Se mantuvo apretada contra la piedra húmeda, cubierta de musgo y moho, y se acurrucó en las sombras que proyectaba el fuego. El canto aumentó de intensidad y alcanzó un espantoso clímax, de una disonancia casi insoportable. Luego se interrumpió, justo en el momento en que Gwynneth llegó al extremo del corredor y pudo echar una ojeada a la sala principal.
La visión era espeluznante. Los ojos de Gwynn se dilataron de horror, y se llevó la mano a la boca para no gritar y traicionarse.
La baja bóveda, con el techo negro de hollín, estaba iluminada por un gran fuego que habían encendido en el centro de la sala. Alrededor pudo distinguir unas figuras cuya visión inspiraba miedo: hombres con mantos y capuchas negras, con los rostros horriblemente desfigurados.
Por un instante, Gwynn creyó que se trataba de demonios enviados del mundo tenebroso para arrastrarlos a todos a la ruina. Pero luego vio que los pares de ojos que miraban desde aquellos rostros demoníacos pertenecían a seres humanos. Llevaban unas grotescas máscaras de madera tallada que habían ennegrecido con hollín, para que inspiraran aún más espanto.
Las figuras formaban un amplio círculo, y no solo rodeaban el fuego sino también a otro grupo de personas, entre las cuales Gwynn reconoció con horror a Duncan, su propio hermano.
Estaba desnudo. Acababa de quitarse la ropa, y uno de los encapuchados que le rodeaban la cogió y la echó al fuego. A continuación otro empezó a pintar el cuerpo de Duncan con pintura roja, con extraños símbolos que se retorcían formando arabescos.
Eran signos rúnicos, pero distintos a todos los que Gwynneth había visto hasta entonces. Aunque conocía algunos de los antiguos signos, que aún se usaban en muchos lugares, la joven no consiguió descifrar ninguno de aquellos. Probablemente se trataba de signos secretos. De runas que estaban prohibidas. De repente, Gwynn tuvo la sensación de que los trazos que dibujaban sobre el cuerpo de su hermano no eran de pintura, sino de sangre…
Se estremeció. Horrorizada, vio cómo los brazos, piernas, espalda y pecho de Duncan eran embadurnados con símbolos paganos. Él mismo apenas parecía percibirlo. Con los brazos extendidos, permanecía erguido mirando fijamente ante sí, como si no estuviera realmente en ese lugar. Y mientras tanto murmuraba palabras.
Gwynn sintió miedo en su corazón, miedo por su hermano. Todo la impulsaba a arrancarlo del círculo de aquellos encapuchados que planeaban algo malvado. Por mucho que hubiera cambiado, Duncan seguía siendo su hermano, y ella tenía el deber, no solo ante él sino también ante su padre, de protegerlo del peligro y evitar que sufriera ningún daño.
Pero justo en el momento en que se disponía a adelantarse y gritar, sucedió algo: los encapuchados que rodeaban a su hermano se hicieron a un lado y el cordón se partió. Otra figura apareció, una figura que ocultaba también sus rasgos detrás de una máscara; pero, a diferencia de los otros encapuchados, su cogulla era de un blanco resplandeciente, y su máscara, de plata brillante. Aunque nunca en su vida había visto a un druida, Gwynneth Ruthven supo al momento que se encontraba ante uno.
Gwynn había oído hablar de los magos y los iniciados en las runas de los tiempos antiguos. Aunque los monjes habían prohibido sus prácticas paganas, los druidas seguían viviendo en las narraciones y los recuerdos del pueblo. A menudo se decía que aún existían algunos que se oponían a los mandamientos de la Iglesia y llevaban una vida secreta, que se ocultaban hasta que llegara su hora y volvieran los antiguos dioses.
La cara del hombre de la cogulla blanca no era visible, pero por su actitud y la forma en que se movía podía adivinarse que era muy anciano. El druida se adelantó hasta el centro de la amplia ronda, hasta el lugar donde se encontraba Duncan. Los otros encapuchados se retiraron, de modo que el hermano de Gwynneth estaba ahora solo ante las llamas, que proyectaban sombras cambiantes sobre su piel desnuda y embadurnada de sangre.
Gwynn se estremeció, e instintivamente se apretó aún más contra la roca, como si así pudiera evitar que la descubrieran. Algo en ella la impulsaba a huir, pero la angustia por su hermano la retuvo. Además, a su preocupación se unía ahora una gran curiosidad, y un montón de preguntas acudían a su mente.
¿Quiénes eran esos encapuchados? ¿Qué tenía que ver Duncan con ellos? ¿Y por qué se sometía a esta ceremonia pagana? ¿Lo habían forzado a ello o lo hacía voluntariamente?
Gwynneth confiaba encontrar respuestas, mientras miraba fascinada lo que sucedía.
Duncan seguía allí inmóvil, con los brazos abiertos. El druida se detuvo ante él y murmuró unas palabras incomprensibles, que sonaban como la fórmula de un conjuro. Luego dijo en voz alta y clara:
– Duncan Ruthven, ¿estás hoy aquí para solicitar tu ingreso en nuestra hermandad secreta?
– Sí -llegó la respuesta, pronunciada en voz baja. Duncan tenía los ojos vidriosos y una mirada ensimismada, como si no fuera dueño de sí mismo.
– ¿Harás todo lo que se exija de ti? ¿Colocarás los intereses de la hermandad por delante de cualquier otra exigencia y centrarás en adelante todos tus esfuerzos en aumentar su poder y su influencia?
La voz del druida, al principio suave y conspiradora, se había hecho potente e imperiosa.
– Sí -replicó Duncan, asintiendo con la cabeza-. Dedicaré todos mis esfuerzos a servir a la hermandad, hasta la muerte y más allá.
– ¿Juras solemnemente que obedecerás las indicaciones de tu druida?
– ¿Y que pondrás tu vida, y la de las próximas generaciones, al servicio de la hermandad y la consagrarás a la lucha contra el nuevo orden?
– Sí.
– ¿Juras, además, que combatirás a los enemigos de la hermandad, sean quienes sean?
– Sí.
– ¿Y que lo harás aunque sean los tuyos, los de tu propia sangre?
– Sí -aseguró Duncan sin la menor vacilación. Gwynneth se estremeció.
– Que así sea. Desde este momento, Duncan Ruthven, eres aceptado en la Hermandad de las Runas. A partir de este instante, tu nombre y tu posición no tienen ya ninguna importancia, pues ahora serán las runas las que determinarán tu vida. En la hermandad encontrarás tu cumplimiento. Juntos combatiremos a los enemigos que han aparecido en el horizonte del tiempo para expulsar a los antiguos dioses.
– Juntos -exclamó Duncan como un eco, y se dejó caer, desnudo, sobre la fría piedra.
El druida extendió los brazos y pronunció nuevas fórmulas en aquella lengua extraña y monstruosa, y a continuación hizo una seña a los hombres de su séquito. Los encapuchados llegaron con una capa negra que colocaron sobre Duncan. Finalmente el neófito recibió también una máscara, que había sido tallada en madera y ennegrecida al fuego. Se la colocó y se cubrió la cabeza con la amplia capucha de la cogulla. Ahora no se diferenciaba ya exteriormente de los restantes encapuchados.
Gwynneth se estremeció de horror. Unos ojos fríos que miraban fijamente a través de las rendijas de la máscara, una capa de lana teñida de negro: su hermano se había transformado ante sus ojos en uno de esos siniestros encapuchados, y ella ni siquiera había intentado evitarlo.
Pero aún no era demasiado tarde. Aún podía adelantarse y darse a conocer, llamar a Duncan por su nombre.
A la joven, sin embargo, le faltaba valor para hacerlo. El miedo le oprimía la garganta, le ceñía el pecho como una cinta de hierro y casi le quitaba el aire. Algo amenazador irradiaba de esa gente, y ahora que su hermano había desaparecido bajo la máscara y la capa y tenía el mismo aspecto que ellos, no le causaba menos miedo que los demás. Esa era, pues, la razón de que hubiera cambiado tanto, de que se hubiera rodeado de nuevos consejeros. Había caído bajo la influencia de esta hermandad, adepta a las antiguas creencias paganas.
Instintivamente, Gwynneth sujetó la cruz de madera que llevaba colgada del cuello con una correa de cuero. Hacía mucho tiempo se la había regalado su padre, para que la protegiera de las malas influencias y las tentaciones. Habría hecho mejor dándosela a Duncan.