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El bibliotecario preguntó si sir Walter buscaba algo concreto y si podía serle útil, pero Scott dijo que no y pidió que les dejaran solos, tras lo cual el hombre se alejó complaciente.

– Esto se parece a la biblioteca de Kelso -constató Quentin mientras sostenía su lámpara de modo que iluminara uno de los lados de la larga bóveda. El sótano era tan amplio que su extremo se perdía en la oscuridad.

– Con la diferencia de que los bibliotecarios de aquí parecen otorgar menos valor a sus antiguos tesoros -añadió reprobadoramente sir Walter, mirando alrededor. La habitación era húmeda, y una gruesa capa de moho cubría las paredes y el techo. Como escritor, le dolía en el alma ver cómo la palabra escrita de las generaciones anteriores era abandonada a la destrucción de una forma tan despreciativa.

– Por lo que se ve, los eruditos de la universidad no están particularmente interesados en la conservación de estos escritos -supuso Quentin.

– O falta personal para examinarlos y numerarlos todos. Hemos dejado abandonado durante demasiado tiempo el legado de nuestro pasado. Recuérdame que haga llegar en breve un generoso donativo al encargado de la biblioteca para que se solucione esta penosa situación.

– ¿Por qué? -preguntó Quentin con su habitual mezcla de despreocupación e ingenuidad-. ¿Por qué es tan importante ocuparse del pasado, tío? ¿No debería interesarnos mucho más el futuro?

– ¿Afirmarías que los frutos de un manzano son más importantes que sus raíces? -opuso sir Walter.

– Bien, puedo comerme las manzanas, ¿no es cierto? Las manzanas me quitan el hambre.

– ¡Que respuesta más tonta! -Sir Walter sacudió la cabeza-. Es posible que las manzanas llenen tu estómago durante un tiempo, pero el árbol ya no dará más frutos. No preocuparse por las raíces significa perder los frutos. La historia es algo vivo, muchacho, igual que un árbol. Prospera y crece con los que la observan. Si perdemos de vista nuestro pasado, también perdemos nuestro futuro. Pero si lo estudiamos regularmente y somos conscientes de él, evitaremos repetir los errores de las generaciones anteriores.

– Esto resulta esclarecedor -reconoció Quentin, y pasó revista a las estanterías que desbordaban papeles ondulados y pergaminos agujereados-. ¿Cómo encontraremos el escrito del que habló el profesor Gainswick en medio de este caos?

– Una buena pregunta, muchacho. -Sir Walter se había vuelto hacia el otro lado de la estancia, donde el caos no era menos abrumador-. Si el buen profesor nos hubiera dado al menos una indicación sobre dónde debíamos buscar el fragmento, pero él mismo tropezó con este escrito solo por casualidad y no le concedió más importancia; de modo que supongo que solo nos queda buscarlo de forma sistemática.

– ¿Sistemática, tío? ¿Quieres decir que… tendremos que revisar todos los escritos?

– No todos, sobrino. Olvidas que el profesor Gainswick habló de un escrito sobre papel. Por tanto, los pergaminos y palimpsestos que se almacenan aquí pueden descartarse desde el principio. Solo tenemos que examinar carpetas con fragmentos y escritos sueltos.

– Naturalmente -replicó Quentin con un atrevimiento poco habitual en él-. Deben de ser solo unos miles, ¿no?

– A veces me pregunto, mi querido sobrino, cuánta sangre de tus antepasados fluye realmente por tus venas. Los Scott siempre han andado sobrados de optimismo y energía; nunca se arredran ante ningún esfuerzo por grande que sea.

Quentin ya no le contradijo. Su tío siempre lograba que hiciera cosas que normalmente rechazaría de forma concluyente. Invocar a la familia había sido una hábil estratagema, ya que Quentin, aun adivinándole la intención, se sintió imbuido de pronto de una responsabilidad a la que fue incapaz de sustraerse. A pesar de que la visión de aquella sucesión de infolios y paquetes repletos de papeles, que se alineaban interminablemente los unos junto a los otros en los estantes, era bastante descorazonadora, se propuso no dejarse amedrentar por ello. No ahora, cuando se encontraba en vías de convertirse en un hombre nuevo…

Mientras sir Walter iba sacando volúmenes de los estantes y los colocaba sobre las mesas de lectura que se encontraban en el centro de la bóveda, Quentin decidió hacerse primero una idea general del trabajo que le aguardaba. Antes de empezar a buscar la aguja en el pajar, quería saber hasta qué punto era grande la colección. El círculo de luz de su lámpara aún no había llegado al extremo de la bóveda.

Como cada paso a lo largo de las estanterías significaba unos miles de páginas que había que examinar, Quentin se fue desanimando cada vez más a medida que avanzaba. De hecho, si quería ser franco, tenía que reconocer que no era solo la resignación ante aquella búsqueda casi imposible lo que le oprimía el ánimo. Y es que en realidad no estaba en absoluto seguro de querer encontrar el escrito del que había hablado el profesor Gainswick.

Desde que el pobre Jonathan había perdido la vida, las cosas no habían hecho más que empeorar: la desgracia en el puente, el asalto a Abbotsford, el siniestro signo rúnico…; ¿qué podía seguir ahora?

Al principio, la decisión de sir Walter de ir a Edimburgo le había tranquilizado un poco. Pero encontrarse buscando en una lúgubre bóveda indicios sobre una antigua sociedad secreta no era en absoluto lo que había imaginado al ir a la ciudad.

La visita al profesor Gainswick había contribuido a aumentar su angustia. No podía decir de dónde procedía ese sentimiento. No era tanto el miedo por su integridad y por su vida lo que le atormentaba -aquí, en Edimburgo, parecían estar hasta cierto punto a salvo de la persecución de la banda-; lo que sentía era más bien un temor impreciso ante algo antiguo, malvado, que había sobrevivido a los tiempos y acechaba para descargar un nuevo golpe…

Su recorrido acabó ante una reja de hierro oxidada. La puerta estaba cerrada con una pesada cadena, pero la reja no marcaba el final de la biblioteca, pues al otro lado Quentin pudo reconocer, al débil resplandor de la lámpara, otros escritos amontonados en estantes y mesas. A juzgar por el polvo depositado, de un dedo de grosor, nadie había entrado en la cámara desde hacía bastante tiempo. Cuando Quentin iluminó el espacio a través de los barrotes de la reja, se oyó un chillido asustado, y algo gris con el pelaje sucio y una cola larga y pelada se escabulló a toda prisa por el suelo.

– ¡Tío! -gritó Quentin, y el eco de su voz resonó lúgubremente contra las paredes de la bóveda-. ¡Tienes que ver esto!

Sir Walter cogió su lámpara y se acercó por el corredor. Desconcertado, contempló la puerta y la habitación que había tras ella.

– Cerrada -constató al observar la cadena y el cerrojo oxidado.

– ¿Qué escritos crees que pueden estar almacenados aquí? -preguntó Quentin.

– No lo sé, muchacho, pero solo el hecho de que los hayan encerrado separados de los demás los hace interesantes, ¿no te parece?

Quentin volvió a ver en los ojos de su tío aquel brillo juvenil y pícaro que amaba tanto como temía.

– Pero el profesor Gainswick no dijo nada de una habitación cerrada -observó.

– De todos modos, eso no significa nada. El escrito que buscamos podría haber sido trasladado aquí más tarde, ¿no? Tal vez precisamente porque Gainswick se interesó por él.

Quentin no le contradijo; por una parte, porque una simple suposición no podía refutarse con una suposición contraria, y por otra, porque en cualquier caso su tío nunca se volvía atrás cuando se le metía algo en la cabeza.