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Una mirada nerviosa hacia atrás, a la encrucijada, le mostró que el coche desconocido había pasado ya la carretera de Kelso y ahora se dirigía directamente hacia el puente. Era un tiro de dos caballos. Un único cochero iba sentado en el pescante, y por los baúles con que el vehículo iba cargado, el enmascarado dedujo que debía de tratarse de viajeros, posiblemente británicos del sur. El hombre maldijo de nuevo. Si en el accidente perdía la vida algún británico, el asunto provocaría un escándalo mucho mayor que si se trataba de un escocés.

Un momento después, el cabecilla de la banda de criminales vio llegar a su propia gente por la carretera de Jedburgh -seis jinetes que cabalgaban a galope tendido como si les persiguiera un escuadrón de dragones-. Al parecer, no habían prestado suficiente atención y habían dejado que el carruaje se escurriera entre sus filas. Ahora corrían como locos tras él, tratando de atraparlo.

Tal vez, pensó el enmascarado, aún no estaba todo perdido.

Mary de Egton se encontraba todavía bajo los efectos de la impresión de los terribles acontecimientos que habían tenido lugar en Jedburgh. La imagen de los hombres colgando sin vida en el patíbulo permanecía en su cabeza, y se preguntaba una vez más qué delito podían haber cometido el anciano de la posada y sus camaradas para haber sido ahorcados sumariamente en la plaza del pueblo.

En la agreste tierra que se extendía al otro lado de la frontera, se dijo, reinaban leyes distintas. Mary nunca había visto antes a un colgado, y aquella terrible impresión la atormentaba; al contrario que a Kitty, cuya naturaleza cándida la ayudaba a superar también rápidamente las cosas desagradables.

– ¿Qué ocurre, milady? -preguntó la doncella sonriendo-. ¿No estará afligida aún por esos hombres?

Mary asintió con la cabeza.

– No logro olvidarlos. No puedo comprender por qué los han ajusticiado.

– Yo tampoco lo sé, milady; pero estoy segura de que debían de tener buenas razones. Posiblemente eran criminales buscados. ¡Tal vez -y se llevó horrorizada la mano a la boca- aquel tipo tan extraño que anoche le habló en la posada fuera un asesino y usted se salvó de la muerte por los pelos!

– Tal vez -concedió Mary pensativa-. El caso es que ese hombre no parecía un asesino.

– Nunca lo parecen, milady. Si no, les reconocerían a la primera, y ya no habría asesinos -replicó la doncella con una lógica aplastante.

– También es verdad -dijo Mary, y no pudo evitar una sonrisa. El espíritu ingenuo de Kitty la ayudaba a superar su melancolía-. Pero miré a ese viejo escocés a los ojos, y lo que vi en ellos…

Un grito estridente surgió de la garganta de Kitty, haciéndola callar. La violenta sacudida hizo temblar el carruaje, y Mary, aplastada contra el asiento forrado de terciopelo oscuro, oyó el ruido atronador de los cascos y luego el restallar del látigo de Winston.

– Pero ¿qué ocurre? -preguntó Kitty, asustada.

Mary sacudió la cabeza, perpleja. Aunque el coche se bamboleaba violentamente y saltaba sobre la carretera salpicada de baches, se levantó de su asiento y se arrastró hasta la ventana, bajó el vidrio y lanzó una mirada al exterior.

Un poco más adelante pudo distinguir un puente, hacia el que el carruaje se dirigía a toda velocidad; al mirar atrás, vio a seis jinetes que volaban en su persecución. Los hombres llevaban ropas andrajosas y amplios mantos, que flotaban en torno a sus escuálidas figuras, y además, sombreros de ala ancha y máscaras.

Aquella visión le produjo el efecto de un martillazo.

¡Ladrones! ¡Un asalto!

Conmocionada, saltó hacia atrás y se dejó caer en su asiento. Kitty, que había adivinado el horror en los pálidos rasgos de su señora, no tuvo tiempo de preguntar por la causa, porque un instante después un disparo rompió el silencio en el valle.

– ¿Qué ha sido eso?

Sir Walter, que iba sentado con Quentin en el coche que les llevaba de vuelta de Kelso a Abbotsford, dio un respingo. Hacía un instante estaba sumido en sus pensamientos, rumiando sobre las razones que podría tener el abad Andrew para ocultarles lo que visiblemente sabía sobre la runa de la espada y los misteriosos acontecimientos de la biblioteca; pero el ruido le había devuelto súbitamente a la realidad.

– ¿El qué? -preguntó Quentin con su característica inocencia-. ¿De qué hablas?

– Ese ruido que acabamos de oír. Ese estampido.

– No he oído nada, tío.

– Pues yo sí -aseguró sir Walter, exasperado-, y conozco ese ruido. Era un disparo, muchacho.

– ¿Un disparo? -preguntó Quentin incrédulo. Entonces, el ruido que había oído sir Walter se repitió.

– Disparos -gritó su tío, y se lanzó hacia la ventana para mirar fuera.

Justo en ese momento llegaban a la encrucijada donde la carretera se unía a la de Jedburgh para seguir hacia el puente. Mudo de sorpresa, sir Walter vio cómo una horda de jinetes con capas que flotaban al viento daba caza a un carruaje desconocido, cuyo cochero agitaba el látigo y parecía hacer lo imposible por escapar de ellos.

– ¡Un asalto! -gritó sir Walter perplejo-. ¡Estos ladrones se atreven incluso a actuar en pleno día!

Quentin gimió asustado. En lugar de precipitarse hacia la ventana como había hecho su tío para comprobar que ocurría fuera, se lanzó instintivamente al suelo del carruaje, protegiéndose la cabeza con los brazos. Después de los acontecimientos de la biblioteca y de la sombría advertencia que había pronunciado el abad Andrew, un asalto de ladrones armados era sencillamente demasiado para sus castigados nervios.

Sir Walter aún estaba reflexionando sobre qué podía hacer -la comarca en torno a Galashiels se consideraba segura, y ni él ni su cochero llevaban armas- cuando apareció una nueva amenaza.

Justo ante el puente, de los matorrales que bordeaban la carretera saltaron varios hombres -unas figuras desarrapadas, como las que montaban a caballo, que llevaban también máscaras ante la cara- y cerraron el paso al carruaje. En la mano del cabecilla, sir Walter vio brillar una gran pistola de pedernal, que escupió fuego por su doble cañón…

Winston Sellers hizo chasquear el látigo y azuzó implacablemente a los caballos que tiraban del carruaje. Sus cascos parecían volar sobre la pedregosa carretera; los tendones y los músculos trabajaban bajo el pelaje brillante de sudor, pero el cochero no daba tregua a los animales.

Los Sellers servían a la casa de Egton desde hacía tres generaciones, y todos sus miembros habían dado siempre prueba de una absoluta lealtad a la familia. Nunca habían dejado de ser fieles a los Egton, y jamás se habían apartado de su lado, ni siquiera en la época en que el abuelo de lady Mary, lord Warren de Egton, fue a las colonias, a Norteamérica, para luchar como oficial contra los rebeldes separatistas.

Ni el propio Winston habría sabido decir por qué pasaban esos pensamientos por su cabeza mientras, sentado sobre el pescante del bamboleante carruaje, azuzaba sin descanso a los caballos. Tal vez fuera porque en aquel momento era consciente de la responsabilidad que recaía sobre sus hombros.

Tal vez Mary de Egton no siempre reflejaba lo que Winston entendía por una lady, y su tendencia a hacer caso omiso de todo lo correcto y tradicional a menudo le había colocado en situaciones incómodas; pero la joven siempre se había mostrado justa y atenta con él, y eso era más de lo que podían decir muchos sirvientes de sus señores. El cochero estaba firmemente decidido a defender su vida hasta el último aliento y a hacerlo todo para que no cayera en manos de los ladrones.

Winston miró nerviosamente hacia atrás y vio a los jinetes que perseguían el carruaje, con aquellas aterradoras máscaras sobre sus caras. Nunca antes había sido perseguido por unos ladrones, ni tampoco habían atentado nunca contra su vida. Pero el primer disparo le había hecho súbitamente darse cuenta de que aquella gente no se detenía ante nada y de que no podía permitir que las damas cayeran en poder de los bandidos.