– ¿Cómo podría darle las gracias, sir Walter? -preguntó Mary mientras se despedían ante el portal de piedra de Abbotsford-. Ha hecho por nosotras más de lo que nunca podré pagarle.
– No me lo agradezca, lady Mary -replicó Scott-. Me he limitado a cumplir con mi deber.
– Ha hecho mucho más que eso, igual que su esposa y su sobrino. Todos ustedes nos han acogido con una extraordinaria amabilidad y nos han vuelto a dar esperanza después de esos espantosos acontecimientos. Solo deseo que algún día pueda devolverles todo esto.
– Será mejor que no lo espere, milady -dijo sir Walter enigmáticamente. Luego llamó con un gesto a uno de sus sirvientes, que llevaba consigo un gran libro encuadernado en cuero-. Si me lo permite, querría darle también esto para el camino.
– ¿Qué es?
– Es un tratado sobre la historia de nuestro país, desde los pictos, pasando por el destino de los clanes, hasta la batalla de Culloden. Si quiere aprender a conocer Escocia y a sus hombres, debe leer este libro.
El sirviente entregó el pesado volumen a Mary, que lo cogió con cuidado y lo hojeó. Era un libro antiguo, sin duda de más de cien años; Mary no se atrevió a calcular su valor.
– No puedo aceptarlo, sir -dijo finalmente-. Le estaba diciendo cuánto le debo; ya me ha dado tantos de sus libros, ¿y ahora además quiere regalarme este?
– Sé que con usted estará en buenas manos, lady Mary. En sus ojos no veo la superioridad y los prejuicios con que llegan a nuestra tierra escocesa muchos visitantes del sur. Las diferencias entre ingleses y escoceses no deberían prolongarse por más tiempo. Somos un país, un reino. Y si este libro puede contribuir en algo a ello, estaré encantado de regalárselo.
Mary sintió que no tenía sentido oponerse. Cortésmente se inclinó y prometió conservarlo como un tesoro.
Luego llegó el momento de la despedida.
Aunque había pasado poco tiempo en Abbotsford, a Mary le fue difícil separarse de los románticos miradores y las torres de piedra, en los que se había encontrado como en su casa. Aquel era un mundo en el que se había sentido a gusto y que, fuera de esos muros, ya no parecía existir. Un mundo en el que todavía había dignidad, valor y honor y en el que las personas no eran juzgadas por sus títulos sino por sus corazones.
Mary se despidió de sir Walter y de lady Charlotte, y finalmente de Quentin, que en el momento del adiós no pudo mirarla a los ojos. Y aunque no era algo habitual, se despidió también de la servidumbre, agradeciendo cada una de las amabilidades con que la habían obsequiado.
Después subió al carruaje que esperaba. Con una sacudida, el pesado vehículo se puso en marcha, salió del patio y empezó a rodar por la carretera.
Los Scott y Quentin se quedaron en la puerta saludando hasta que el carruaje desapareció en una curva y el verdor del bosque se lo tragó. Por un breve instante, sir Walter creyó ver un brillo húmedo en los ojos de su sobrino.
No solo Mary de Egton y su doncella, sino también la familia Scott, había vivido por unas horas en un ambiente de despreocupación y había podido olvidar el duelo y las tribulaciones de los días precedentes.
Con la despedida de lady Mary volvía la vida cotidiana, y con ella el temor.
8
– ¿Qué espera de mí?
El rostro de Charles Dellard no reflejaba benevolencia ni compasión. Al contrario, sir Walter tenía la impresión de que el inspector se sentía secretamente complacido al comprobar que sus sombrías predicciones se habían hecho realidad tan pronto.
– ¿Que qué espero de usted? -repitió sir Walter. En el despacho de la guardia de Kelso hacía calor y el ambiente estaba cargado. Quentin, que acompañaba, como siempre, a su tío, tenía la frente perlada de sudor-. Espero que atienda a sus deberes e investigue este suceso como merece.
– Como ya dije, el asunto no entra en mis atribuciones. El sheriff Slocombe, como representante de la ley, es la persona autorizada para investigar el accidente del puente…
– No fue un accidente -le contradijo sir Walter con decisión-. Fue un atentado premeditado dirigido contra mi sobrino y contra mí. Lady de Egton y su doncella estaban sencillamente en el lugar y el momento equivocados.
– Ya me lo ha dicho antes. Pero no existe ningún indicio que lo apoye.
– ¿Cómo que no? ¿No me advirtió usted mismo en nuestro último encuentro que me encontraba en peligro? ¿Que debía apartarme del caso?
Dellard no contestó enseguida, sino que pareció escoger cuidadosamente sus palabras.
– Bien, sir -dijo entonces-, supongamos que tiene razón. Partamos de la base de que este terrible suceso no fue un desgraciado accidente, sino la obra de los criminales que también son responsables de la muerte de Jonathan Milton y del incendio de la biblioteca. ¿Qué espera de mí? -preguntó de nuevo-. Ya le dije que estoy tras la pista de estos criminales. ¿Qué más podría hacer?
– Podría, por ejemplo, decirme de una vez quién es esa gente -propuso sir Walter-. ¿Por qué son tan fanáticos que no les importa sembrar su camino de cadáveres? ¿Qué oculta usted?
– Lo lamento, sir -respondió Dellard con expresión impenetrable-, pero no estoy autorizado a darle información sobre este asunto.
– ¿No? ¿Aunque hayan atentado contra la vida de mi sobrino y la mía? ¿Aunque una joven dama que, por cierto, es noble, haya estado a punto de morir? ¿Aunque haya habido una víctima mortal?
– Le he comunicado todo lo que debe saber. Le dije que para usted era más seguro permanecer en Abbotsford y esperar allí hasta que mi gente y yo hubiéramos llegado al final de este asunto. Estamos a punto de solucionar el caso y de capturar a los responsables. Pero es importante que se atenga a mis instrucciones, sir.
– ¿Sus instrucciones? -preguntó sir Walter airadamente.
– Mis encarecidos ruegos -rectificó Dellard diplomáticamente; pero el fulgor que brillaba en sus ojos revelaba que habría podido utilizar también vocablos muy distintos si su disciplina no le hubiera frenado.
– De modo que sigue negándose a revelarnos nada sobre el caso. A pesar de todo lo que ha ocurrido.
– No puedo hacerlo. La seguridad de los ciudadanos de este territorio tiene absoluta prioridad para mí, y no haré nada que pueda ponerla en peligro. De ningún modo permitiré que un civil…
– ¡Este civil ha estudiado derecho! -exclamó sir Walter tan fuerte que Quentin dio un respingo. De pronto la figura habitualmente tan afable de su tío había adquirido un carácter hosco e intimidador-. ¡Este civil ha sido durante varios años sheriff de Selkirk! -continuó-. ¡Y este civil tiene derecho a saber quién atenta contra su vida y quién amenaza la paz de su casa!
Durante unos segundos, que a Quentin le parecieron eternos, los dos hombres permanecieron frente a frente mirándose, separados solo por el antiguo escritorio de madera de roble.
– Muy bien -dijo Dellard finalmente-. Por respeto hacia su persona y a la consideración de que goza tanto aquí como ante la Corona, me inclinaré y le pondré al corriente del asunto. Pero le prevengo, sir Scott: saber demasiado puede ser peligroso.
– Ya han atentado contra mi vida en una ocasión -replicó sir Walter, furioso-. En ese suceso un hombre murió y dos jóvenes damas escaparon con vida por muy poco. Quiero saber de una vez en qué posición me encuentro.
– No dirá que no le he avisado -dijo el inspector en un tono tan siniestro que a Quentin se le puso la piel de gallina-. Nuestros adversarios son tan desalmados como astutos; por ello es imprescindible actuar con la máxima prudencia.
– ¿Quiénes son? -preguntó sir Walter, impertérrito.
– Rebeldes -replicó Dellard escuetamente-. Campesinos y otras gentes del pueblo insatisfechas con un destino del que solo ellos son culpables.