Sir Walter había pasado la mañana en el puesto de la guardia local, donde había intentado descubrir algo más sobre la pelea de que había sido testigo con Quentin la noche anterior. Como miembro del Tribunal de Justicia fue tratado con el debido respeto, pero los agentes no pudieron proporcionarle ninguna ayuda; no les había llegado ninguna denuncia y los vigilantes de servicio de la guardia nocturna no sabían nada de lo sucedido en las oscuras callejas del barrio de la universidad. Por lo que parecía, sir Walter y su sobrino habían sido los únicos testigos del suceso, y a la luz del nuevo día incluso ellos empezaban a dudar de que realmente hubiera tenido lugar.
Mientras que sir Walter había pasado la noche sentado ante su escritorio, Quentin se había ido a dormir, aunque apenas había podido descansar.
Una y otra vez volvían a su memoria los excitantes acontecimientos que habían vivido, el descubrimiento que habían realizado y las oscuras sombras que les perseguían. En cuanto cerraba los ojos y conciliaba brevemente el sueño, se veía asaltado por imágenes malignas: pesadillas de runas y máscaras horribles, de círculos de piedras y hogueras que ardían en la noche y anunciaban el fin del mundo.
Quentin se sentía, pues, de un humor sombrío mientras el carruaje en el que viajaba con su tío ascendía por la cuesta en dirección a High Street. Por más que sir Walter cerrara los ojos y siguiera buscando una explicación racional, para él hacía tiempo que estaba claro que no se encontraban frente a una simple casualidad. Quentin no podía dejar de pensar en las advertencias que habían pronunciado tanto el inspector Dellard como el abad Andrew.
Sir Walter, que podía leer en los rasgos de Quentin como en un libro abierto, le miró fijamente.
– Mi querido sobrino -dijo-, valoro lo que haces por mí, pero leo el miedo en tus ojos.
– Confundes el miedo con la prudencia, tío -le corrigió Quentin muy digno-. Si no recuerdo mal, Cicerón la consideraba la mejor parte de la valentía.
Sir Walter no pudo evitar una sonrisa.
– Celebro que, a pesar de toda esta agitación, aún encuentres tiempo para el estudio de los clásicos, muchacho. Pero estoy hablando muy en serio. En el curso de estos turbadores acontecimientos he perdido ya a un estudiante, y no quiero tener que reprocharme la muerte de otro joven. De modo que si prefieres dejarlo y volver con tu familia, lo entenderé perfectamente. Tu casa no está muy lejos. Podría decirle al cochero que…
– No, tío -dijo Quentin con decisión-. Es cierto que no comparto todas tus opiniones en lo que se refiere a este misterioso caso, pero en las últimas semanas y meses has hecho demasiado por mí para que te deje en la estacada cuando me necesitas. Y con todos los respetos, tío, tengo la sensación de que nunca me has necesitado más que en estos días.
– Eres un buen muchacho, Quentin -replicó sir Walter, asintiendo con la cabeza-. Has aprendido a dominar tu miedo y a tratar con él. Pero no querría que arriesgaras tu vida por agradecimiento. Ya me has acompañado durante más tiempo del que es aconsejable para ti. La gente con la que tratamos es peligrosa, ya lo ha demostrado varias veces. Y no podría mirar a tu madre a los ojos para decirle que perdiste la vida por culpa de mi obstinación.
La voz de sir Walter había bajado de tono, y Quentin tuvo la impresión de que su tío no solo estaba cansado por la noche en vela, sino que se encontraba agotado también por la responsabilidad con que tenía que cargar. Tal vez, pensó, debería aliviarle de parte de esta carga.
– Entonces despídeme de tu servicio, tío -propuso inopinadamente.
– ¿Qué quieres decir, muchacho? ¿No quieres que siga siendo tu maestro?
– Ya he aprendido mucho de ti, tío, y estoy seguro de que tendrías mucho más que enseñarme. Pero con todo lo que tal vez nos espera todavía, no me gustaría acompañarte como tu alumno, sino como… -Se interrumpió al comprender que sus palabras podían parecer presuntuosas-. Sino como tu amigo -añadió bajando un poco la voz.
Sir Walter no respondió enseguida; miró por la ventana lateral, por la que desfilaban los estrechos edificios de High Street. Dentro de unos instantes llegarían a casa del profesor Gainswick.
– ¿Qué me dices, tío? -quiso saber Quentin, que ya se atormentaba preguntándose si no habría ido demasiado lejos.
– Nada, muchacho. -Sir Walter sacudió la cabeza-. Tan solo me planteo una pregunta.
– ¿Qué pregunta?
– Qué cabeza hueca ha podido llegar a convencerte de que no servías para nada y de que por tus venas no corría la sangre de un auténtico Scott. ¿Crees que no veo más allá de tus palabras? ¿Crees que no me doy cuenta de lo que pretendes?
– Perdona, tío, yo…
– Lo has notado, ¿verdad? Has percibido la carga que pesa sobre mis hombros, la responsabilidad que siento y que casi no me deja respirar. Y para aliviarme de esta carga, quieres librarme al menos de la responsabilidad sobre tu persona; quieres apoyarme como amigo, aunque no compartes mis opiniones en lo que se refiere a este caso ni mi firme determinación de investigar hasta el final.
– No, tío, no -protestó Quentin cortésmente; pero luego cambió de opinión-. Es cierto -reconoció-, no comparto tu opinión en lo que se refiere a este asunto, y tampoco me importa reconocer que todo esto no me gusta demasiado. Lo que hemos descubierto me parece siniestro, y si fuera posible, me olvidaría con gusto de todo y dejaría el caso. Pero resulta que no es posible. Sobre todo porque tú insistes en aclararlo. No sé de dónde sacas el valor para hacerlo, tío, pero es evidente que no te asusta enfrentarte a esa gente. En todo lo que hago, siempre me ilumina tu ejemplo. Fui a Abbotsford sobre todo por una razón: para intentar ser un poco como tú. Ahora tengo la oportunidad de cumplirlo, y no la desperdiciaré. Cuando todos pensaban que era un bobo y un inútil, tú creíste en mí y me acogiste en tu casa. Nunca lo olvidaré. Por eso sería un honor para mí poder seguir acompañándote en tus investigaciones, como amigo y como la voz que te previene del peligro.
Sir Walter le dirigió una mirada escrutadora; era imposible adivinar qué estaba pensando en ese momento. Quentin se removió incómodo en el banco. Luego una sonrisa tierna se dibujó en el rostro de su tío y mentor.
– Cuando viniste a mi casa, Quentin, vi enseguida que valías más de lo que nadie había sabido reconocer hasta entonces -dijo sir Walter-. Con todo, la rapidez con que te has deshecho de la inmadurez de la juventud para convertirte en un hombre me sorprende incluso a mí. Sé valorar tu propuesta en lo que vale, muchacho, y reconozco gustosamente que realmente me puede ser muy útil tener, en estos días, un amigo en quien poder confiar. De modo que si quieres ser ese amigo…
Sir Walter dejó de hablar y tendió su mano derecha a Quentin, que se la estrechó enseguida.
– Es un honor para mí, tío -replicó-. Y por favor, te pido que seamos prudentes en todo lo que hagamos.
– Te lo prometo -respondió sir Walter sonriendo-. Sería interesante saber si ahora ha hablado el amigo o el sobrino.
El carruaje se detuvo. Habían llegado a la entrada del callejón que conducía al patio trasero donde se encontraba la casa de Miltiades Gainswick.
Bajaron, y sir Walter indicó al cochero que les esperara. Aún era de día, pero las nubes eran tan densas que los rayos del sol no conseguían abrirse paso entre ellas.
Con la carpeta que contenía la copia del fragmento bajo el brazo, Quentin siguió a su tío por el callejón. Llegaron al patio en cuyo extremo se encontraba la casa del profesor. Del despacho salía la luz amarillenta de una lámpara de petróleo; por lo visto el erudito estaba de nuevo ocupado hojeando antiguos escritos y estudiando el pasado. Sir Walter estaba seguro de que el profesor Gainswick consideraría el fragmento un cambio bienvenido en su trabajo, y tal vez podría decirles algo más sobre el círculo de piedras que se mencionaba en el antiguo escrito.