– Es vuestro -les dijo, y entre sus filas se dejaron oír unas repugnantes risas apagadas.
Los pares de ojos brillaron, y uno de los tipos, con una larga cabellera negra y la nariz partida por una cuchillada, se dirigió con paso decidido hacia Quentin para clavarle su puñal.
Quentin reaccionó instantáneamente. Volverse y agarrar los peldaños de la escalera fue todo uno. Solo quería salir de allí, huir de aquel agujero y escapar a las hojas ensangrentadas de los asesinos.
Los sin nombre gritaron de indignación al ver que se disponía a huir, y con las armas en alto, se lanzaron hacia la escalera.
Quentin trepó hacia el exterior tan deprisa como pudo. Notó que le lanzaban una puñalada; sintió la corriente de aire, pero la hoja no acertó por un pelo. Unas manos esqueléticas, descarnadas, se tendieron hacia él, y una de ellas consiguió sujetarle el pie derecho.
Lanzó un grito y sacudió la pierna; se defendió con todas sus fuerzas, y un instante después volvía a estar libre. Frenéticamente se sujetó al siguiente escalón, siguió trepando tan rápido como pudo y salió por la abertura.
La banda de asesinos seguía pegada a sus talones, no quería dejar escapar aquella presa que creía segura. A sus ojos, una vida humana no tenía valor; ya habían matado por mucho menos. La chaqueta de Quentin y sus botas nuevas eran motivo suficiente para que se convirtieran en unas bestias asesinas. Quentin consiguió a duras penas escapar del pozo y se refugió en el patio.
– ¡Socorro! -gritó con todas sus fuerzas, pero o bien nadie le oyó, o los que le oyeron prefirieron mantenerse alejados.
Los sin nombre surgieron del agujero tras él, tan numerosos como ratas. Quentin corrió tan deprisa como pudo hacia la salida del callejón, pero constató, horrorizado, que el acceso al patio interior estaba cerrado. Ante él se encontraban otros dos tipos encorvados con ropas que colgaban en jirones. Iban armados con garrotes que habían atravesado con largos clavos, horribles herramientas asesinas de un mundo en el que no había derecho ni ley. Uno de los desarrapados, que llevaba un parche sobre el ojo derecho, aulló como un animal de presa y balanceó la maza para cerrar el paso a su víctima.
Quentin se detuvo. Desesperado, miró alrededor buscando una vía de escape, pero no había ninguna. Los sin nombre, que habían visto que estaba atrapado, se tomaron su tiempo para actuar. Primero se dispersaron y se desplegaron en torno a él, rodeándolo. Una sonrisa irónica y malvada se dibujaba en sus caras deformadas. El enmascarado no se veía por ningún lado, hacía tiempo que debía de haber puesto pies en polvorosa.
Quentin tragó saliva con esfuerzo. Por enésima vez tuvo que recordar el lema de su tío: el pánico raramente servía para nada y un entendimiento claro era siempre el mejor consejero en las situaciones críticas. Pero el caso era que ni el más agudo entendimiento servía para nada en aquella ocasión. No había ninguna salida visible, y Quentin no pudo evitar que un miedo cerval surgiera de las profundidades de su conciencia y le sacudiera hasta lo más hondo.
Atribulado, miraba a un lado y a otro, pero en todas partes veía solo hojas desnudas y caras macilentas que sonreían malignamente. Sabía que no podía esperar compasión ni piedad.
En torno a él se oían risitas y cuchicheos. Los sin nombre conversaban furtivamente entre ellos, sin que Quentin pudiera entender ni una palabra de lo que decían; aquellos hombres parecían tener su propio lenguaje. El círculo se iba estrechando, y el hierro herrumbrado de las hojas se acercaba cada vez más.
– Por favor -dijo Quentin en su desesperación-, dejadme marchar, no os he hecho nada. -Pero solo recibió en respuesta una carcajada maliciosa.
Uno de los tipos, el tuerto, balanceó ruidosamente su maza en el aire y dio un paso adelante para iniciar el ataque. Quentin levantó las manos para protegerse, y cerró los ojos esperando que el mortífero instrumento cayera sobre él con fuerza aniquiladora.
Pero la maza del atacante no le alcanzó. Se escuchó un golpe fuerte y seco, seguido por un grito estridente. Sorprendido, Quentin abrió los ojos y vio cuál era el motivo.
Los asesinos tenían compañía.
Silenciosamente, como ángeles salvadores, unas figuras encapuchadas envueltas en amplios mantos pardos habían saltado al patio desde los tejados de las casas circundantes. Por un instante, Quentin pensó, horrorizado, que eran miembros de la Hermandad de las Runas; pero entonces vio las varas de madera en sus manos y comprendió que eran los hombres que se habían enzarzado en un violento combate con los hermanos de las runas en el callejón. Fueran quienes fuesen, no parecían estar de parte de la hermandad.
El tuerto que había atacado a Quentin yacía sin sentido a sus pies. La vara de uno de los luchadores misteriosos le había alcanzado con fuerza y le había derribado. Los sin nombre, que estaban tan sorprendidos como Quentin por la aparición de los encapuchados, aullaron furiosos, como niños que han sido interrumpidos en medio de su juego favorito.
– Dejad marchar en paz al joven -exigió el jefe de los luchadores, pero los sin nombre no tenían intención de abandonar su botín tan fácilmente.
Intercambiaron miradas furtivas y trataron de valorar la fuerza de sus adversarios. Como todo su armamento consistía en unas simples varas de madera, mientras que ellos estaban equipados con cuchillos y puñales, seguramente llegaron a la conclusión de que tenían muchas probabilidades de ganar el combate. Un instante después se precipitaban contra los encapuchados. Sus gritos de guerra reflejaban un odio tan intenso que Quentin se estremeció al oírlos.
El joven, que aún no había salido de su asombro ante aquel inesperado rescate, contempló, conteniendo la respiración, cómo en el patio trasero se desencadenaba una batalla campal. Catorce sin nombre se enfrentaban a seis luchadores de las varas, que ahora se habían agrupado y hacían girar vigorosamente sus palos en el aire. Mientras que los atacantes gritaban y bramaban, los nobles luchadores de las amplias capas no dejaban escapar el menor sonido. Quentin estaba como petrificado por el miedo y la sorpresa. Nunca antes había visto luchar a nadie de aquel modo. Parecía que los hombres se hubieran fundido con sus varas, tan armónicos y fluidos eran sus movimientos. Así, los guerreros fueron ahuyentando uno tras otro a los salvajes atacantes.
Ya yacían en el suelo, inconscientes, varios asesinos. Los que quedaban gritaron de nuevo y blandieron sus hojas herrumbradas, dispuestos a despedazar a sus enemigos, pero los luchadores no les permitieron acercarse y los mantuvieron a raya con sus sencillas armas. Los bastones se movían poderosamente en el aire y se abatían sobre sus impotentes adversarios. Una mano quedó destrozada por un golpe, y más allá un antebrazo se rompió con un sonoro crujido al recibir de lleno el impacto de una vara. Su dueño -el de la nariz partida- se miró el brazo grotescamente curvado y lanzó un aullido tan lastimero que los demás perdieron el valor. Gritando a voz en cuello, dieron media vuelta y emprendieron la huida.
Los misteriosos luchadores renunciaron a perseguirlos. Se contentaron con asegurar la posición en torno a Quentin y uno de ellos se acercó al joven, que temblaba de arriba abajo de emoción y de miedo.
– ¿Se encuentra bien? -surgió una voz de la capucha. Quentin trató, en vano, de reconocer la cara que se ocultaba en la sombra.
– Sí -aseguró con un hilo de voz-. Gracias a su ayuda.
– Debe marcharse de aquí enseguida. Los hijos del arroyo son fáciles de ahuyentar, pero cuando vuelvan serán tantos que tampoco nosotros podremos detenerlos.
– ¿Quiénes son ustedes? -quiso saber Quentin-. ¿A quién debo agradecer mi salvación?
– ¡Váyase! -ordenó en tono enérgico el misterioso luchador. A Quentin aquella voz le pareció vagamente familiar-. ¡Fuera, rápido! -dijo el hombre señalando hacia la parte frontal del patio interior, donde el portal estaba de nuevo abierto.
Quentin asintió con la cabeza, insinuó una reverencia, y se dirigió rápidamente hacia fuera. Su curiosidad por descubrir quiénes eran sus enigmáticos salvadores no era ni mucho menos tan grande como su deseo de huir de aquel espantoso lugar. Cruzó el portal a toda prisa, y escuchó sus propios pasos apresurados sobre el pavimento.