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Lo que Mary había experimentado era tan directo, tan próximo a la realidad, que tenía la sensación de haber vivido ella misma esa hora sombría. ¿Se había dormido y solo había soñado todo aquello? Mary no podía recordarlo, pero debía de haber sido así. Concentrada en el estudio del antiguo escrito, no había sido consciente de su fatiga hasta que los ojos se le habían cerrado. Y una vez más el presente y el pasado se habían mezclado de forma inquietante en su sueño.

Mary pensó, estremeciéndose, en la mano que la había arrancado del sueño. La había sentido en su hombro. Si no hubiera estado sentada con la espalda contra la pared, se habría vuelto para estar segura de que no había nadie tras ella.

Solo un sueño… ¿o era algo más?

De nuevo Mary tuvo que pensar en las palabras de la sirvienta, y se preguntó si la extraña anciana no tendría razón. ¿Había efectivamente algo que la unía con Gwynneth Ruthven, algo que enlazaba sus destinos más allá de los siglos?

Su razón se negaba a creer algo así, pero ¿cómo podía explicarse, si no, todo aquello? ¿Cómo era posible que sufriera con Gwynneth como si fuera una amiga querida a quien conociera desde la infancia? ¿Por qué tenía la sensación de haber estado presente en aquellos días sombríos?

Debía averiguar más sobre Gwynneth Ruthven y sobre los acontecimientos que se habían desarrollado en aquella época en el castillo de Ruthven. Aunque parte de ella se sentía atemorizada ante la idea, Mary empezó a leer de nuevo, y al cabo de solo unas líneas el relato de Gwynneth la atrapó de nuevo en sus redes…

Con una brusca inspiración, Gwynneth Ruthven se volvió, y se encontró ante los rasgos arrugados de una anciana. Aliviada, constató que era Kala. La mujer de las runas se llevó un dedo a los labios para indicarle que callara. Luego cogió a Gwynneth de la mano y la arrastró escalera arriba, lejos de los sectarios, cuyo monótono murmullo resonaba a sus espaldas.

Llegaron al vestíbulo, y con una agilidad que nadie habría podido imaginar en ella, la anciana subió apresuradamente los escalones en dirección a la muralla. Gwynneth comprobó con estupefacción que Kala parecía conocer bien el castillo de Ruthven. No tenía ninguna dificultad para encontrar el camino a través de los pasillos débilmente iluminados, y por lo que se veía, conocía perfectamente su objetivo.

Al final llegaron a la empinada escalera que ascendía en espiral a la torre oeste, y Kala indicó a Gwynn que la siguiera. La joven miró furtivamente alrededor, antes de deslizarse por la puerta detrás de la vieja e iniciar la subida.

En la torre hacía frío. El viento penetraba a través de las alargadas hendiduras, y Gwynneth tiritaba mientras ascendía hacia lo alto, pisando la piedra húmeda con sus pies descalzos. A la pálida luz de la luna, podía ver a Kala, como una sombra oscura ante ella. Mientras que el pulso de Gwynn se aceleraba, no parecía que la anciana tuviera que hacer ningún esfuerzo para subir. Con impulso juvenil ascendía con rapidez, y poco después se encontraron ante la puerta de la cámara de la torre.

Para sorpresa de Gwynneth, Kala tenía la llave. La anciana abrió la puerta e hizo entrar a Gwynn en la polvorienta y oscura habitación, iluminada únicamente por la luz de la luna que penetraba por la baja ventana.

– Siéntate -pidió Kala a Gwynn, y como no había sillas ni bancos, la joven se sentó en el suelo. También Kala se dejó caer gimiendo, convertida de nuevo en una mujer anciana-. ¿Y bien? -preguntó, sin detenerse en explicaciones-. ¿Comprendes ahora de qué hablaba cuando nos encontramos en el barranco?

Gwynn asintió con la cabeza.

– Creo que sí. Aunque no lo he comprendido todo, ni mucho menos…

– No necesitas saber más -la interrumpió Kala, para añadir luego con más suavidad-: No es bueno saber demasiado sobre estas cosas, hija. Un conocimiento excesivo solo perjudica; mírame a mí, si no. Bajo la carga del conocimiento he envejecido y me he encorvado. Te bastará saber que estos encapuchados no practican las artes blancas, sino las otras, las del lado oscuro, que se sirve de las runas prohibidas.

– Comprendo -dijo Gwynn, que no se atrevió a preguntar más.

– Esta cámara -dijo Kala, y efectuó un amplio movimiento con la mano- es el último y único lugar de este castillo al que todavía no ha llegado el poder del mal. Es el punto más alejado de los enclaves donde se ejecutan acciones sombrías, hundidos en los cimientos del castillo.

– ¿Quiénes son esos hombres? -quiso saber Gwynneth.

– Hermanos de las runas -respondió Kala despreciativamente-. Veneran a dioses oscuros y ejecutan crueles rituales. No es raro que en sus celebraciones se derrame sangre humana, si eso sirve a sus fines. Tu hermano ha sido un necio al unirse a esa gente.

– Ahora es uno de ellos. He visto cómo lo admitían en la hermandad. Ya no es él mismo.

– Claro que no -tronó Kala-. Estos malditos hermanos de las runas han envenenado sus pensamientos. Ahora les pertenece y ya no te escuchará. Ya no podemos hacer nada por él.

– ¿Qué quieres decir con eso?

– Que ha abandonado la senda de la luz, hija mía. Ya no es tu hermano. Debes comprenderlo y resignarte a ello.

– No puedo hacerlo -replicó Gwynn tozudamente-. Duncan y yo tenemos el mismo padre. Por nuestras venas fluye la misma sangre, y yo le quiero. Nunca podría renegar de él.

– Eso es muy triste, hija mía, porque él ya te ha expulsado de su corazón.

– No. No es cierto.

– Lo es, y tú lo sabes. Desde hace algún tiempo tu hermano ya no te escucha, ¿no es verdad? No te ha prestado atención, no te ha pedido consejo ni ha mostrado ningún afecto por ti. ¿Me equivoco?

Gwynn asintió a regañadientes.

– ¿Cómo sabes todo eso?

– Ha sido obra del druida. Ha envenenado el corazón de Duncan con palabras y le ha vuelto ciego a todas las cosas hermosas. Para tu hermano ya no hay esperanza, debes comprenderlo. Cualquier intento de salvarle te destruiría, y el druida saldría triunfador.

– ¿Quién es ese hombre?

– ¿Que quién es? -Kala se permitió una risa sin alegría, que dejó ver los raigones de su boca desdentada-. Su nombre es demasiado largo para que puedas retenerlo, hija mía. El druida hace mucho tiempo que está en este mundo, más que yo o que cualquiera. Algunos afirman que el portador de la máscara de plata ha ido cambiando, pero yo creo que es siempre el mismo. El mismo espíritu maligno que desde hace siglos vaga sin descanso y que quiere echar raíces en esta época.

– ¿En esta época?

Gwynneth se apretó la capa en torno a los hombros con un estremecimiento, pero no consiguió protegerse contra el horror.

– La Hermandad de las Runas es antigua, hija mía, muy antigua. Ya existía cuando nuestro pueblo todavía era joven y creía en gigantes y en dioses, en espíritus que vivían en la tierra y en los fuegos fatuos de los pantanos y los cenagales. Entretanto se ha iniciado un tiempo nuevo y con él un nuevo orden. -Señaló la cruz, que Gwynneth llevaba en torno al cuello-. En este nuevo orden ya no hay lugar para las criaturas del mundo antiguo. Las runas pierden su significado, y lo que una vez fue se extinguirá.

– ¿Y no te entristece eso?

Kala sonrió débilmente.

– También los versados en el arte luminoso de las runas sienten que su tiempo en la tierra llega al final. De todos modos ya solo quedamos unos pocos; pero, al contrario que el druida y la hermandad, nosotros confiamos en el flujo de la vida y en la ley del tiempo. Nada se pierde en el universo. La obra que en otra época iniciamos será continuada por otros.

– ¿Por otros? ¿De quién estás hablando?

– De los que han puesto su vida al servicio del nuevo orden y de la nueva fe.

– ¿Te refieres a los monasterios? ¿A los monjes y las monjas?