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– ¿Y ni siquiera se me preguntará? -protestó Mary en voz baja.

– ¿Para qué? Eres una joven de origen distinguido. Ese es tu destino, para eso te has preparado durante toda tu vida. Conoces tus deberes, de modo que cumple con ellos.

Dicho esto, Eleonore se volvió, bajó la escalera y desapareció tras la estrecha curva. Mary oyó resonar sus pasos en los peldaños; como en trance, volvió a cerrar la puerta y corrió el cerrojo, como si de este modo pudiera defenderse del triste destino que la aguardaba.

La desesperación se apoderó de ella. Con la espalda apoyada contra la puerta, se dejó caer hasta el suelo y estalló en llanto.

Durante mucho tiempo se había dominado, había contenido sus lágrimas, pero ahora ya solo podía dar rienda suelta a su miedo, su dolor y su ira impotente.

¿Cómo la había llamado Eleonore? ¿Una joven de origen distinguido? ¿Por qué la trataban entonces como a una sierva? ¿Por qué la rebajaban a la menor oportunidad, por qué querían quebrantar su voluntad, por qué la perseguían por la noche por los oscuros pasillos de esta fortaleza fría y desolada?

Cuando Mary abandonó Egton, tenía malos presentimientos con respecto al futuro que la aguardaba. Los acontecimientos que se habían producido durante el viaje -el salvamento en el puente y el inesperado encuentro con Walter Scott- le habían dado esperanza, y durante un tiempo había creído efectivamente que todo podía mejorar.

¡Qué necia había sido!

Solo tendría que haber interpretado los signos para comprender que nunca, nunca, podría ser feliz en Ruthven.

Primero habían sido solo pequeñas cosas, comentarios y reprimendas que no habían llegado a dolerle realmente. Luego la habían censurado por sus opiniones y por su comportamiento con los sirvientes. Habían despachado a Kitty, su fiel doncella y amiga, y le habían quitado los libros que tanto amaba. Y como si eso no fuera suficiente, su futuro esposo había tratado de violarla la noche anterior.

Si la incorregiblemente optimista Kitty hubiera estado aún aquí, sin duda también ella habría tenido que reconocer que las cosas difícilmente podían empeorar.

Mary era una prisionera. Atrapada en una fortaleza, sin contacto con el mundo exterior y las pocas cosas que podían alegrar su vida. Su futuro esposo, al que no amaba ni respetaba, era un monstruo, y su madre parecía estar únicamente interesada en reprimir el espíritu libre de Mary y quebrantar su voluntad. Ambos estaban preocupados solo por preservar el buen nombre y las tradiciones de la casa de Ruthven, y Mary intuía que su persona les era totalmente indiferente; ella era solo un medio para conseguir un fin, un mal necesario que había que aceptar si querían un heredero que prosiguiera la tradición familiar.

En un mundo determinado por la avaricia y las ansias de poder, no había ningún lugar para sueños ni esperanzas, y Mary comprendió que tampoco sus sueños y esperanzas podrían sobrevivir aquí. De nuevo, las lágrimas brotaron de sus ojos y cayeron por sus delicadas mejillas. La desesperación le oprimía el pecho, y le costaba esfuerzo respirar.

Así se quedó, agachada en el suelo, durante un tiempo que le pareció eterno, sintiéndose miserable y desesperada. Hasta que en algún momento recordó las anotaciones de Gwynneth Ruthven. ¿No le había ocurrido a la joven algo parecido? ¿No había sido ella también una prisionera, una extraña entre personas que deberían haberle sido próximas?

La idea le proporcionó nuevos ánimos. Enérgicamente se secó las lágrimas, apartó la piedra suelta del muro y sacó la aljaba con los rollos de escritura.

Puesto que era lo único que podía distraerla de su desesperanzada situación, empezó de nuevo a leer y se sumergió en el legado de Gwynneth Ruthven, que había vivido hacía quinientos años.

Aquí, en este lugar…

4

La abadía de Dunfermline había sido fundada en torno al año 1070. Por encargo de la reina Margarita, monjes benedictinos habían erigido un priorato, que en 1128 había alcanzado el estatus de abadía y que había sido hasta entrada la Alta Edad Media un lugar de fe, educación y cultura.

La parte oeste de la gran iglesia, construida en clara piedra arenisca, se había conservado hasta los días de Walter Scott, mientras que el ala este había sido destruida en el curso de las turbulencias guerreras del Medioevo. Hacía solo unos pocos años que habían empezado a reconstruirla. El arquitecto William Burns, a quien sir Walter conocía personalmente, había recibido el encargo de llevar a cabo la construcción del edificio eclesiástico conforme al antiguo proyecto, un trabajo que en total había requerido tres años y que había llegado a su conclusión hacía solo unos pocos meses. En el curso de estos trabajos se había descubierto, en una cámara hacía tiempo cegada, la tumba del rey Robert I de Escocia, que había entrado en la historia bajo el nombre de Robert I Bruce.

– Realmente impresionante -dijo Quentin, mientras alzaba la mirada para contemplar el recién erigido campanario, una construcción maciza, de planta rectangular, coronada por una balaustrada de piedra. La inscripción «King Robert I Bruce» aparecía grabada en ella, de modo que el nombre del personaje cuyos restos albergaba la abadía de Dunfermline podía divisarse desde lejos.

– Sí, ¿verdad? -Sir Walter asintió con la cabeza-. En lugares como este el pasado está vivo, muchacho. Y tal vez esté también dispuesto a entregarnos alguno de sus secretos.

Entraron en la iglesia, no por la puerta frontal, sino por la nave lateral, cuyos muros estaban sostenidos por poderosos pilares. Desde su restauración, el templo aparecía de nuevo ante los ojos de los visitantes en todo su antiguo esplendor, y Quentin quedó muy impresionado por la habilidad de los antiguos maestros constructores y artesanos. El recinto eclesiástico, el corazón de los lugares sagrados, bordeado por una arcada de seis arcos soportados por lisas columnas cilíndricas, había sido erigido en otro tiempo por los maestros de Durham y era único en su estilo.

Quentin se encontraba a gusto en las iglesias. A sus ojos irradiaban una dignidad y una paz que difícilmente podía encontrarse en ningún otro lugar, como si la presencia de un poder superior velara para que entre estos muros no pudiera ocurrir nunca nada malo. En Dunfermline esta sensación era particularmente intensa; tal vez porque Margarita, la fundadora del monasterio, había sido una santa, pero tal vez también a causa del significado que aquel lugar tenía para todos los escoceses.

– Allá al fondo -susurró sir Walter, tirándole de la manga.

Con la cabeza humildemente inclinada, Quentin y su tío atravesaron la nave principal y se dirigieron hacia la estrecha escalera que conducía a la cripta. Sir Walter pasó primero, y los dos hombres llegaron a un espacio largo y estrecho, en cuya parte frontal se levantaba un pequeño altar consagrado a san Andrés, el santo protector de la nación escocesa. Ante el altar, flanqueado por docenas de velas encendidas, se encontraba el sarcófago del rey, un imponente sepulcro de madera, de más de un metro de altura y anchura, y el doble de longitud.

A pesar de su considerable antigüedad, el sarcófago estaba bien conservado; las imágenes y decoraciones talladas con que estaba adornado aún podían reconocerse. La cubierta incorporaba un relieve que mostraba al rey con su armadura completa, con la espada y el escudo de armas del león. A la luz vacilante de las velas, parecía que Bruce estuviera solo dormido y pudiera despertar en cualquier momento.

– De modo que aquí yace el rey -dijo Quentin, con la voz trémula de emoción-. Desde hace medio milenio.

– Al principio no estaban seguros de haber encontrado realmente la tumba del rey Robert -explicó sir Walter-. Pero luego se constató que el pecho del cadáver se había abierto, y recordaron que, según la tradición, el último deseo de Bruce fue que llevaran su corazón a Tierra Santa. Las fuentes afirman que el rey cargaba con una culpa de la que quería purificarse. Originalmente, él mismo había querido realizar el viaje a la Tierra Prometida, pero cuando vio que su salud no se lo permitiría, pidió a sus fieles que cumplieran por él este último deseo, para que su alma encontrara la paz.