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Gwynn no conocía el contenido de aquellas conversaciones. Pero supuso que tenía que ver con la insurrección, con William Wallace y el joven conde de Bruce, al que querían coronar rey; un vago temor penetró en su alma. Ya había perdido a su padre en la guerra y no quería perder también a su hermano. El corazón de Duncan, sin embargo, se había endurecido. Ya no la escuchaba, solo tenía oídos para sus nuevos y siniestros amigos.

Por eso Gwynn abandonaba siempre que podía el castillo y trataba de escapar al ambiente tenebroso que envolvía a Duncan y a sus asesores.

Eso había hecho aquel día. Con el pretexto de recoger leña, se había deslizado una vez más fuera del castillo. La tarde estaba avanzada. Nubes oscuras se habían agrupado en el cielo y cubrían el sol. Seguro que llovería. Por el norte se acercaba una negra pared de nubes, empujada por un viento frío.

Gwynn se ajustó el chal de lana en torno a los hombros. Temblaba de arriba abajo, pero no era el viento frío lo que la hacía estremecerse.

Tras ella se elevaban, poderosas, las torres del castillo de Ruthven. De niña habían sido para ella la encarnación de la protección y la seguridad, de la calma y la paz. Pero al mirar ahora hacia atrás, solo vio muros oscuros y almenas amenazadoras. Sentía un frío siniestro, una sensación de amenaza que nunca antes había experimentado.

Posiblemente tuviera que ver con los sueños que tenía desde la muerte de su padre. Dos sueños que se repetían siempre.

En uno de ellos cabalgaba sobre un caballo blanco por el paisaje de las Highlands, se apretaba contra el pelaje del animal, que le proporcionaba paz y consuelo, se sentía libre y sin trabas. En el otro sueño todo cambiaba, y mirara donde mirara, Gwynn solo veía miseria, sufrimiento y dolor. Veía las Highlands en llamas, personas que eran expulsadas de sus casas, perseguidas por guerreros con armas que escupían rayos y truenos.

¿Qué podía significar aquello?

Gwynn había pensado innumerables veces en el significado de aquellos sueños. ¿Por qué se repetían aquellas visiones? ¿Y por qué eran siempre las mismas espantosas imágenes?

En la soledad que reinaba en las colinas en torno al castillo de Ruthven, esperaba encontrar una respuesta a aquellas preguntas. La leña era solo una excusa: una mujer que quisiera estar sola para pensar habría despertado incomprensión entre los guardias del castillo.

Como hacía siempre que recorría aquellos parajes, Gwynn siguió primero el curso de agua que corría por el barranco debajo de la torre oeste. En los meses de verano, cuando el arroyo llevaba poca agua, el fondo del barranco estaba casi seco y podían encontrarse muchas ramas secas y madera muerta.

Ya de pequeña, Gwynn iba a menudo allí para trepar por las escarpadas rocas. No era una actividad muy apropiada para una niña, pero su padre se lo había permitido. Gwynn sabía que en realidad habría querido tener otro varón y por eso le alegraban todas las virtudes masculinas de su hija; sin embargo, nunca lo había dejado ver, y Gwynn le estaba muy agradecida por ello.

Subió a un montón de pequeñas piedras acumuladas por las lluvias de la primavera y llegó a un brazo lateral del abrupto barranco. Desconcertada, miró alrededor; de pronto tenía la sensación de que nunca había estado allí antes. Hasta ese momento había estado convencida de que conocía cada roca en aquella comarca, y sin embargo, ante ella se abría un barranco estrecho que nunca había pisado.

También aquí había rocas escarpadas y tajos abruptos, grietas y cuevas excavadas en la piedra gris. Intrigada, Gwynn siguió subiendo por la garganta, hasta que de pronto se dio cuenta de que se levantaba niebla. La bruma surgía de las fisuras y de las grietas de la roca, flotaba sobre el suelo y se extendía con rapidez. Gwynn tenía la sensación de que trepaba, húmeda y pegajosa, por su cuerpo para sujetarla con su mano fría. Sin que pudiera explicarse por qué, de pronto sintió miedo.

Dio media vuelta; quiso salir del barranco, pero la niebla ya la había envuelto por completo. Solo podía reconocer vagamente lo que la rodeaba. De repente, las retorcidas ramas de los árboles muertos parecían los brazos extendidos de repulsivos troles, que solo esperaban ver aparecer a algún desprevenido caminante para atraparlo y devorarlo.

Gwynn recordó las historias que contaban los viejos junto al fuego, sobre troles, gnomos y otras criaturas que habitaban en la bruma. Asustada, dejó caer la leña que había recogido y trató de encontrar un camino a través de la densa niebla.

– ¿Adónde vas, hija mía?

Una voz rechinante le hizo dar media vuelta; Gwynneth se llevó un susto de muerte al ver surgir de entre la niebla, junto a ella, a una figura oscura que se había acercado sigilosamente.

Gwynn gritó, asustada, hasta que se dio cuenta de que no se trataba de un gnomo o un trol, sino solo de una anciana.

Era una mujer de poca estatura, que caminaba encorvada y se apoyaba en un bastón. El manto que la cubría era negro como la pez, y del cordón de cuero que llevaba en torno al cuello colgaban unos extraños talismanes hechos de huesos. Pero lo más impresionante era su cara, pálida y surcada de arrugas, con unos ojos hundidos de mirada fija. La nariz, fina y ganchuda, parecía dividir el rostro en dos mitades, y por lo que podía verse, en su boca, pequeña y medio abierta, no quedaba ya ni un solo diente.

¡Una mujer de las runas!, pensó Gwynn horrorizada.

Por su aspecto, la mujer debía de ser una de esas adeptas de la antigua religión pagana a las que se atribuían prácticas malignas. Se decía que las mujeres de las runas podían ver en el futuro y lanzar siniestras maldiciones que podían matar incluso al más fuerte de los miembros de un clan. No era extraño, pues, que la voz de Gwynn sonara asustada al preguntar:

– ¿Qué quieres de mí?

La anciana levantó los brazos en un gesto de inocencia.

– ¿Qué ocurre? -siseó, y su voz sonó como el viento del este cuando por la mañana silbaba a través de los muros del castillo de Ruthven-. ¿No irás a decirme que te doy miedo?

– Claro que no -afirmó Gwynn en un arranque de orgullo.

– Eso está bien -dijo la anciana, y rió entre dientes-. Supongo que sabes que hay gente que cuenta cosas malas sobre mí y mis iguales. Tal vez ya hayas oído hablar de mí. Me llamo Kala.

– ¿Tú… eres la vieja Kala?

– ¿De modo que conoces mi nombre?

Gwynn asintió con la cabeza y retrocedió instintivamente. Claro que había oído hablar de la vieja Kala; aquella mujer era tristemente célebre, aunque siempre había pensado que se trataba solo de un personaje de leyenda con el que se asustaba a los niños. Kala era la más famosa entre todas las mujeres de las runas. Se decía que incluso los druidas de tiempos antiguos habían temido su poder y la fuerza de su magia, y se afirmaba que tenía muchos cientos de años y que había visto con sus propios ojos la construcción de la gran muralla de los romanos.

– No deberías creer todo lo que cuentan sobre mí, hija mía -dijo Kala, como si pudiera leer sus pensamientos-. Solo la mitad es cierto, e incluso de eso la mitad es medio inventado…, Gwynneth Ruthven.

– ¿Conoces mi nombre?

– Naturalmente. -Los rasgos arrugados de Kala se encogieron en un gesto que podía pasar por una sonrisa-. Conozco a todos los de vuestro clan, con todas sus peculiaridades y su ridícula testarudez. Te conozco a ti y a tu hermano, el ardiente Duncan. Y conocía también a vuestro padre, que perdió la vida en el campo de batalla. Los he observado a todos y he visto su funesta conducta. Hablan de libertad pero con ello se refieren solo a su propio beneficio, y traicionarían a sus seres más queridos solo para conseguir lo que anhelan.

– ¿De qué estás hablando? -preguntó Gwynn, pero la anciana no reaccionó ante la pregunta. La mirada de Kala parecía atravesar a Gwynn y perderse en la lejanía o en un tiempo remoto.

– Yo estuve allí -dijo con un graznido-. Es mi destino observar la marcha de las cosas. He visto llegar e irse a los reyes, he contemplado la ascensión y la caída de los gobernantes. En estos días, Gwynneth Ruthven, a nuestro pueblo se le ofrece una oportunidad que nunca se dio antes. ¡Podríamos deshacernos del yugo del dominio extranjero y conquistar de nuevo nuestra libertad! Todo está en movimiento. Las cosas han caído en el desorden, y se necesita una mano fuerte y valerosa para ordenarlas de nuevo. Pero la envidia y los celos amenazan con destruirlo todo.