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Los pasos que oía y que resonaban en los muros no eran solo los suyos y los de su tío; había más ruidos. Unos pasos apagados que procedían de algún lugar tras ellos.

Quentin ya iba a volverse para comprobar sus sospechas, cuando la mano derecha de su tío se movió hacia delante y lo sujetó por el hombro.

– No te vuelvas -siseó sir Walter.

– Pero tío -susurró Quentin desconcertado-. Alguien nos sigue.

– Lo sé, muchacho. Desde que abandonamos la biblioteca. Serán ladrones, maleantes que actúan al amparo de la oscuridad. Sigue caminando tranquilamente y haz como si no hubieras notado nada.

– ¿No deberíamos llamar a algún agente?

– ¿Y arriesgar la vida? El guardián del orden más próximo podría estar a unas calles de aquí. ¿Qué harías hasta que llegara? ¿Enfrentarte con tres o cuatro bandoleros? Cuando estos hombres se sienten amenazados, muchacho, son como animales acorralados. Ya no tienen nada que perder y se defienden con todas sus fuerzas.

– Comprendo, tío.

Quentin se esforzó en no mirar por encima del hombro, aunque todo en él le impulsaba a hacerlo. El hecho de que el enemigo que les seguía no tuviera rostro le aterrorizaba aún más. Quentin no sabía cuántos hombres había ni qué intenciones abrigaban. ¿Querrían robarles tan solo, o tendrían también la intención de asesinarles alevosamente?

El pulso se le aceleró hasta que lo escuchó martillear en su cabeza. Miró anhelante hacia el extremo del callejón, que de pronto parecía hallarse a una distancia inalcanzable.

Quentin trató de combatir el pánico que sentía crecer en su interior. Aunque aún podía oír los pasos de sus perseguidores, estos no se habían acercado más. La distancia entre ellos se mantenía. Pero ¿por qué motivo? Quentin no encontraba ninguna explicación para aquello, pero en él germinó la esperanza de que tal vez efectivamente pudieran escapar y salir indemnes de aquel mal paso.

Y en ese momento sucedió algo inesperado.

En un instante, en el callejón se escucharon unos ruidos completamente distintos: un sonoro tintineo y gritos estridentes. Quentin comprendió que solo a unos pasos tras ellos se había iniciado una pelea salvaje.

– ¡Corre! -le indicó su tío, y Quentin empezó a trotar junto a sir Walter, que de pronto parecía capaz de arrastrar su pierna enferma a una velocidad sorprendente.

En contra del consejo de su tío, Quentin miró hacia atrás por encima del hombro. Y lo que vio se grabó a fuego en su memoria.

En el callejón se desarrollaba efectivamente una pelea. Unas figuras negras saltaban desde ambos lados desde los tejados de las casas, que en la penumbra se distinguían solo confusamente. Llevaban amplias cogullas e iban armadas con largos bastones, con los que se plantaron ante sus perseguidores cortándoles el paso. Estos -envueltos también en capas oscuras- se precipitaron, lanzando gritos de cólera, contra sus adversarios, y se inició un brutal combate.

En la débil luz que caía en el callejón, Quentin vio brillar las hojas de los cuchillos. Pudo escuchar los chillidos agudos de los heridos; de pronto, de entre la aglomeración de capas oscuras, una máscara ennegrecida de hollín le miró fijamente. Aquella visión le provocó un terror desmedido. Lanzó un grito estridente y quiso detenerse, paralizado de horror, pero su tío le sujetó y lo arrastró consigo. De pronto, Quentin se dio cuenta de que habían llegado al extremo del callejón.

A toda prisa se dirigieron al carruaje, que les esperaba en el cruce. Sir Walter no dejó siquiera que el cochero bajara.

– ¡En marcha, rápido! -indicó al estupefacto conductor, mientras abría la puerta de un tirón y hacía subir a su sobrino, para seguirle tan deprisa como pudo.

El cochero no dudó ni un instante. Hizo restallar el látigo, y el tiro de dos caballos arrancó. El callejón y con él los encapuchados, que seguían combatiendo ferozmente, quedaron atrás y desaparecieron en la oscuridad. Solo unos instantes más tarde, nada indicaba que todo aquello hubiera sucedido realmente. Sin embargo, el horror que tenían todavía metido en los huesos era totalmente real…

– Por todos los santos -exclamó sir Walter, mientras se secaba el sudor de la frente-. Nos hemos salvado por un pelo. ¿Quién iba a pensar que esa gentuza merodeara de noche por nuestras calles? Naturalmente pienso denunciar este suceso.

– Tío -gimió Quentin, que por fin había recuperado el habla-, ¡han sido ellos!

– ¿De qué estás hablando, muchacho?

– Los sectarios -soltó Quentin fuera de sí-. ¡Los hermanos de las runas! ¡Eran ellos los que nos perseguían!

– ¿Estás seguro?

– Vi a uno de ellos. Llevaba una máscara y me miró fijamente. Y luego estaban esos otros hombres con cogullas oscuras. Iban armados con palos y luchaban contra ellos.

– ¿Y no es posible que tus sentidos te hayan engañado, muchacho? Estaba bastante oscuro en la callejuela.

– Estoy completamente seguro, tío -insistió Quentin-. Eran los hermanos de las runas, y no creo que fueran detrás de nosotros por casualidad. Sabían que estábamos en la biblioteca y nos acechaban.

– Pero eso… -exclamó sir Walter, e incluso el animoso señor de Abbotsford palideció un poco al decirlo-… ¡eso significaría que estos sectarios conocían perfectamente nuestros pasos! Que sabían dónde nos encontrábamos y solo estaban esperando a que abandonáramos la biblioteca.

– Así es, tío -confirmó Quentin estremeciéndose-. Tal vez incluso fueran ellos los que nos hicieron llegar la llave de la cámara prohibida. El paquetito no llevaba remitente, ¿verdad?

– Es cierto. Pero ¿qué motivo podría tener esta gente para enviarnos la llave?

– Tal vez quieren que descubramos algo por ellos. Que desvelemos un secreto por ellos.

– ¡Por favor, Quentin! Te dejas llevar de nuevo por tu fantasía. ¿Por qué los sectarios deberían estar interesados en que trabajemos para ellos? No tiene ningún sentido.

– A primera vista, tampoco esta pelea en el callejón parece tener sentido, tío, y sin embargo ha tenido lugar.

– Debo reconocer que también esto es cierto -confirmó sir Walter-. Por lo que se ve, la Hermandad de las Runas tiene enemigos, posiblemente un grupo rival. Las calles de algunas zonas de la ciudad están llenas de bandas que pelean a cuchillo entre sí, a pesar de todos los esfuerzos que realiza nuestra administración para velar por la ley y el orden. Pero no es habitual que se arriesguen tan lejos de sus territorios. Informaremos inmediatamente del caso a las autoridades.

– ¿Para qué? Apuesto a que no encontrarán absolutamente nada en el callejón. Por lo visto no somos los únicos que queremos desvelar el enigma de la runa de la espada, tío. Tengo el presentimiento de que aquí se está urdiendo algo cuyas auténticas dimensiones solo ahora empezamos a intuir.

– Ya hablas como el buen profesor -opinó sir Walter-. Realmente, no debería haberte llevado a verle.

– Tal vez hable como él, tío -dijo Quentin en tono apagado-; pero tal vez el profesor tenía razón y tras este asunto se oculte más de lo que suponemos. Tal vez haya empezado ese combate entre las fuerzas del Bien y del Mal de que nos habló Gainswick, y es posible que con nuestras indagaciones nos hayamos colocado entre los frentes.

– Naturalmente eres libre de creer en ello, muchacho -replicó sir Walter con su habitual serenidad-. Yo, en cambio, soy de la opinión de que tiene que haber una explicación razonable para todas estas cosas. Y no descansaré hasta que la haya encontrado…

14

Para Mary de Egton era como si el agujero oscuro y lúgubre al que la habían empujado tuviera ahora, además, rejas; como si no penetrara ya ninguna luz en su miserable calabozo, como si le hubieran quitado el aire para respirar.