Fabia esperó a que dijera más. De momento, Ruma no estaba contándole nada que no supiera ya.
Ruma exhaló. La verdad era que no estaban llegando a ninguna parte, dijo.
– Estaba pensando en un enfoque distinto, un grupo, por ejemplo -ofreció-. Otras chicas que hayan vivido lo mismo. Sabe Dios que tenemos docenas.
– Pero… -la animó a continuar Fabia. Veía que había más. Ruma aún no había aprendido a ocultar sus propósitos a través de una entonación cuidadosa.
– Pero he hecho algunas averiguaciones y hay información… -Ruma dio unos golpecitos en la carpeta con las uñas, bien arregladas, uniformes, manicura francesa-. Creo que el asunto es más complicado de lo que parece. ¿Tienes tiempo…?
Nunca había tiempo suficiente, pero Fabia estaba intrigada. Le caía bien Ruma, sabía que la joven tenía buenas intenciones y admiraba el modo incansable en que buscaba todas las vías posibles para sus pacientes, por muy ineficaces que resultaran sus esfuerzos. Donde había aliento, había vida. Si había vida, había esperanza. Había filosofías peores para alguien que hubiera elegido la profesión de orientar a desventurados, pensó Fabia.
Se retiraron al despacho de Fabia en cuanto el café terminó de hacerse y la asistente social se sirvió una taza. Allí, Ruma compartió la información que había averiguado.
– Sabes que la madre está en un hospital psiquiátrico, ¿verdad? -empezó Ruma. Después de que Fabia asintiera con la cabeza, añadió-: ¿Qué sabes de la razón por la que está ahí?
– Depresión posparto no resuelta es lo que tengo yo -le dijo Fabia-. Lleva años entrando y saliendo, tengo entendido.
– Prueba con psicosis -dijo Ruma-. Prueba con depresión posparto psicótica severa. Prueba con intento de asesinato.
Fabia dio un sorbo al café, mirando a Ruma por encima del borde de la taza. Examinó a la joven, no percibió emoción alguna en su voz y aprobó su nivel de profesionalidad.
– ¿Cuándo? ¿De quién? -preguntó.
– Dos veces. En una ocasión pudieron impedirle, justo a tiempo, al parecer, que lanzara a su hijo menor por la ventana de un tercer piso. Era el piso donde vivían, en Du Cane Road. En East Acton. Una vecina estaba con ella y llamó a la Policía en cuanto le quitó al niño. En otra ocasión dejó el cochecito del mismo niño delante de un autobús y salió corriendo. Perdió el juicio, evidentemente.
– ¿Cómo se determinó?
– Por el historial y un reconocimiento.
– ¿Qué clase de historial?
– Has dicho que lleva años entrando y saliendo. ¿Sabías que está así desde los trece?
Fabia no lo sabía. Era algo que tener en cuenta.
– ¿Algún detonante?
– Algunos. Su madre se suicidó justo tres semanas después de salir también de un psiquiátrico. Esquizofrenia paranoide. Carole estaba con ella cuando se tiró al metro en la estación de Baker Street. Tendría unos doce años.
Fabia dejó la taza en la mesa.
– Tendría que haberlo sabido -dijo-. Tendría que haberlo averiguado.
– No. No te lo digo por eso -dijo Ruma rápidamente-. Y, de todos modos, ¿hasta dónde se supone que tienes que ahondar? No es tu trabajo.
– ¿Y el tuyo sí?
– Soy yo quien intenta conseguir el gran avance. Tú sólo intentas mantener las piezas unidas.
– Estoy poniendo tiritas cuando hace falta una operación.
– Nadie lo sabe hasta que llega el momento de saberlo -dijo Ruma-. En cualquier caso, lo que quiero decir es lo siguiente.
No hacía falta que lo dijera.
– ¿Crees que Ness está cayendo en una psicosis? ¿Como su madre?
– Es posible, ¿no? Y aquí viene lo interesante: Carole Campbell intentó matar a su hijo menor porque creía que había heredado la enfermedad. No sé por qué, porque era un bebé, pero lo señaló a él. Como una perra que repudia a su cachorro recién nacido porque sabe que algo le pasa. Se lo dice su instinto.
– Entonces, ¿estás diciendo que esto es heredado?
– Es la vieja historia de la naturaleza y la crianza. La predisposición se hereda. Mira. Se trata de un trastorno del cerebro: las proteínas no hacen lo que tendrían que hacer. Una mutación genética. Eso prepara el terreno para la psicosis. El entorno de la persona se encarga de hacer el resto.
Fabia pensó en Toby, en lo que había visto y oído, y en cómo la familia había tratado de protegerle, en todo lo que habían hecho desde el principio para impedir que fuera examinado por alguien que pudiera precisar una enfermedad que anunciara un sufrimiento para él.
– Está claro que al pequeño le pasa algo. Es evidente.
– Hay que hacerles pruebas a todos. Debe examinarlos un psiquiatra. Hay que elaborar una historia genética. Lo que digo es que mi idea de que Ness entre en una terapia de grupo es una gilipollez. Si va de camino a una crisis psicótica…
– Si ya la tiene -ofreció Fabia.
– O si la está atravesando, entonces hay que tratarla antes de que ocurra algo más.
Fabia estaba de acuerdo. Pero se preguntó cómo iba a tomarse Ness -que se mostraba poco comunicativa y dispuesta a colaborar en las sesiones con un terapeuta- que un psiquiatra sometiera su mente a pruebas de una u otra índole. Bien no, decidió.
Así que lo indicado era una visita al juez. Lo que Fabia y Ruma no podían provocar en la chica, sin duda se produciría si el juez se lo ordenaba. Y más que una orden: la opción entre colaborar o encerrarla. La mera amenaza de aumentar las horas de servicios comunitarios apenas surtiría efecto en la chica.
– Déjame hablar con algunas personas -dijo Fabia.
Ivan Weatherall, que no era idiota ni estúpido, había juntado deprisa una serie de piezas del rompecabezas de Joel Campbell en cuanto recibió la llamada de Kendra. La mayoría de estas piezas tenían que ver con el talento de Joel y con «Empuñar palabras y no armas», pero algunas estaban relacionadas con el intento de atraco en Portobello Road. Esto, había concluido ya, era tan atípico en el chico que sólo podía explicarlo un caso de identificación errónea. Si se añadía la rápida puesta en libertad de Joel, no parecía que hubiera otra respuesta.
Pero la llamada de Kendra le había obligado a plantearse la posibilidad de que existiera un Joel que él no conocía. Sabía que toda moneda tenía dos caras -un cliché espantoso, pero que para Ivan tenía una aplicación evidente en este caso en particular-, con lo que parecía razonable que Joel hubiera ocultado una parte de sí mismo a su mentor, y lo cierto era que los hechos respaldaban esta conclusión.
Ivan no conocía las relaciones de Joel con el Cuchilla. En cuanto a las personas menos sanas que poblaban North Kensington, sólo sabía que Joel se había codeado metafóricamente con Neal Wyatt. Y Neal era alguien a quien Ivan, erróneamente, consideraba problemático, pero no esencialmente peligroso. Así que si bien comprendía que algo preocupante se cocía dentro de Joel, pensó que tenía que ver con su casa y no con las calles.
Lo que sabía era esto: el novio de la tía vivía con ellos; el padre estaba muerto; la madre no estaba; la hermana había sido sentenciada a servicios comunitarios; el hermano menor era…, bueno, bastante extraño. Los cambios de hogar, de colegio, de compañeros eran difíciles de soportar para cualquiera. ¿Sorprendía que, de vez en cuando, Joel perdiera su capacidad de sobrellevar la situación? Tal como veía las cosas Ivan, Joel era un buen chico. Por lo tanto, cualquier posibilidad de problemas graves seguro que podía cortarse de raíz si los adultos de su vida se ponían de acuerdo en cómo tratarle.
El propio Ivan había crecido bajo el control firme pero afectuoso de sus padres. De manera que lo que se requería era firmeza, concluyó. Firmeza, justicia y sinceridad.