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– ¿Mary? Sé que aún no duerme. Por favor, abra la puerta, tengo que hablar con usted.

Su pulso se aceleró al reconocer la voz de Malcolm de Ruthven. ¿Qué podía querer el laird a esas horas? Desde su conversación en el carruaje apenas habían vuelto a hablarse. Lo que tenía que decirse ya estaba dicho, y el señor de Ruthven no parecía estar interesado en nada que tuviera relación con ella. ¿Y sin embargo, ahora aparecía de pronto ante su puerta, en plena noche, y solicitaba entrar?

Apartó la manta, se levantó de la cama y se puso una bata sobre el camisón. Luego se deslizó silenciosamente hasta la puerta para escuchar. Se estremeció al comprobar que Malcolm aún seguía allí.

– Por favor, Mary, déjeme entrar. Tengo que decirle algo importante.

Por su voz parecía, efectivamente, que tenía algo urgente que decirle, y Mary no pudo dejar de sentir cierta curiosidad. Mientras aún se estaba preguntando qué podía querer de ella su prometido a una hora tan tardía, descorrió el cerrojo y abrió la puerta.

Malcolm se encontraba en el pasillo frente a ella. No con chaqueta, como le había visto siempre, sino con una camisa blanca con las mangas arremangadas hasta el codo. El olor que despedía revelaba que había abusado del tabaco y el whisky. Tenía la lengua pesada por el alcohol.

– Ah, veo que por fin ha escuchado mis súplicas -dijo-. Mi querida Mary, déjeme entrar en su habitación, por favor.

Hablaba en voz demasiado alta para su gusto. Lo último que Mary quería era tener más problemas con Eleonore, por eso le indicó con un gesto que podía entrar. Malcolm asintió, ufano, y pasó a su lado envuelto en una apestosa nube de tabaco indio. Su rostro, habitualmente pálido, estaba enrojecido e hinchado, y sus ojos eran unas finas rendijas que la observaban con descaro. Mary se sintió incómoda en su presencia. Una parte de ella deseó estar soñando despierta de nuevo. Pero esta vez era la realidad lo que vivía; de ello no cabía la menor duda.

Con absoluto desprecio por lo que se suponía que debía ser el comportamiento de un gentleman, el laird cruzó con pasos pesados la habitación y se dejó caer, suspirando, en un sillón de orejas que se encontraba junto a la ventana y que Mary siempre utilizaba para leer. Desde hacía unos días, nadie se sentaba en él.

Bajo el influjo del alcohol, las maneras corteses y la afectada contención de que Malcolm hacía gala habitualmente parecían haber reventado como una chaqueta vieja demasiado estrecha.

– ¿Y bien? -preguntó, mirándola fijamente-. ¿Cómo está, querida? ¿Se ha aclimatado a Ruthven? No la veo mucho estos últimos días.

– No me sentía muy bien -replicó Mary fríamente, mientras seguía preguntándose qué querría el laird de ella.

Malcolm dejó escapar una ronca y repulsiva carcajada de borracho.

– Cuando mi madre me anunció que debía casarme, no me mostré precisamente entusiasmado con la idea. No porque no supiera apreciar las alegrías que proporciona el bello sexo, mi querida amiga, pero hasta el momento siempre había encontrado todo lo que mi corazón solitario anhelaba en los brazos de prostitutas. Mi madre, sin embargo, opinaba que esa conducta no era apropiada para un laird. Al parecer ya había murmuraciones. Por eso arregló esta boda para mí.

– Comprendo -dijo Mary. Después de todo lo que había vivido y sufrido, aquella confesión apenas podía ya impresionarla.

– Desde el principio yo estuve en contra. Pero en cierto modo, apreciada Mary, me encuentro, en este castillo, tan prisionero como usted. Prisionero de las coerciones de una sociedad convencional y de una nobleza que se ha vuelto perezosa y apática y que se limita a sobrevivirse a sí misma.

Mary no replicó nada, pero estaba sorprendida de oír esas palabras en boca de Malcolm de Ruthven.

– No me quedaba más remedio que consentir si quería asegurar mi herencia y mi posición. Debo reconocer, querida, que esperaba con recelo el día de nuestro primer encuentro. Y tengo que confesar también que me sentí enormemente sorprendido cuando finalmente llegó el momento.

– ¿Sorprendido? ¿Por qué?

– Porque la había imaginado distinta. Pensé que sería una de esas inglesas de piel pálida y pelo áspero, una criatura sin sangre, sin temperamento ni voluntad propia. Pero me equivoqué, Mary. Es usted una mujer inteligente. No me importa admitir que al principio eso me desconcertó un poco, y admito también que aún no sé muy bien qué debo pensar al respecto. Pero cuando la miro, Mary, siento algo profundo en mi interior, algo que nunca hasta ahora había sentido por una mujer de su condición.

– ¿Ah sí? ¿Y qué es eso que siente, apreciado Malcolm?

– Pasión -respondió Malcolm de Ruthven sin vacilar. El laird se levantó del sillón y se acercó lentamente a ella-. Siento pasión por usted, Mary de Egton. Pasión y deseo.

Mary retrocedió instintivamente. La conversación estaba adoptando un tono que no le gustaba. Tenía que reconocer que Malcolm la había sorprendido y que le había dicho cosas que nunca habría creído que pudieran salir de su boca; pero eso no significaba que tuviera que olvidar al momento todas sus prevenciones y se inflamara de amor por él.

– La deseo, Mary -anunció Malcolm abiertamente, y en sus ojos brilló un fuego inquietante-. Esta unión que fue arreglada sin nuestro conocimiento ni nuestro acuerdo no es sencilla para ninguno de los dos. Pero podríamos olvidar todas las limitaciones que nuestra condición nos impone y dar rienda suelta a nuestro deseo. Tal vez los sentimientos lleguen entonces.

– No creo que esa sea la sucesión correcta -replicó Mary, mientras seguía retrocediendo ante él-. El amor, mi apreciado Malcolm, debe surgir del respeto mutuo. Y ya solo por eso, probablemente nunca lo sintamos el uno por el otro. Usted mismo ha dicho que no puede soportarme.

– Las cosas cambian -afirmó el laird con un gesto despectivo-. Vivimos en una época en la que todo está en movimiento, Mary. Una época de revoluciones y trastornos. Los poderosos pueden decir lo que quieran, pero su época llega al final. Quien no quiera comprenderlo es un necio. Yo, por mi parte, lo siento claramente. Todo cambia, Mary. Las barreras caerán. Y los cambios se impondrán.

Su voz había adoptado un tono inquietante, casi conspirativo, que atemorizó a Mary y por primera vez le hizo dudar de si Malcolm de Ruthven estaba realmente en posesión de sus facultades.

– No sé de qué habla -dijo, y se esforzó en que su voz sonara firme y decidida-, pero no conseguirá lo que ansía, Malcolm de Ruthven. No esta noche, ni tampoco ninguna otra, mientras no sea para mí más que un extraño cuya compañía me fue impuesta.

– ¿Un extraño? ¡Soy su prometido, Mary! ¡Debe respetarme y honrarme!

– Entonces deberá ganarse mi aprecio y mi respeto, querido Malcolm -replicó Mary-. Y por el momento está perdiendo tanto una cosa como la otra.

– ¡Usted no me respeta! -bufó el laird, y su cara, enrojecida ya por el alcohol, se tiñó de escarlata-. Me mira desde arriba, ¿no es cierto? Me tiene por un tonto, por un ignorante al que todo le ha venido dado y que nunca tuvo que hacer nada para merecer lo que posee. Un hombre que obedece a su madre sin replicar y se somete dócilmente a las coerciones que le impone su condición. ¿No es así, mi apreciada Mary? ¿No es así?

Mary se guardó de replicar a sus palabras. La voz de Malcolm había subido de tono, y era evidente que estaba a punto de estallar de rabia. Mary prefería no pensar en lo que podía llegar a hacer si se dejaba dominar por la cólera.

– ¡Usted no sabe nada sobre mí! -la increpó el laird-. ¡No sabe absolutamente nada y, sin embargo, me juzga! Si conociera la verdad y supiera hasta dónde se remonta la tradición y el honor de la casa de Ruthven, seguro que me respetaría, Mary de Egton, y no me negaría lo que me corresponde en virtud de nuestro compromiso.