»La más poderosa de estas sociedades era la Hermandad de las Runas, que consiguió atraer a sus filas a algunos jóvenes fanáticos de la nobleza escocesa que querían llevar al trono al joven conde de Bruce. Con su ayuda, la Hermandad de las Runas desarrolló un pérfido plan: por medio de la magia negra, destruirían a Wallace y nombrarían gobernante a Robert Bruce; claro está que solo para que gobernara por cuenta de la hermandad y restableciera el antiguo orden.
– Magia negra, conjuros paganos -repitió Quentin como un eco, sofocado de emoción, mientras sir Walter seguía las palabras del abad en silencio. En sus rasgos se reflejaba un claro escepticismo.
– El papel central en la conspiración lo asumió la espada de Wallace, la hoja con que había alcanzado la victoria en Stirling y que se había convertido, para los clanes escoceses, en el símbolo de la libertad y la resistencia contra el ocupante inglés. Había voces que afirmaban que el arma de Braveheart era una de las antiguas hojas rúnicas que habían sido forjadas en los tiempos oscuros por los primeros príncipes de los clanes y a las que se atribuían virtudes mágicas. Con ayuda de un joven noble llamado Duncan Ruthven, cuyo padre había sido un fiel seguidor de Wallace y que por eso gozaba de su confianza, la espada le fue sustraída y fue entregada a la hermandad, que, en un ritual pagano, la embadurnó con sangre humana e hizo que recayera una maldición sobre ella. El hechizo no tardó en surtir su efecto: la suerte en la guerra abandonó a Wallace. Sus aliados desertaron; de cazador se convirtió en cazado. En el año del Señor de 1305, fue traicionado por los suyos. Cayó en la trampa que le tendieron los ingleses y fue conducido a Londres, donde fue ejecutado públicamente al año siguiente.
– ¿Y la espada? -preguntó Quentin.
– La espada de la runa desapareció de forma misteriosa, para reaparecer solo unos pocos años más tarde; pero esta vez en posesión de Robert Bruce. La hermandad había enviado al joven noble para que estableciera contacto con él, y este había conseguido obtener con malas artes su confianza. Y aunque el propio Robert apenas creía que existieran posibilidades de continuar la guerra contra los ingleses, se atrevió a hacer lo inimaginable y alcanzó la victoria en el campo de batalla de Bannockburn. Desde entonces muchos historiadores se han preguntado cómo pudo ocurrir aquello. ¿Cómo un montón disperso de jefes de clan escoceses consiguió vencer a un ejército inglés que les superaba con creces en número y en armamento?
– Usted nos lo dirá -supuso sir Walter.
– Se ha intentado atribuir esa victoria al tiempo, a las características del terreno en el que se combatió. Pero esta no es la verdadera razón. La verdadera razón es que en aquel día entraron en acción unas fuerzas que ya habían desaparecido del mundo. Poderes oscuros y espantosos que en la batalla se situaron del lado escocés y llenaron de horror los corazones de los ingleses. El hechizo que había realizado la Hermandad de las Runas hizo su efecto.
– ¿Y usted cree en esas cosas?
– No tengo ningún motivo para no hacerlo, sir Walter. Los libros de historia documentan lo que sucedió entonces.
– La historia solo habla de la victoria de Bannockburn. No sé nada de una espada de la runa ni de un hechizo.
– Debe leer entre líneas -insistió el abad-. ¿No es cierto acaso que la política de Robert Bruce cambió de forma radical después de la muerte de Wallace? ¿Que abandonó su actitud reservada y se implicó en la lucha por el trono? ¿Que se volvió desconfiado y taimado? En 1306, en el mismo año en que Wallace fue ajusticiado, Bruce hizo asesinar a sangre fría a su rival John Comyn en la iglesia de Dumfries para allanar su camino hacia el trono. Poco después fue coronado rey escocés, pero la Iglesia le negó el reconocimiento. Más aún, Robert Bruce fue excomulgado y proscrito de la Iglesia. ¿Por qué cree usted que sucedió esto?
– Por la espada -respondió Quentin.
– Posteriormente -continuó el abad Andrew asintiendo con la cabeza-, sobre todo miembros de mi orden se esforzaron en hacer comprender a Robert Bruce su trágico error, en hacerle ver que se encontraba en camino de caer definitivamente en manos de poderes malignos. Ellos se dieron cuenta de que la llama del bien no se había extinguido por completo en su interior, y poco a poco el rey volvió a la senda de la luz.
– ¿Pero no decía que Robert Bruce había luchado en Bannockburn con la espada hechizada?
– Lo hizo. Pero ya en el mismo día de su victoria se apartó de los poderes oscuros. Dejó la espada de la runa en el campo de batalla y volvió arrepentido a los brazos de la Iglesia. Hizo penitencia por haberse apartado de la vía recta, y por ello fue reconocido por el Papa. El propio rey, sin embargo, nunca pudo perdonarse haber obtenido la victoria de aquel modo. Lamentó aquel acto durante toda su vida, y para mostrar su arrepentimiento, dispuso que a su muerte su corazón fuera enterrado en Tierra Santa.
– Así que esta es la culpa con la que cargó el rey durante toda su vida -observó Quentin, recordando las palabras de su tío-. Por eso llevaron su corazón a Tierra Santa. No es solo una leyenda.
– Es la verdad, joven señor Quentin, igual que todo lo demás.
– ¿Y de dónde ha sacado esta información?
– Un sacerdote llamado Dougal arriesgó la vida, en esa época, para prevenir a William Wallace. La advertencia nunca llegó hasta Wallace, porque una flecha traicionera alcanzó a nuestro hermano; pero Dougal vivió aún bastante tiempo para escribir lo que sabía sobre los planes del enemigo.
– ¿Y la espada? -preguntó sir Walter-. ¿Qué sucedió con la espada supuestamente hechizada?
– Como ya he dicho, el día de la batalla se quedó en el campo de Bannockburn. El rey se apartó del paganismo y de los poderes oscuros y volvió a la luz. Naturalmente los sectarios se sintieron engañados. Le guardaron rencor por ello y lo calumniaron, y hasta hoy corre el rumor de que la desgracia se abatió de nuevo sobre el pueblo escocés solo porque en ese día Robert Bruce se apartó de las antiguas costumbres. Pero el hecho es que la espada se perdió, y con ella su fuerza destructora. En recuerdo del padre Dougal y para evitar que los acontecimientos se repitieran, mi orden decidió entonces formar un círculo de iniciados, un pequeño grupo de monjes que preservaran el secreto y que deberían estar armados para el momento en que la espada volviera a aparecer y, con ella, aquellos que la habían dotado de poderes malignos. Durante siglos muchos creyeron que la Hermandad de las Runas había dejado de existir, pero mis hermanos de orden y yo nos mantuvimos firmes en nuestra vigilancia. Y finalmente, hace cuatro años, comprobamos que había estado justificada.
– ¿Y eso? -preguntó Quentin-. ¿Qué sucedió hace cuatro años?
– Se descubrió la tumba del rey Robert -aventuró sir Walter.
– Así es. Cuando se encontró el sarcófago del rey, intuimos que de nuevo entrarían también en acción los poderes oscuros que habían causado estragos en el tiempo en que vivía, y los hechos nos darían luego la razón. Como si durante todos esos siglos hubiera esperado este instante, la Hermandad de las Runas volvió a salir a la palestra.
– Pero ¿por qué? -preguntó sir Walter-. ¿Qué quiere esa gente? ¿Qué objetivo persiguen?
– ¿Aún no lo ha comprendido, sir Walter? ¿Aún no se ha dado cuenta de qué buscan sus oponentes?
– Para serle franco, no.
– Quieren la espada de Bruce -dijo el abad Andrew con voz lúgubre-. Las fuerzas funestas de antaño todavía habitan la espada, y los sucesores de los sectarios quieren utilizarlas para cambiar la historia de nuevo según sus deseos.