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Sir Walter interrumpió inmediatamente su recién iniciada búsqueda del fragmento desaparecido y los dos volvieron arriba, donde el funcionario de piel gris estaba sentado ante un secreter catalogando libros. Sir Walter le habló de la cámara y la puerta cerrada, y la piel ya de por sí gris ceniza del funcionario se volvió visiblemente más pálida.

– Si es posible -concluyó el señor de Abbotsford-, me gustaría que me diera la llave de esta cámara, porque quizá allí se encuentre lo que busco.

– Por desgracia, esto es imposible -replicó el bibliotecario.

El hombre se había esforzado en adoptar un tono neutro, pero ni siquiera a Quentin, que no era ni mucho menos tan buen observador como su tío, le pasó por alto su nerviosismo.

– ¿Y por qué, si se me permite preguntarlo?

– Porque la llave de esta cámara ya hace mucho tiempo que se perdió -explicó el funcionario, y por su expresión podía adivinarse que él mismo se sentía agradecido por esta rápida y sencilla solución al problema. De todos modos, no contaba con la testarudez de sir Walter.

– Bien -dijo este con una sonrisa afable-, entonces no lo entretendremos más y llamaremos a un artesano que pueda abrir el cerrojo sin necesidad de llave. Estaré encantado de hacerme cargo del gasto y prestar así servicio a la biblioteca.

– Tampoco esto es posible -replicó al momento el bibliotecario.

Sir Walter inspiró profundamente.

– Tengo que reconocer, mi joven amigo, que me siento un poco desconcertado. Primero parece que un cerrojo viejo es lo único que nos impide entrar en esta habitación, pero luego de pronto resulta que hay otro problema.

El bibliotecario miró furtivamente a derecha e izquierda para asegurarse de que no había nadie cerca. Luego bajó la voz y dijo:

– La habitación fue sellada, sir, ya hace mucho tiempo. Se dice que allí se almacenan escritos prohibidos, que deben permanecer ocultos a todas las miradas.

– ¿Escritos prohibidos? -preguntó Quentin, asustado. Los ojos de su tío, en cambio, brillaban con más fuerza que antes.

– Por favor, sir, no haga más preguntas. No sé nada sobre ello, y aunque lo supiera, tampoco podría decirle nada. La llave se perdió hace tiempo, y así está bien. Esa bóveda es más antigua que la biblioteca, y se dice que la cámara no se ha abierto desde hace siglos.

– Una razón más para hacerlo -replicó sir Walter-. La superstición y los cuentos de viejas no deberían cruzarse en el camino de la ciencia y la investigación.

– Entonces tengo que pedirle que lo comente con el encargado de la biblioteca, sir. Aunque en su lugar no me haría ilusiones. Otros, antes que usted, fracasaron en el intento de hacer abrir la cámara.

– ¿Otros? -Sir Walter y Quentin aguzaron el oído-. ¿Quiénes, amigo mío?

– Gente extraña. Unas figuras sombrías.

El bibliotecario se estremeció.

– ¿Cuándo ocurrió eso?

– Hace dos meses. ¿No es curioso? Parece que durante siglos nadie se había interesado por esta cámara, y ahora, de repente, vienen uno tras otro.

– Sí, es verdad. ¿Y esa gente quería también la llave de la cámara?

– Así es. Pero no la consiguieron, como le sucederá a usted.

– Comprendo -dijo sir Walter-. Gracias, amigo, nos ha ayudado mucho.

Dicho esto, se volvió y cogió a Quentin de la manga para arrastrarlo fuera de allí.

– ¿Has oído eso? -siseó Quentin cuando volvieron a encontrarse en la bóveda y pudieron estar seguros de que nadie les oía-. ¡La cámara está cerrada desde hace siglos! Dicen que allí se guardan libros prohibidos. Tal vez tengan algo que ver con la runa y la hermandad.

– Tal vez -se limitó a decir sir Walter.

– Y seguro que esos individuos que visitaron la biblioteca hace unas semanas eran adeptos de la secta. También querían acceder a la cámara, pero el encargado les negó la entrada.

– Es posible.

– ¿Posible? ¡Pero tío, todo parece confirmarlo! ¿No has oído lo que ha dicho el bibliotecario sobre ellos? ¿Que eran unas figuras sombrías?

– ¿Y de ahí deduces que eran los sectarios?

– No -reconoció Quentin tímidamente-. Pero deberíamos hablar con el encargado. Tal vez pueda darnos algún indicio sobre la identidad de esos hombres.

– Muy bien, sobrino. ¿Y luego qué?

– Luego -continuó Quentin bajando un poco la voz- deberíamos concentrarnos de nuevo en la cámara. Porque tu suposición de que allí puede haber algo importante para nosotros parece ser correcta.

– Exacto. -Sir Walter golpeó triunfalmente con el puño la mesa de lectura-. Si esa gente quería efectivamente acceder a la cámara, eso tiene que significar que allí hay algo que encontrar. Posiblemente demos por fin con el indicio decisivo que nos permita solucionar el enigma de la runa de la espada y desarticular esa ominosa hermandad.

– Entonces ¿no seguiremos buscando el fragmento del profesor Gainswick?

– No, muchacho. Esta cámara me parece mucho más prometedora que seguir buscando una aguja en un pajar. Iremos a ver al encargado enseguida. Tal vez él pueda ayudarnos.

No es que el encargado no pudiera ayudarles. En realidad, Quentin tuvo más bien la impresión de que no quería hacerlo. Aunque el rollizo individuo, con largas patillas, que ocupaba este cargo en la biblioteca universitaria se esforzó en informarles con cortesía, era evidente que estaba asustado. El hombre contó nerviosamente a sir Walter y a su sobrino la misma historia que ya habían oído de labios del bibliotecario: que la cámara hacía mucho tiempo que estaba cerrada y que tenían órdenes superiores de no volver a abrirla. La llave había desaparecido, y naturalmente no había ni que hablar de forzar la cerradura.

Sir Walter trató de hacerle cambiar de opinión, pero después de algunos intentos infructuosos tuvo que darse por vencido -podía decirse que Scott había encontrado la horma de su zapato en la obstinación del encargado-. Finalmente, el hombre les recomendó que presentaran una solicitud oficial a la Oficina Real para la Investigación y la Ciencia, aunque su tramitación duraría semanas, si no meses, y tenía pocas posibilidades de éxito.

El encargado tampoco pudo proporcionarles ninguna información sobre los hombres que habían tratado también de acceder a la cámara.

Hacía unas seis semanas, dijo, dos hombres, cuya actitud y apariencia describió como «siniestras», habían tratado de conseguir la llave, pero naturalmente también a ellos había tenido que negarles la entrada. Como no habían dado ningún nombre y el encargado tampoco podía recordar su aspecto, a sir Walter le pareció que no tenía sentido seguir indagando.

Él y su sobrino emprendieron a continuación el camino de regreso a casa. Naturalmente habrían podido seguir registrando la colección de fragmentos con la esperanza de tropezar con el hallazgo del profesor Gainswick, pero esa actuación no les parecía ya tan prometedora ahora que sabían dónde se encontraban realmente los auténticos indicios que podían conducir al esclarecimiento del misterioso caso.

– Esperar un permiso oficial para abrir la cámara llevaría demasiado tiempo -constató sir Walter cuando se encontraron de nuevo sentados en el carruaje-. Lo mejor será que redacte una carta al ministro de Justicia. Como secretario del Tribunal de Justicia tengo derecho a ordenar registros si estos pueden contribuir a la resolución de un caso.

– Dime, tío, ¿por qué crees que el encargado no ha querido ayudarnos?-preguntó Quentin.

Sir Walter miró fijamente a su sobrino.

– No deberías olvidar que en nuestra familia soy yo quien plantea las preguntas pedantes -replicó sonriendo-. Conoces la respuesta; si no, no lo preguntarías.

– Pienso que el hombre tenía miedo. Y creo que el motivo debe buscarse en los hombres que le visitaron.

– Es posible.

– Si esos hombres pertenecían efectivamente a la Hermandad de las Runas, esto demostraría que el profesor Gainswick tenía razón al decir que aún existe esta secta y que sus partidarios siguen haciendo de las suyas en la actualidad.