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– Le repito que no, inspector -insistió Mary, esta vez con mayor energía-. Ya le he dicho que no será necesario. Usted y sus hombres tienen otros deberes que atender, y no quiero ser un estorbo.

– No se preocupe, milady, no lo es -dijo Dellard, y a una señal suya, dos de sus hombres se adelantaron y sujetaron a Mary.

– ¿Qué significa esto? -preguntó la joven.

– Lo hacemos por su bien, milady -replicó Dellard, pero su expresión maliciosa desmentía esta afirmación-. Estará bajo nuestra custodia hasta que el peligro haya pasado.

– En lo que a mí respecta, ya lo ha hecho. Ordene a sus hombres que me suelten inmediatamente.

– Lo lamento, pero no puedo hacerlo.

– ¿Y por qué no?

– Porque tengo, por mi parte, órdenes que cumplir -respondió Dellard, y la falsa amabilidad que había mostrado hasta entonces desapareció de su rostro-. Lleváosla -indicó a sus hombres.

Mary, sin embargo, no tenía ninguna intención de representar el papel de víctima indefensa. La joven levantó la pierna y lanzó a uno de sus guardianes una patada que le alcanzó en la rodilla, por encima de la caña de la bota. El soldado lanzó un juramento y cayó al suelo bufando de dolor. Su compañero se quedó tan sorprendido que aflojó la presa, y Mary aprovechó la ocasión para liberarse. Desesperada, salió corriendo a través de la carretera en dirección a los matorrales.

– ¡Detenedla! ¡No dejéis que huya! -gritó Dellard a su gente, y un instante después unas manos rudas sujetaban a Mary y la arrastraban de vuelta. Aunque la joven se defendió encarnizadamente, no tenía la menor oportunidad ante los soldados, que la superaban en fuerza y también en número.

Mary, sin embargo, no cedió, y se resistió ferozmente. Bufando como un gato salvaje, golpeó con sus pequeños puños en todas direcciones, arañó y mordió de un modo que no era en absoluto propio de una dama, y finalmente consiguió soltarse de nuevo. Esta vez aterrizó en los brazos de Dellard, que la esperaba sonriendo con ironía.

– ¿Adónde va, milady? -preguntó, y antes de que Mary pudiera reaccionar, desenvainó su sable y la golpeó con él.

La campana metálica alcanzó a Mary en la sien. La joven sintió un dolor abrasador, y luego todo se volvió borroso a su alrededor. Lo último que vio, antes de perder el conocimiento, fue la expresión sarcástica del rostro de Charles Dellard.

9

Después de que se hubiera calmado la primera emoción del encuentro, el abad Andrew inició su relato. Se habían trasladado al salón de la casa, donde sir Walter, Quentin y el abad ocuparon los grandes sillones ante la chimenea; el monje indicó a sus tres hermanos de congregación que vigilaran las puertas y las ventanas.

– No creo que esta medida de precaución sea necesaria -opinó sir Walter-. La casa está sólidamente construida y las puertas y ventanas son seguras.

– Sin embargo, hemos podido entrar sin dificultad -replicó el abad con calma-, y lo que nosotros hemos podido hacer también podría conseguirlo el enemigo.

– ¿Qué enemigo?

– Lo sabe perfectamente, sir Walter. Le he prometido que le diría la verdad, pero le rogaría que también usted dejara de jugar con nosotros.

– La cuestión es quién juega con quién aquí, mi apreciado abad. En repetidas ocasiones le he preguntado por el signo de la runa, y con excepción de algunas alusiones oscuras, no me ha revelado nada.

– Por su propio bien. Si en ese momento hubieran abandonado el asunto, no habrían tenido ningún motivo de preocupación. Pero ahora me temo que ya no hay vuelta atrás.

– ¿Que no hay vuelta atrás? -preguntó Quentin-. ¿Frente a qué?

– Frente a la responsabilidad que el destino ha hecho recaer sobre su tío y sobre usted, señor Quentin. Me temo que a estas alturas ambos están tan implicados en esta historia como lo estamos nosotros.

– ¿En qué historia? -preguntó sir Walter, y en su voz podía detectarse claramente la impaciencia-. ¿Qué secreto protegen los monjes de Kelso que nadie más puede conocer?

– Un secreto de un tiempo antiguo, muy antiguo -respondió el abad enigmáticamente-. Pero antes de revelarles la verdad, debo pedirles que me prometan que no dirán a nadie ni una palabra de esto.

– ¿Por qué no?

– Su pregunta, sir Walter, se responderá por sí misma cuando sepa de qué se trata.

– ¿Le ha prescrito también una mordaza al inspector Dellard? -preguntó Scott con ironía.

– ¿El inspector Dellard?

– Me dijo que había hablado con usted. Y por él hemos averiguado lo poco que sabemos hasta ahora.

– De modo que el inspector Dellard… -El abad asintió con la cabeza-. Comprendo. Con esto nos ha proporcionado ya un primer indicio extremadamente valioso, sir Walter.

– Me alegro de que me lo diga -mintió Scott descaradamente-, con mayor motivo aún porque usted todavía sigue hablando en enigmas, apreciado abad.

– Perdóneme. Cuando se ha preservado un secreto durante tanto tiempo y con tanto cuidado, es difícil romper el silencio.

– ¿Durante cuánto tiempo exactamente? -quiso saber Quentin.

– Durante muchísimo tiempo, señor Quentin. A lo largo de quinientos años.

– Quinientos años -repitió Quentin intimidado.

– Desde los días de William Wallace y Robert Bruce. Más de medio milenio.

Era evidente que sir Walter no estaba tan impresionado como su sobrino.

– ¿Ahora llegará el momento en que nos desvelará que usted y sus monjes ya estaban allí en esa época? -preguntó.

– No, sir Walter. Pero el conocimiento de los sucesos de aquellos oscuros días se ha transmitido en mi orden de generación en generación. Antes de mí, no menos de treinta y dos abades preservaron el secreto y, poco antes de su muerte, lo transmitieron a sus sucesores. Soy el heredero de una larga serie de predecesores, y no habría tenido inconveniente en que el tiempo me dejara atrás a mí también. Pero el destino lo ha querido de otro modo. La decisión se producirá ahora, en nuestros días. A nuestra generación le ha correspondido asumir la responsabilidad.

– ¿Qué responsabilidad?

– Debe saber, sir Walter, que los monjes de Dryburgh, de los que somos herederos, realizaron un juramento solemne. No solo pronunciaron los votos de pobreza, castidad y obediencia, sino que juraron que combatirían el maclass="underline" el paganismo y la magia negra. El motivo que dio origen a este juramento fue la vergonzosa traición que se cometió en otro tiempo contra William Wallace.

– Esto tendrá que explicármelo con más detalle -solicitó sir Walter, y se inclinó hacia delante.

El reflejo del fuego proyectaba una luz temblorosa sobre sus tensos rasgos.

– Usted conoce la historia. William Wallace, que ya en vida recibió el sobrenombre de Braveheart, unió a los enfrentados clanes de las Highlands y los dirigió en su lucha contra los ingleses. En el año del Señor de 1297 obtuvo en Stirling una victoria decisiva, que le impulsó a avanzar hacia el sur y atacar al enemigo en su propia tierra. Pero, con los éxitos de Wallace, salieron también a la luz los envidiosos, príncipes de los clanes que estaban celosos de su poder y de la popularidad de que gozaba entre el pueblo, y que por eso empezaron a intrigar. Hicieron correr el rumor de que Wallace tenía intención de hacerse con la corona en cuanto hubiera derrotado a los ingleses, y aunque aquello era sencillamente una mentira, despertó en muchos lugares la desconfianza hacia él.

»En la batalla de Falkirk brotó por primera vez la semilla que los enemigos de Braveheart habían sembrado. Algunos importantes jefes de clan dejaron a Wallace en la estacada en el campo de batalla, y esta se perdió, aunque el propio Wallace sobrevivió a las graves heridas que le infirieron. Su reputación, sin embargo, había sufrido un gran daño, pues a partir de ese momento fueron muchos los que dudaron de él. Entre los que intrigaron con mayor virulencia contra Wallace se encontraban miembros de las antiguas y prohibidas hermandades de druidas, que habían pervivido desde los tiempos oscuros. Sus adeptos olfatearon entonces la oportunidad de provocar, mediante la caída de Wallace, que siempre había permanecido fiel a la Iglesia, una revolución, un cambio radical al final del cual debería resurgir el antiguo orden pagano.