– Tío -dijo Quentin de repente. En ese momento también sir Walter se dio cuenta: la puerta de la casa estaba entreabierta.
En un entorno rural eso no sería particularmente extraño, pero en una ciudad como Edimburgo, por cuyas calles merodeaban siempre multitud de personajes poco recomendables, resultaba en extremo sospechoso.
Sir Walter golpeó la puerta con el pomo del bastón para anunciar su entrada, pero no sucedió nada; el sirviente del profesor Gainswick no se acercó, y tampoco se oyó el menor ruido en el interior de la casa. Sir Walter dirigió a su sobrino una de esas miradas que Quentin había aprendido a interpretar en los últimos días; una mirada que revelaba que su tío estaba preocupado.
Empujaron la puerta, que se movió, chirriando, hacia dentro.
– ¿Profesor Gainswick? -llamó sir Walter en dirección al estrecho pasillo-. Sir, ¿está usted en casa?
No recibieron respuesta, aunque del final del pasillo llegaba luz. Ahora también Quentin se inquietó. Se podía sentir la tensión en el aire, la sombra de una siniestra amenaza.
Con un gesto, sir Walter indicó a su sobrino que entrara. Lentamente avanzaron por el pasillo. Las tablas del suelo gemían suavemente bajo sus pies. Cruzaron el comedor y el gabinete, donde se habían sentado juntos la última vez. En la chimenea ardía un fuego que permitía deducir que tenía que haber alguien en la casa.
– ¡Profesor Gainswick! -gritó de nuevo sir Walter-. ¿Está usted aquí? ¿Está en casa, sir?
No encontraron al profesor, pero sí a su sirviente. Quentin estuvo a punto de caer sobre él cuando llegaron al extremo del pasillo, donde se encontraba la entrada al despacho. La puerta estaba entornada; solo una delgada línea de luz caía a través de la rendija e iluminaba el bulto informe que yacía a los pies de Quentin.
– ¡Tío! -exclamó este horrorizado al comprender que aquello era un cadáver.
El muerto tenía la cara contraída e hinchada, y sus ojos dilatados parecían mirar fijamente a Quentin en una acusación muda. Aún llevaba alrededor del cuello la cuerda con que su asesino lo había estrangulado.
– Por todos los santos -gimió sir Walter, y se inclinó hacia el cuerpo del sirviente. Rápidamente lo examinó, y luego sacudió resignadamente la cabeza.
– ¿Y el profesor? -preguntó Quentin trastornado.
Sir Walter miró hacia la puerta. Ambos intuían que la respuesta a la pregunta de Quentin se encontraba al otro lado, y no se equivocaban. Miltiades Gainswick estaba sentado en el gran sillón ante la chimenea de su despacho, con un libro sobre las rodillas. Pero los rasgos del erudito no mostraban curiosidad científica, sino que estaban pálidos y demacrados; su respiración sonaba como cadenas arrastradas, y Quentin vio con horror que había sangre por todas partes. El traje y la camisa del profesor estaban empapados de ella, igual que el sillón y el suelo, donde el elixir vital se acumulaba en chillones charcos rojos.
– ¡Profesor!
Sir Walter lanzó un grito horrorizado y ambos se precipitaron hacia Gainswick, que les dirigió una mirada apagada. Tenía los ojos vidriosos; su cabeza caía a un lado, y ya no tenía fuerzas para levantarla. Varias puñaladas le habían atravesado el tórax; incluso Quentin, que no tenía ni idea de medicina, comprendió que el profesor ya no tenía salvación.
– No, profesor -suplicó sir Walter, y cayó de rodillas ante su mentor, sin preocuparse por la sangre que manchaba sus ropas-. Por favor, no…
Gainswick parpadeó y dirigió la mirada hacia él, lo que pareció costarle un insuperable esfuerzo. Un asomo de sonrisa iluminó sus rasgos cuando reconoció a sir Walter.
– Walter, muchacho -jadeó, y un hilillo de sangre se deslizó de la comisura de sus labios-. Por desgracia llega demasiado tarde…
– ¿Quién ha hecho esto?-susurró sir Walter consternado-. ¿Quién le ha hecho esto, profesor?
– Ha ocurrido… No se haga ningún reproche.
– ¿Quién? -volvió a preguntar sir Walter. En ese momento, Quentin le tocó el hombro: en la pared del despacho, el sobrino de sir Walter había descubierto algo que le heló la sangre en las venas.
Era una huella que habían dejado los criminales. Más aún, era una firma, un signo identificativo. Como si tratara de anunciar la autoría de una obra de arte. En la pared destacaba el signo de la espada rúnica, escrito con la sangre de Miltiades Gainswick.
– ¡No! ¿Por qué? -exclamó sir Walter, y lágrimas de consternación, de rabia y de duelo asomaron a sus ojos.
– No esté… triste -balbuceó Gainswick con dificultad, con las pocas fuerzas que le quedaban-. Todos los caminos… tienen que acabar en algún momento.
– Perdóneme, profesor -susurraba sir Walter una y otra vez-. Perdóneme.
Quentin, que permanecía inmóvil a su lado, no estaba menos afectado que su tío. También él se sentía responsable de lo ocurrido. Era evidente quién era el autor de aquel sangriento crimen. Y era casi aún más evidente quién había conducido al criminal hasta el profesor Gainswick.
– Máscaras -surgió de la garganta del profesor, en un tono apenas audible-, máscaras espantosas… Engendros de las tinieblas… no conocen la compasión.
– Lo sé -dijo sir Walter, impotente.
Gainswick abrió los ojos, y reuniendo todas sus energías en un último y desesperado esfuerzo, adelantó su mano ensangrentada, sujetó a su antiguo alumno por el cuello de la chaqueta y le atrajo hacia sí.
– Combatidlos -susurró con voz agónica-. Encontrad huellas…
– ¿Dónde, profesor? -preguntó sir Walter.
Las dos últimas palabras que Miltiades Gainswick pronunció en este mundo fueron enigmáticas. La primera era «Abbotsford»; la segunda, «Bruce».
Entonces la cabeza del erudito cayó de lado. El tórax de Gainswick se alzó y se dilató una vez más, y luego su corazón dejó de latir.
– No -exclamó Quentin, horrorizado, mientras sentía al mismo tiempo que una rabia impotente le llenaba el pecho-. ¡Esos criminales sanguinarios! ¡Esas bestias con figura humana! El profesor Gainswick no les había hecho nada. Los…
Se interrumpió cuando de pronto, en el primer piso, se escuchó un sonoro crujido.
– ¿Qué ha sido eso? -preguntó.
– Ahí arriba hay alguien -constató sir Walter. Su rostro se había transformado en una máscara helada.
– ¿Un sirviente tal vez?
– Si no recuerdo mal, el profesor solo tenía uno.
Quentin y su tío intercambiaron una mirada de inteligencia. Ambos sabían qué significaba aquello: el asesino del profesor Gainswick todavía se encontraba en la casa. Posiblemente le habían sorprendido mientras cometía su sangrienta obra, y por eso aún habían encontrado vivo al profesor.
– Pagará por esto -anunció Quentin con decisión, y salió precipitadamente del despacho.
– ¡No, muchacho! -gritó sir Walter tras él, pero nada podía detener ya a Quentin.
Todos los sentimientos que se habían acumulado en él durante los últimos días y semanas rompieron ahora el dique. Su duelo por la muerte de Jonathan y el miedo que había sentido en el incendio de la biblioteca, la atracción por Mary de Egton y el temor que le inspiraba la siniestra hermandad y las cosas sobrenaturales se juntaron como pólvora en un barril, y la muerte del profesor Gainswick fue la llama que encendió la mecha.
Con los puños apretados, Quentin subió a toda prisa la escalera, furiosamente decidido a atrapar al cobarde asesino. No pensaba en el peligro. Bajo la conmoción del espantoso suceso, quería que se hiciera justicia; no podía ocultarse por más tiempo, quería enfrentarse de una vez con aquel misterioso adversario, cuyos manejos habían causado ya tantas víctimas.
¡De pronto resonó el escandaloso tintineo de un vidrio roto!