– Ellos proseguirán la obra de la luz -dijo Kala, convencida-. Es posible que su doctrina sea distinta y su Dios más poderoso que nuestra antigua fe, pero ellos respetan la vida y abominan de las tinieblas, tanto como nosotros en otro tiempo. Los que quieren aferrarse a la fe antigua, en cambio, son sus enemigos. Ellos pactan con poderes demoníacos y lanzan siniestras maldiciones para evitar por todos los medios su decadencia. Saben que el tiempo los ha dejado atrás, pero no quieren reconocerlo. Por eso los druidas y los que se han conjurado con ellos hacen todo lo posible por derribar el orden nuevo y restituir los antiguos poderes. Para hacerlo necesitan ayudantes bien dispuestos, como tu hermano. Patriotas fáciles de engañar, que creen que hacen lo mejor para Escocia, por su honor y su libertad. Pero a la hermandad solo le importa aumentar su autoridad y su influencia. El druida y sus partidarios quieren el poder, hija mía. Tu hermano es solo un medio para alcanzar este fin, y él ni siquiera intuye el objetivo para el que le utilizan.
– Entonces debo decírselo. Debe saberlo todo antes de que sea demasiado tarde.
– Ya es demasiado tarde, hija mía. No te escucharía, ni te creería. Duncan se ha ligado a los poderes malignos. Ha caído en el lado oscuro, lleva su signo y su capa. Ha tomado una decisión, y para él no hay vuelta atrás.
– Entonces deberíamos avisar a William Wallace. Debe saber qué se propone la hermandad. Es el único que tiene poder suficiente para detenerlos.
– Has hablado con inteligencia, hija mía -la elogió la anciana-. Ahora sabemos por fin dónde se encuentra el peligro y qué se propone nuestro enemigo. Pero Wallace no solo es conocido por su valor, sino también por su testarudez. ¿Crees de verdad que confiaría en una muchacha de un clan y en una vieja mujer de las runas?
– Entonces hablaré con el padre Dougal -decidió Gwynneth-. Nuestros enemigos son también sus enemigos, y Braveheart concederá más crédito a las palabras de un hombre de Iglesia.
Kala sonrió misteriosamente.
– Ya veo -dijo- que no me equivoqué contigo. Pero debemos ser prudentes. Bajo las máscaras de los hermanos de las runas se ocultan los rostros de hombres con mucha influencia, de caballeros y señores de los clanes. No podemos confiarnos a nadie más y no deberíamos…
De pronto calló y miró con los ojos muy abiertos en dirección a la puerta de la cámara. Gwynn se volvió, y contuvo la respiración al distinguir también la sombra oscura a través de la estrecha rendija entre el suelo y la hoja.
Alguien se encontraba ante la puerta…
Mary de Egton se sobresaltó al oír que alguien llamaba con fuerza a la puerta de la cámara.
– ¿Mary? -gritó una voz enérgica-. Hija, ¿estás aquí?
Bruscamente, Mary volvió al presente. La voz pertenecía a Eleonore de Ruthven.
De nuevo llamaron, esta vez con mayor energía aún, y de nuevo se dejó oír la voz estridente e imperiosa de Eleonore.
– ¡Habla conmigo! ¿Qué sentido tiene encerrarse como una criatura malcriada? ¿Crees que no te encontraremos porque te escondes aquí?
Sin que Mary lo hubiera notado, había amanecido. El sol enviaba sus pálidos rayos al interior de la cámara de la torre, y por primera vez Mary vio a la luz del día el lugar de su elegido exilio. Los pergaminos con las anotaciones de Gwynneth Ruthven seguían sobre su regazo.
– Si no quieres abrir, iré a buscar al herrero y haré que rompa el cerrojo -anunció Eleonore-. ¿Crees que podrás escapar de nosotros con estas chiquilladas?
En sus palabras podía percibirse una indisimulada amenaza. El delicado cuerpo de Mary tiritaba, no de frío, sino de miedo. Aún tenía metido en los huesos el horror de la noche anterior. Había visto de qué era capaz su futuro marido, y si fuera por ella, nunca abandonaría la cámara de la torre, que hacía medio milenio había sido utilizada ya como refugio.
– ¿Quieres dejarnos en ridículo? -preguntó en tono cortante Eleonore-. ¿Quieres humillarnos ante la servidumbre y ante toda la casa?
Mary siguió sin responder. El miedo le oprimía la garganta. Aunque hubiera querido dar una respuesta, tampoco habría podido hacerlo.
– Muy bien, como quieras. Entonces llamaré al herrero y le ordenaré que rompa la puerta. Pero no esperes compasión ni indulgencia.
Mary se estremeció con cada palabra como bajo un latigazo. Su mirada se posó en los escritos, y supo que Eleonore no debía verlos en ningún caso. Esa horrible mujer no había tenido ningún reparo en quemar los libros de Mary, y también le arrebataría el diario de Gwynneth.
Rápidamente, Mary enrolló los pergaminos, los introdujo en la aljaba de cuero y la deslizó de nuevo en la cavidad del muro. A continuación volvió a tapar el hueco con la piedra suelta, de modo que era casi imposible detectarlo. Hecho esto, Mary se sobrepuso a su miedo y corrió hacia la puerta. Descorrió el cerrojo despacio, abrió solo una rendija y miró hacia fuera con una mezcla de temor y recelo.
Eleonore, que ya estaba en los escalones, se volvió.
– Vaya -dijo con las cejas curvadas en un gesto altivo-, veo que has decidido entrar en razón.
– Existe un motivo para que haya huido aquí arriba -dijo Mary a través de la rendija. No quería abrir más la puerta. Se sentía miserable e indefensa, y se avergonzaba por lo que había sucedido.
– ¿Un motivo? ¿Qué motivo podría justificar un comportamiento tan inmaduro e infantil? ¿Sabes lo que comentan los sirvientes sobre ti? Ríen a escondidas y dicen que no estás bien de la cabeza.
– Me es indiferente lo que digan -replicó Mary en tono retador.
Por lo visto, Eleonore no sabía nada de la escapada nocturna de su hijo. Pero probablemente tampoco tenía sentido hablarle de ello. De todos modos, la señora del castillo de Ruthven no la creería, y todo empeoraría aún más.
– Es posible que a ti no te importe, hija mía, pero a mí de ningún modo me resulta indiferente lo que la servidumbre piense de nosotros. Este castillo es, desde hace cientos de años, la casa solariega de nuestro linaje, y nunca ha sucedido que alguien ensuciara el nombre de nuestra familia sin que tuviera que rendir cuentas por ello. Puedes dar gracias de que mi hijo sea un hombre de tan buen carácter. Ha intercedido por ti y ha impedido que seas castigada; de modo que muéstrate agradecida con él. Si fuera por mí, ya sabría yo vencer tu testarudez y tu renuencia con otros métodos.
– Sí -replicó Mary en tono inexpresivo-. Malcolm es realmente un ángel, ¿no es eso?
– Ya veo que emplear buenas palabras contigo es tiempo perdido. Por lo visto me equivoqué al juzgarte. Tal vez tu madre también exagerara cuando elogió tus cualidades. En todo caso, Malcolm y yo hemos llegado a la conclusión de que lo mejor es que orientemos tu vida por la vía correcta lo más pronto posible y domemos tu carácter rebelde.
– ¿Qué tienen intención de hacer? -preguntó Mary, esperando lo peor.
– Te hemos recibido en nuestra casa con simpatía y afecto, pero tú has rechazado desvergonzadamente ambas cosas. Sin embargo, a pesar de esta ingratitud que clama al cielo, Malcolm ha consentido en casarse contigo. La boda se celebrará dentro de pocos días.
– ¿Cómo?
Mary creyó que no había oído bien.
– Mi hijo y yo coincidimos en que solo abandonarás tu actitud renuente cuando seas su esposa y te sometas a los deberes que lleva consigo esa unión. Como joven señora del castillo de Ruthven, aprenderás a guardar las formas y a mostrarte obediente, tal como se espera de ti.
– Pero…
– Puedes protestar tanto tiempo y tan a menudo como quieras, pero no te servirá de nada. La fecha de la boda ya está fijada. Será solo una pequeña fiesta informal; al fin y al cabo, no queremos avergonzarnos de tu conducta. Pero luego serás Mary de Ruthven, y con ello, la esposa de mi hijo. Y si entonces aún se te ocurre infringir las reglas y las buenas costumbres de esta casa, sabrás quién soy yo. Vas a ser una esposa fiel y obediente para mi hijo, como se espera de ti. Le servirás y te someterás a él como su mujer. Y le darás un heredero que preserve y dé continuidad a las tradiciones de Ruthven.