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Los pasos cesaron ante la puerta, y Mary pudo oír un jadeo lúbrico y algo que sonaba como el gruñido de un cerdo. A la luz de la luna, que penetraba por la estrecha ventana de la cámara, vio cómo bajaba el picaporte. Al descubrir que la cámara estaba cerrada, Malcolm empezó a golpear la puerta, encolerizado, y a martillearla con tal furia que Mary se estremeció asustada.

– ¿Qué significa esto? -tronó Malcolm desde fuera-. Abre inmediatamente, ¿me oyes?

Mary calló. Temblaba de arriba abajo de miedo y agotamiento y ya no estaba en situación de articular ni una palabra.

– ¡Maldita sea! -Malcolm de Ruthven olvidó los buenos modales y se puso a maldecir como un cochero-. Haz el favor de abrirme, ¿me oyes? ¡Soy tu prometido y exijo lo que me corresponde!

Malcolm gritó y echó pestes, mientras ella, agachada en el suelo, notaba cómo la madera temblaba bajo sus golpes. Finalmente no pudo soportarlo más. Se apretó las manos contra los oídos, rogando por que la madera vieja no cediera. La aterrorizaba pensar en lo que podía ocurrir si él conseguía llegar a ella en medio de ese ataque de cólera.

– ¡Hembra desagradecida! -oyó que bramaba como desde muy lejos-. Te he acogido en mi casa. Te ofrezco mi nombre y mi riqueza, ¿y qué me das tú a cambio?

De nuevo la puerta tembló bajo los violentos golpes y patadas, pero tanto el cerrojo como la hoja resistieron.

Finalmente, agotado o resignado, Malcolm de Ruthven abandonó sus esfuerzos y sus salvajes gritos enmudecieron. Mary esperó aún un rato, y luego apartó las manos de los oídos.

Sabía que él aún estaba allí, y no solo porque le oía respirar. Tenía la sensación de que sentía su presencia de un modo casi físico, al otro lado de la puerta, a solo un palmo de ella…

– Criatura desagradecida -dijo con una voz peligrosamente suave-. ¿Por qué te me niegas? ¿No sabes que te he ganado? -dijo riendo con malicia-. ¿Crees realmente que podrás escapar de mí? No puedes ocultarte aquí eternamente, Mary de Egton, lo sabes muy bien. No tienes escapatoria, y si no puedo poseerte esta noche, lo haré en otra ocasión. No escaparás. Cuanto antes lo entiendas, antes nos pondremos de acuerdo tú y yo. Hasta entonces descansa tranquila, hermosa Mary.

Percibió sus pasos mientras bajaba lenta y pesadamente la escalera. Mary permaneció en la cámara, sola y desesperada. Conmocionada por la impresión, temblaba como una azogada. Pero, más aún que el agotamiento y el miedo que había pasado, pesaba en su espíritu el convencimiento de que Malcolm de Ruthven tenía razón.

Era una prisionera en su reino. Aunque esta noche hubiera escapado, no podía esconderse eternamente de él. Y en cuanto se hubieran casado, ya no podría evitar ser también su mujer en la cama. Esta idea la horrorizaba. Todos los deseos y las visiones románticas que un día había tenido se habían esfumado. Mary estaba perdida.

Tal vez fuera eso lo que la vieja sirvienta había querido decirle cuando había hablado de un gran peligro y de que Mary debía abandonar el castillo de Ruthven lo más pronto posible.

Acurrucada en el suelo, abrazándose las piernas con los brazos como una niña, permaneció sentada en la penumbra. Lágrimas de desesperación asomaron a sus ojos y cayeron por sus mejillas. Miedo, preocupación y rabia: sentía todo eso al mismo tiempo; al igual que alivio por haber escapado de Malcolm en esta ocasión, aunque aparejado con la terrible certeza de que finalmente no podría huir de él. En cuanto estuvieran casados, no habría ya ninguna esperanza para ella. Nunca…

Cuando Mary por fin levantó la mirada, no habría sabido decir cuánto tiempo había pasado. La luna seguía alta en el cielo, y la luz pálida que se filtraba por la ventana empañada sumergía a la cámara de la torre en una luz mate.

Era una habitación semicircular de techo bajo. La pared, de piedra natural, tenía solo tres pies de altura, y sobre ella descansaban las vigas del armazón del tejado, que se unían en el centro para formar la punta de la torre. En la habitación no había muebles, pero en el muro, justo frente a la estrecha ventana, Mary descubrió algo que despertó su curiosidad: en una de las piedras se veían unos signos grabados, unas iniciales en escritura latina.

«G. R.» podía leerse, y ya fuera por sus sueños, por la visita de la anciana o por el caos de sentimientos que reinaba en su interior, Mary tuvo la certeza de que aquellas dos iniciales significaban «Gwynneth Ruthven».

Inspiró hondo, y apenas tomó aire, sus pulmones se contrajeran en un espasmo. Se secó las lágrimas, y aliviada por tener algo en que concentrarse, examinó la piedra. Como pudo constatar, estaba medio suelta. La sujetó con ambas manos y tiró de ella. De las juntas saltó arena; la piedra se fue desprendiendo poco a poco de su encaje, hasta que finalmente pudo sacarla. Detrás había una pequeña cavidad. A la pálida luz que penetraba por la ventana, Mary vio que había algo escondido dentro. Intrigada, y aunque le daba un poco de asco, metió la mano en la oscura abertura, consiguió sujetar el objeto y lo sacó.

Examinó minuciosamente su hallazgo a la luz de la luna. Era una aljaba de cuero, aproximadamente de un codo de largo, con las costuras y el capuchón sellados con cera para proteger el contenido de la humedad. ¿Cuánto tiempo debía de llevar ahí?

Mary miró el estuche por todos lados; luego su curiosidad se impuso, y decidió echar una ojeada al interior. Rompió el sello de cera y abrió la aljaba. Dentro había varios rollos de pergamino. Sorprendida, los sacó del recipiente. Eran antiguos, pero estaban bien conservados. Mary los desenrolló y sintió que los latidos de su corazón se aceleraban.

Las hojas de pergamino estaban cubiertas de signos apretados escritos en lengua latina. Como Mary había recibido clases de latín en Egton, estaba en disposición de traducir las palabras, aunque, debido a la escasa luz que había en la habitación, la tarea no era en absoluto sencilla.

– Estas son las notas de una prisionera -leyó susurrando-. Confío en que quien las encuentre sea digno de ellas. Firmado por Gwynneth Ruthven, en el año del Señor de 1305.

Mary contuvo la respiración. Por un lado, haber descubierto el legado de la joven de que había hablado la vieja sirvienta y que había conocido en sueños la había dejado aturdida. ¿Era una casualidad que Mary, que había huido a esta torre forzada por las circunstancias, hubiera tropezado precisamente aquí con las notas de Gwynneth?

Por otro, Mary sentía también una indecible satisfacción. Eleonore había hecho quemar sus libros para robarle cualquier esperanza, pero ahora se encontraba, de improviso, en posesión de unas antiguas notas que proporcionarían nuevo alimento a su espíritu prisionero.

Emocionada, Mary de Egton empezó a leer, con los ojos empañados por las lágrimas, las anotaciones que Gwynneth Ruthven había escrito hacía más de quinientos años en esa misma habitación.

15

Ya era tarde, y los monjes de Kelso se habían retirado a descansar. Solo el abad Andrew estaba todavía despierto; el religioso, arrodillado en el suelo de su despacho, había juntado las manos. Como siempre que buscaba respuestas que los hombres no podían darle, estaba profundamente concentrado en la oración.

A veces, cuando durante muchas horas buscaba respuesta en el Señor, el abad alcanzaba un estado de profunda paz interior. La calma que sentía entonces era una fuente de fuerza, de fe y de inspiración. Pero esta noche el abad no conseguía alcanzar este estado por más que ansiara hacerlo. Demasiadas cosas le daban vueltas en la cabeza y le impedían convertirse en uno con el Creador.

Demasiadas preocupaciones…

Los acontecimientos de los últimos días y semanas habían mostrado claramente que la actitud vigilante que había imperado en la orden a lo largo de los siglos no carecía de fundamento. El peligro de épocas pasadas no se había extinguido. Había sobrevivido al tiempo hasta llegar al presente, y en estos días parecía crecer de nuevo.