– Eso es lo que temo -murmuró Quentin, aunque habló tan bajo que su tío no le oyó.
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– ¿Y estáis completamente segura de que habéis vivido todo esto, de que no ha sido solo una pesadilla?
– Era real -aseguró Gwynneth Ruthven. Solo el recuerdo de los acontecimientos que se habían desarrollado en los sombríos calabozos del castillo la hizo estremecer-. Tan real como vos y como yo, padre.
El padre Dougal, un joven monje premonstratense que había sido enviado a Ruthven por su monasterio para asistir espiritualmente al señor del castillo y a los suyos, le dirigió una mirada inquisitiva. Por su expresión podía verse que el relato de la joven le había impresionado profundamente. ¿Era posible que Duncan Ruthven fuera miembro de una hermandad pagana? ¿Y además de una que se había planteado como objetivo la eliminación de la religión cristiana y la reintroducción de los antiguos dioses?
Dougal no era un estúpido. Sabía perfectamente que con la implantación de la doctrina cristiana el paganismo no había sido, ni con mucho, vencido. Aunque la mayoría de los príncipes de los clanes se habían convertido con sus familias, la superstición que creía en los espíritus de la naturaleza, en la magia negra y blanca, y también en los signos rúnicos, a los que se atribuía una significación secreta, se mantenía tenazmente en muchas comarcas. También Dougal había creído en ella en otro tiempo, y aunque luego había encontrado la verdadera fe, una parte en él todavía temía su poder. Druidas, sociedades secretas y signos retorcidos: todas esas cosas le inspiraban miedo, y ahora se enteraba de que estaban actuando muy cerca.
– Si estáis en lo cierto, lady Gwynneth, entonces…
– ¿Qué razón podría tener para mentiros? Soy la hermana del príncipe. ¿No podéis dar crédito a mis palabras?
– Me gustaría hacerlo -aseguró el monje, bajando la cabeza avergonzado-; pero quiero ser franco con vos. Fuisteis vista en compañía de una persona que hace que vuestras palabras parezcan, al menos, dudosas. No quiero decir que no os crea, pero el hecho de que vos misma estéis mezclada en las actividades de que acusáis a Duncan Ruthven no contribuye a disminuir mis dudas.
– ¿De qué estáis hablando? -preguntó Gwynn, y entonces lo comprendió: la vieja Kala. Debían de haberlas visto juntas, y al parecer rápidamente había corrido la voz de que se encontraba con ella fuera de los muros del castillo.
– Ya sé lo que se dice sobre esa mujer, padre -explicó Gwynn-, pero puedo aseguraros que nada de ello es cierto. También ella está versada en los secretos de las runas y sabe cosas cuyo conocimiento se ha perdido hace tiempo para los demás; pero Kala no está del lado de la hermandad, y tampoco está en absoluto interesada en invocar de nuevo la era oscura. Sabe que su tiempo está llegando al final, y os considera a vos y a vuestros hermanos los continuadores de la tradición de los magos blancos.
– ¿Los magos blancos? ¿Cómo debo entender eso?
– Kala dice que en otro tiempo había dos tipos de expertos en runas: los que se ocupaban de las runas claras y luminosas y las utilizaban en beneficio de los hombres, y también los otros, que hacían un mal uso de la fuerza de las runas para alcanzar el poder y la fama y destruir el orden existente. Como el misterioso druida y su hermandad, que han atraído a sus filas a mi hermano Duncan.
– ¿Habéis intentado hablar de ello con vuestro hermano?
– No. En las últimas semanas y meses se ha ido alejando cada vez más de mí. Temo que pueda traicionarme a los demás conjurados, y de este modo no se conseguiría nada.
– De manera que se trata de una conjura -resumió Dougal, sofocado, y Gwynneth pudo ver que, bajo su basta cogulla de lana gris, el monje temblaba de inquietud-. Una conjura con el objetivo de arrebatar el poder a William Wallace y entregarlo al enemigo.
– Y los hermanos de las runas no se darán por satisfechos con eso. A continuación, la espada sobre la que pesa el hechizo pasará a posesión del joven conde de Bruce, que debe ser nombrado jefe en la asamblea de los nobles. Así quieren facilitar su victoria sobre el enemigo y coronarlo rey; pero Robert siempre se encontrará bajo el influjo de los hermanos de las runas. Hará lo que exijan de él, y les he oído decir que quieren eliminar la cruz de la faz de esta tierra.
El padre Dougal palideció. Con la cara demacrada y la cabeza rasurada, la fina barba rubia y los cercos oscuros en torno a los ojos, el monje ya no tenía habitualmente un aspecto muy saludable; pero ahora parecía haber envejecido años. Sacudiendo la cabeza y mirando al suelo, permaneció ante Gwynneth Ruthven tratando de captar todo el sentido de sus palabras.
– ¿Me creéis ahora? -preguntó la joven ansiosamente. El padre Dougal era el único al que podía dirigirse en su tribulación. Si aquel hombre no confiaba en ella o incluso la traicionaba ante su hermano, todo estaría perdido.
– Os creo -le aseguró el religioso, y Gwynn respiró aliviada-. De todos modos, no estoy seguro de que hayáis elegido al hombre correcto para confiaros, lady Gwynneth. Solo soy un sencillo monje. ¿Cómo podría ayudaros yo?
– Haciendo llegar una advertencia a William Wallace. Según he oído, actualmente se encuentra escondido en un monasterio para recuperarse de sus heridas; de modo que podríais hacerle llegar una nota a través de vuestros hermanos de fe.
– Es cierto, sí.
– Entonces ¿puedo contar con vos, padre?
Dougal le dirigió una mirada intensa, y por un breve instante a Gwynn le pareció que no la miraba con los ojos de un monje, sino con los de un hombre joven. Finalmente asintió con la cabeza, y en sus rasgos pálidos y demacrados se dibujó una tímida sonrisa.
– Os ayudaré, lady Gwynneth -prometió-. En el tiempo que he pasado aquí, en el castillo de Ruthven, habéis sido siempre una hija fiel de la Iglesia, de modo que no quiero dar crédito a los rumores que corren sobre vos. Me pondré inmediatamente en camino para ir a ver a mis hermanos. Sir William debe conocer el peligro que le amenaza.
– Os lo agradezco, padre Dougal -le aseguró Gwynn en un susurro-. Y por favor, tened cuidado.
Dicho esto, abandonó el confesionario y la capilla del castillo de Ruthven, y volvió apresuradamente a sus aposentos, dirigiendo continuas miradas alrededor para asegurarse de que nadie la seguía. Pero aunque Gwynneth no pudo ver a nadie, había un testigo de su conversación con el padre Dougal.
Desde que Duncan Ruthven se encontraba bajo la influencia de la hermandad, el castillo de Ruthven se había convertido en un lugar donde reinaban la desconfianza, la mentira y las intrigas. Espías al servicio del druida y de su secta acechaban en todos los rincones, y las paredes tenían ojos y oídos; uno de estos espías había escuchado la conversación entre Gwynneth Ruthven y el padre Dougal.
Gwynneth no tardó en recibir una visita en su habitación. Cuando abrió la puerta y vio a su hermano, se alegró, porque hacía mucho tiempo que no hablaban. Pero entonces vio a los hombres que iban con éclass="underline" dos guardias armados y, además, un hombre cuya edad resultaba imposible precisar. El cabello gris le llegaba hasta los hombros, y una barba enorme y espesa le crecía en la cara. Sus ojos la observaban fijamente bajo unas cejas negras. Tenía una mirada fría y siniestra, una nariz ganchuda, afilada como un cuchillo, y una boca que era solo una delgada raja. Gwynn no recordaba haber visto nunca a aquel hombre; hasta que se agachó para entrar con Duncan en la habitación.
En ese momento, la figura encorvada y el paso algo cansino del extraño le resultaron familiares: era el druida, el jefe de la hermandad. Gwynn hizo un esfuerzo para no dejar ver su desconcierto. Forzándose a conservar la calma, esperó a que Duncan y su acompañante hubieran entrado. La puerta se cerró suavemente, y los dos guardias se quedaron fuera.
– ¿Cómo estás, hermana? -preguntó Duncan en tono receloso. Gwynn intuyó que la conversación no iba a ser fácil.