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– Mamá, tal vez Serena tenga razón -dijo-. Si las recortaras un poco…

Carole lo miró.

– Te estás entrometiendo.

Joel sintió como si le diera una bofetada.

– Lo siento.

– Gracias. Sigue, Serena. Hazme el resto.

Serena frunció la boca y reanudó el trabajo. La verdad era que a ella le traía sin cuidado que una loca insistiera en pegarse unas uñas donde quisiera pegárselas. El producto final era el mismo: dinero en su bolsillo.

Carole observó y asintió con aprobación mientras le ponían la segunda serie de uñas inútiles. Centró su atención en Joel y le señaló un pequeño taburete acolchado que había cerca.

– Ven y siéntate -dijo-. Cuéntame todo lo que ha pasado desde la última vez que te vi. ¿Por qué has tardado tanto en volver? Oh, estoy tan contenta de verte. Y muchas gracias por los regalos.

– Son de parte de todos, mamá -le dijo Joel.

– Pero los has comprado tú, ¿verdad? Los has elegido tú, Joel.

– Sí, pero…

– Lo sabía. Llevan tu sello. Tu sensibilidad. Tú. Ha sido todo un detalle y quería decirte… Bueno, esto es un poco más difícil, me temo.

– ¿El qué? -preguntó Joel.

Carole miró a derecha e izquierda y sonrió con picardía.

– Joel, muchas gracias por no traer contigo a ese niño sucio esta vez. Ya sabes a quién me refiero. A tu pequeño amigo con la nariz llena de mocos. No quiero ser cruel, pero me alegro de no verle. Empezaba a sacarme de quicio.

– ¿Te refieres a Tobe? -preguntó Joel-. Mamá, es Toby.

– ¿Así se llama? -preguntó Carole Campbell con una sonrisa-. Bueno, da igual, cielo. Estoy contentísima de que hoy hayas venido solo.

Capítulo 25

Lo que Joel no había tenido en cuenta en su planificación cuidadosa era que él y sus hermanos habían dejado de formar parte de la masa anónima de niños y adolescentes londinenses que viven su vida a diario: dentro y fuera de la escuela, practicando deporte, haciendo los deberes, flirteando, chismorreando, comprando, paseando, con un móvil pegado a la oreja o leyendo absortos los mensajes de texto entrantes, bombardeándose la cabeza con música por medio de aparatos electrónicos fascinantes… En un Londres corriente, Joel habría sido uno más. Pero no vivía en un Londres corriente. Así que cuando tomó la decisión de coger el tren para ir a ver a su madre, no logró hacerlo como él habría deseado.

En parte fue porque había ido al hospital con Toby, cuya no asistencia al colegio había sido comunicada de inmediato. Pero en parte también fue porque, al estar bajo vigilancia rigurosa desde su breve encuentro con la Policía de Harrow Road y debido a un mensaje de Fabia Bender, su propia no asistencia al colegio se notificó debidamente. Ambos avisos desencadenaron una llamada a su tía.

Como habían desaparecido los dos hermanos, Kendra no concluyó precipitadamente que Joel se había involucrado en algo arriesgado o ilegal. Sabía que su sobrino mayor nunca pondría en peligro la seguridad de Toby. Pero un asesino en serie estaba acechando a chicos jóvenes de la edad de Joel y, puesto que los dos últimos eran del norte de Londres, Kendra no pudo evitar que sus pensamientos fueran ineludiblemente en esa dirección, igual que había sucedido cuando Joel desapareció durante dos noches.

No llegó a esa conclusión de inmediato, sino que hizo lo que cualquier mujer habría hecho cuando la informan de que sus chicos no están donde se supone que tienen que estar. Llamó a casa para ver si se habían saltado las clases para ver películas de vídeo; llamó al centro infantil por si se daba el caso improbable de que se hubieran pasado por allí; llamó al Rainbow Café para comprobar si por un casual Dix se los había llevado a trabajar con él por alguna razón; al final, le entró el pánico. Cerró la tienda benéfica y salió en su búsqueda. Después de recorrer calles y atravesar barrios de viviendas de protección oficial, se acordó de Ivan Weatherall y también le llamó, en vano. Aquello hizo que el pánico se intensificara, y en ese estado se dirigió al Rainbow Café.

Dix no compartió su preocupación, al menos en parte. Hizo que se sentara con una taza de té y, como no era tan optimista como Kendra respecto a la posibilidad de que Joel hubiera metido a su hermano en un lío, llamó a la Policía de Harrow Road. Dos chicos habían desaparecido, les dijo cuando supo que Joel no estaba detenido por ninguna fechoría desconocida hasta el momento. Y con los asesinatos en serie…

El agente al otro lado de la línea le interrumpió: los chicos no llevaban desaparecidos ni veinticuatro horas, ¿verdad? Hablando claro, la Policía no podía hacer nada hasta que estuvieran desaparecidos más tiempo.

Así que, a continuación, Dix llamó a New Scotland Yard, donde se había centralizado la investigación de los asesinatos en serie. Pero tampoco tuvo suerte. Estaban recibiendo un aluvión de llamadas de padres cuyos hijos no llevaban más tiempo desaparecidos que unas horas. New Scotland Yard no estaba equipado para organizar una batida por dos chicos que sólo habían hecho novillos.

A Dix no le quedaba más remedio que seguir el ejemplo de Kendra. Dejó el trabajo a su atribulada madre y se cambió de ropa. Tenía que formar parte de la búsqueda, le explicó mientras le entregaba el delantal.

Su madre no hizo ningún comentario. Miró a Kendra, intentó mantener el rostro impasible, maldijo el día que su hijo había caído en las garras de una mujer con quien no podía construir un futuro convencional y se puso el delantal grande de Dix. «Ve», le dijo.

Fue Dix quien sugirió el hospital donde Carole Campbell estaba ingresada. ¿Podían haber ido los chicos allí?

Kendra no veía cómo. No tenían dinero para el autobús y el tren. Pero llamó de todas formas, y así fue como Dix D'Court acabó esperando en la estación de Paddington cuando Toby y Joel se bajaron unas horas después.

Había esperado todos los trenes. Se había saltado el entrenamiento. Cuando los chicos aparecieron, ya tenía un hambre atroz, pero no estaba dispuesto a contaminar su cuerpo con nada de lo que vendían en la estación. Por lo tanto, estaba muy frustrado y enfadado. No haría falta demasiado para que estallara, independientemente de sus intenciones anteriores.

Cuando Joel vio a Dix al otro lado de la barrera, percibió que estaba tan tenso como un muelle. Sabía que se había metido en un lío, pero no le importaba. Consideraba que todas sus opciones se habían esfumado, así que el hecho de que Dix D'Court estuviera cabreado con él era un pequeño pliegue en la sábana permanentemente arrugada de su vida.

Toby caminaba detrás de él, principalmente enzarzado en una conversación con la calcomanía de una araña que el anterior propietario del monopatín había pegado en él. No vio a Dix hasta que lo tuvieron encima, hasta que Joel dijo:

– ¡Eh! Suéltame el brazo, tío.

Entonces, Toby levantó la cabeza y dijo:

– Hola, Dix. Mamá quería unas uñas. Yo me he comido una bolsa de patatas. Parecía que había nevado en todas partes, pero no.

Dix condujo a Joel fuera de la estación. Toby los siguió. Joel continuó protestando, pero Dix no dijo nada. El más pequeño agarró del brazo a su hermano mayor, necesitaba el consuelo de algo sólido que representara algo que comprendiera.

En el coche, Dix metió a los dos niños en el asiento trasero. Mirando por el retrovisor, le dijo a Joeclass="underline"

– ¿Sabes en qué estado está tu tía? ¿Hasta dónde imaginas que va a aguantar?