. Sin embargo, Mary no se sentía desdichada, porque así era la vida, sencilla pero auténtica. Ese era el sabor de la libertad.

Ya antes de que amaneciera, partió y siguió el estrecho sendero en dirección al sur, y por primera vez desde hacía días, la niebla se disipó con la salida del sol. El paisaje, del que Mary no había podido ver gran cosa en los últimos días, había cambiado. Las colinas ya no eran peladas y marrones como en las Highlands; la hierba era verde y fresca, y en lugar de tristes matorrales y retamas sarmentosas, se alzaban árboles que brillaban en tonos verde amarillentos bajo la luz del verano. Su miedo desapareció. Por primera vez, Mary tenía la sensación de poder respirar de nuevo libremente.

Pasado el mediodía, llegó a un cruce donde el sendero que seguía se unía a la carretera principal. Mary recordó que había pasado por aquel lugar cuando Kitty y ella viajaban hacia Ruthven, y su pulso se aceleró al comprender que ya no podía estar lejos de Abbotsford. Al verse tan cerca de su objetivo, Mary se olvidó de su prudencia y cogió la carretera principal, que la conduciría, siguiendo el curso del Tweed, hasta la finca de sir Walter.

Su confianza aumentaba a medida que avanzaba por la carretera, y cuando finalmente incluso la capa de nubes se abrió y una alegre luz amarilla se filtró por el techo de hojas de los árboles, Mary sintió euforia. Luego se dio cuenta de que aún no había pensado qué le diría a sir Walter. Hasta ese momento toda su atención se había centrado en la huida, su único objetivo había sido escapar de Malcolm de Ruthven; pero había llegado el momento de pensar un poco más allá.

¿Debía, y podía, decirle la verdad a sir Walter?

Mary confiaba, sin duda, en el señor de Abbotsford, pero ¿tenía derecho a mezclarle en este asunto? Lo cierto era que entre sus padres y la familia Ruthven se había cerrado un contrato que tenía fuerza legal, y ella no quería que sir Walter se viera envuelto en las disputas que con toda seguridad surgirían. Por otro lado, Mary sabía que Scott conocía como pocos los entresijos del derecho. ¿Quién, pues, mejor que él, podía ayudarla a iniciar una nueva vida?