El ruido había llegado del extremo del corto pasillo, del dormitorio del profesor Gainswick; la puerta estaba abierta de par en par. Quentin apretó los dientes y salió disparado, cruzó a todo correr el pasillo y entró en el dormitorio. El frío viento nocturno que penetraba por la ventana abierta y hacía ondular las cortinas de la cama le golpeó en la cara. A la luz pálida que llegaba de afuera, las colgaduras parecían sudarios.
Quentin se precipitó hacia la ventana. Alguien la había roto con ayuda de un perchero, que ahora yacía en el suelo. Cuando Quentin miró hacia fuera, vio una figura envuelta en una capa ondulante que se deslizaba por los tejados.
– ¡Alto! -aulló con todas sus fuerzas-. ¡Miserable asesino!
Antes de que pudiera darse cuenta realmente de lo que hacía, ya estaba subiendo al alféizar de la ventana y trepando al exterior. Se cortó la mano derecha con los fragmentos de vidrio, pero estaba tan furioso que ni siquiera lo notó. La sangre palpitaba aceleradamente en sus venas, y el ruido de su propia respiración jadeante apagaba las voces de advertencia en su interior.
Pasó por la abertura, saltó, y aterrizó unos metros más abajo, en el caballete del tejado de la casa vecina. Siguiendo el mismo camino que había utilizado el asesino, se balanceó a lo largo de este hasta alcanzar la chimenea que sobresalía del tejado. Se sujetó a ella y se deslizó por la empinada vertiente hasta llegar al borde. Desde allí pudo saltar al tejado cubierto con tejas de madera de una cuadra, sobre la que había visto al encapuchado por última vez.
El asesino solo había podido seguir una dirección: bajar por el callejón hacia la ciudad vieja, donde había innumerables rincones en los que podía encontrar refugio. Quentin no tenía intención de dejar que escapara hacia allí.
– ¡Detened al asesino! -aulló con todas sus fuerzas, con la esperanza de alertar a alguno de los agentes que estaban de servicio a lo largo de High Street-. ¡No debe escapar!
Caminando a grandes zancadas, avanzó por el tejado plano de la cuadra en dirección al lugar por donde había desaparecido el fugitivo. Las tejas crujían peligrosamente bajo sus pies. Por fin llegó al borde. Junto a la puerta del granero había un montón de paja, y Quentin saltó sin vacilar. Aterrizó en suelo blando, se liberó rápidamente de la paja y corrió por la estrecha callejuela, donde pudo ver de nuevo fugazmente al hombre de la capa.
A la débil luz de la callejuela lo divisó muy cerca, antes de que desapareciera por un callejón lateral.
– ¡Alto! -gritó Quentin, furioso, aunque sabía que el asesino no se detendría. Resuelto a atraparle como fuera, echó a correr tan deprisa como lo permitían sus piernas.
Quentin no era un corredor muy resistente, y debido al estado de excitación en que se encontraba, su respiración era aún más superficial y acelerada, de modo que los pulmones le ardían y pronto le flaquearon las fuerzas. Sin embargo, no quería abandonar. Todo en él le impulsaba a no dejar escapar al asesino del profesor Gainswick, y su rabia y su determinación le proporcionaron nuevas energías.
A toda velocidad, bajó por el callejón, que estaba cubierto de inmundicias. Con excepción de la suntuosa calle principal, en la que residían comerciantes, abogados y eruditos, Edimburgo ofrecía una imagen más bien miserable, por no hablar de los dudosos personajes que merodeaban por sus callejas. Las transiciones entre barrios eran fluidas, y, sin darse cuenta, uno podía ir a parar a una zona que era preferible no pisar después del crepúsculo.
Pero Quentin no pensaba en ello. Su único objetivo era atrapar al asesino y darle el castigo que merecía. El callejón era corto y desembocaba en un patio trasero rodeado en tres de sus lados por paredes sin ventanas, de modo que solo tenía una salida.
Desconcertado, Quentin se detuvo y giró sobre sí mismo. En la luz declinante, observó los muros con atención, pero no había rastro del asesino. Entonces su mirada se posó en una trampa de madera empotrada en el irregular pavimento.
Sin duda conducía a un sótano, y como esa era la única posibilidad de salir del patio, lógicamente debía de ser el camino que había tomado el asesino. Sin reflexionar, Quentin sujetó la herrumbrada anilla de hierro y levantó la trampilla. De la profundidad envuelta en tinieblas le llegó un intenso olor a podredumbre, que le hizo dudar un momento. Sin embargo, decidió hacer de tripas corazón. Si se rendía ahora, el asesino del profesor Gainswick escaparía indemne, y en ningún caso podía permitir que fuera así.
Con gesto decidido, se sujetó a la escalera que se apoyaba en la pared del pozo y empezó a bajar. Los peldaños estaban fríos y cubiertos de un musgo resbaladizo, de modo que tenía que ir con cuidado para no caer. Unos tres metros más abajo, Quentin llegó al final de la escalera y se encontró en un sótano frío y oscuro.
La poca luz que llegaba a través del pozo apenas bastaba para iluminar el lugar. Todo lo que Quentin veía eran unos contornos borrosos, cajas y barriles viejísimos de cuyo interior emanaba un olor nauseabundo. Además, oyó en alguna parte, en medio de la oscuridad, unos crujidos que le hicieron suponer que no se encontraba solo.
En un instante, su determinación se desvaneció; se dijo que probablemente había sido una idea bastante estúpida bajar al pozo sin llevar un arma encima, o al menos, una lámpara. Obedeciendo a un impulso repentino, quiso girarse y sujetarse a la escalera para volver a trepar hasta arriba, pero en ese momento, justo ante él, brilló una llama. Alguien había encendido una cerilla y ahora prendía el pábilo de una vela. A su luz, Quentin distinguió una máscara horrible, tallada en madera.
¡Era el asesino, que había acechado su llegada!
Un pesado manto de lana negra caía sobre su gigantesca figura y una gran capucha enmarcaba su cara enmascarada. La amenaza que emanaba de él podía sentirse físicamente.
– ¿Me buscabas? -preguntó el encapuchado con sarcasmo-. Pues ya me has encontrado.
Durante un instante, Quentin se quedó mudo de terror, pero luego se impuso de nuevo su indignación por el espantoso crimen, e hizo todo lo posible por convencerse de que el siniestro fantasma que había surgido de la oscuridad era en realidad un ser de carne y hueso, un hombre como él.
– ¿Quién es usted? -quiso saber Quentin-. ¿Por qué ha matado al pobre profesor Gainswick?
– Porque se metía en cosas de las que debería haberse mantenido apartado -fue la respuesta-. Igual que tú. No es bueno correr por las calles a estas horas gritando a voz en cuello. Podrías llamar la atención de criaturas a las que sería mejor dejar en paz.
El encapuchado levantó la vela, de modo que su resplandor iluminó un espacio mayor del sótano; Quentin vio con horror que por todas partes, detrás de los barriles y las cajas, algo se agitaba.
Ante su vista aparecieron unas figuras que solo con esfuerzo podían reconocerse como humanas. Sus sucios vestidos, que colgaban en jirones de su cuerpo, apenas podían diferenciarse de la piel, coriácea y manchada. En sus caras mutiladas y deformadas por cicatrices, unos ojos inyectados en sangre le miraban fijamente, y las bocas de dientes amarillentos se entreabrían en una mueca feroz.
Quentin ya había oído hablar de aquellas personas. Los llamaban «los sin nombre». Eran desechos de la sociedad, gentes que no tenían familia ni hogar. Vivían en los rincones más oscuros de la ciudad, y quien caía en sus manos no podía esperar compasión. Quentin, que nunca se había topado antes con ninguna de aquellas criaturas, se encontraba ahora frente a más de una docena. Instintivamente se echó hacia atrás, hasta que su espalda chocó con la escalera.
Los sin nombre surgían de los oscuros rincones, arrastrándose y reptando más que caminando. Llevaban en las manos cuchillos y puñales herrumbrosos, estoques rotos cuyas hojas aún estaban manchadas con la sangre de las últimas gargantas que habían cortado. Y aquel sombrío enmascarado parecía tener autoridad sobre esos engendros de la noche.