– Eso -dijo Kendra con aspereza- es porque soy mayor. Diecisiete años. Me he casado dos veces.
– Dos estúpidos que te dejaron escapar, entonces.
– No fue su intención.
– ¿Qué pasó?
– Uno murió y el otro robó un coche. Está en Wandsworth. Me dijo que tenía un negocio de repuestos. Pero yo no sabía de dónde venían esos repuestos.
– Vaya. ¿Y el otro? ¿Cómo mu…?
Kendra levantó la mano.
– No voy a entrar en eso -dijo.
Él no la presionó, simplemente dijo:
– Complicado. Has tenido experiencias complicadas con los hombres. No me gusta.
– Bien por ti. Eso no cambia las cosas conmigo.
– ¿Y cómo son las cosas?
– Atareadas. Una vida. Tres niños de los que intento hacerme cargo y una carrera que intento conseguir que despegue. No tengo tiempo para nada más.
– ¿Y cuando necesitas un hombre? ¿Lo que un hombre puede darte?
– Existen formas -dijo-. Piénsalo.
El hombre se cruzó de brazos y se quedó callado.
– Solitaria -dijo al fin-. Placer, sí. Pero ¿cuánto dura? -Y antes de que pudiera contestar, añadió-: Pero si así es como quieres que sea, tengo que aceptarlo y seguir adelante. Así que… -Repasó el trastero con la mirada como si buscara algún tipo de pasatiempo. Dijo-: Vas a cerrar, ¿verdad? Ven conmigo; conocerás a mi madre y a mi padre. El Rainbow Café, como te he dicho. Mi madre me tiene preparado un batido de proteínas, pero imagino que te hará un té.
– ¿Así de fácil? -dijo Kendra.
– Así de fácil -contestó Dix-. Coge el bolso. Vamos. -Sonrió-. Mi madre sólo es tres años mayor que tú, así que te caerá bien, imagino. Tenéis cosas en común.
El comentario le hirió en el alma, pero Kendra no tenía ninguna intención de picar. Empezó a caminar hacia la tienda, donde tenía el bolso guardado debajo del mostrador. Pero Dix no se movió. Estaban frente a frente.
– Qué guapa eres, joder, Kendra -dijo. Le puso la mano en la nuca. Utilizó una presión suave. Se suponía que ella debía lanzarse a sus brazos y lo sabía.
– Acabas de decir… -dijo.
– He mentido. No sobre mi madre. Sino sobre dejarlo estar. No tengo intención de hacerlo.
La besó. Kendra no se resistió. Cuando la llevó a la trastienda, lejos de la puerta, tampoco se resistió. Quería hacerlo, pero ese deseo y todas las precauciones que lo acompañaban gimoteaban inútilmente desde su cerebro. Mientras tanto, su cuerpo decía otra cosa, contaba una historia sobre el tiempo que había pasado, sobre lo bien que la hacía sentir, sobre lo insignificante que era, en realidad, echar un polvo rápido sin ninguna atadura. De todas formas, su cuerpo le decía que todo lo que Dix había comentado sobre sus intenciones con ella era mentira. Tenía veintitrés años y a esa edad los hombres sólo quieren sexo -la penetración ardiente y el orgasmo satisfactorio- y harían y dirían lo que fuera para conseguirlo. Así que no importaba cómo evaluara la situación entre ellos, lo que en realidad quería era otra muesca en su cinturón, la seducción llevada a una conclusión satisfactoria. Todos los hombres eran así, y él era un hombre.
Así que se dejó llevar por el momento, nada de pasado y nada de futuro. Abrazó el ahora.
– Oh, Dios mío -dijo jadeando, cuando por fin conectaron.
Era todo lo que su cuerpo había prometido que sería: muslos musculosos y demás.
El hecho de que Six y Natasha no estuvieran más cerca de su sueño de poseer un teléfono móvil que la noche en que Ness las conoció fue lo que provocó la grieta inicial en la relación entre las tres chicas. Esta grieta se ensanchó cuando el Cuchilla le dio a Ness el aparato electrónico más desquiciante de finales del siglo xx. El móvil, le dijo, era para que lo llamara si alguien la molestaba cuando no estaba con él. Nadie, dijo, iba a meterse con su mujer, y si alguien lo hacía tendría noticias suyas enseguida. Podía llegar deprisa a ella estuviera donde estuviera, así que no tenía que dudar en llamarle si le necesitaba.
Para una niña de quince años como Ness, estas declaraciones -a pesar de estar hechas sobre un futón con manchas cuestionables en un piso sucio sin electricidad ni agua corriente- parecían una prueba indudable de devoción; no parecían lo que eran en realidad, una prueba de las intenciones del Cuchilla: controlarla y tenerla a mano cuando quisiera. Six, que tenía mucha más experiencia en el campo de las relaciones insatisfactorias y estaba mucho mejor informada sobre las costumbres del Cuchilla -puesto que había crecido en la misma zona de North Kensington que él- recibió todo lo que Ness decía sobre el hombre con recelo, por no decir rotundo desdén. Estas reacciones se intensificaron cuando el móvil hizo acto de presencia en la vida de Ness.
Aquella tarde en concreto, las chicas se habían aventurado a ir más allá de Whiteley's. Estaban en Kensington High Street, donde se entretuvieron primero probándose ropa en Top Shop, luego hurgaron en los estantes de los jerséis de fuera de temporada de H &M y, al final, se adentraron en otra tienda más de Accessorize, donde el plan era mangar unos pendientes.
Six destacaba en esta actividad, y Ness no le iba a la zaga. Natasha, sin embargo, tenía muy poco talento en el terreno de la prestidigitación y era tan torpe como desgarbada. Normalmente, se encargaba de las maniobras de distracción, pero este día decidió unirse a la acción.
– ¡Tash! -le dijo Six entre dientes-. ¡Haz lo que tienes que hacer! Me estás cabreando, tía.
Pero no logró dar la vuelta a las intenciones de Natasha. La chica fue al expositor de zarcillos y lo tiró al suelo justo cuando Six intentaba meterse tres pares de pendientes de cristal chabacanos en el bolsillo.
El resultado fue que echaron a las tres chicas del local. Allí, delante de la tienda y a plena vista de la muchedumbre que pasaba por High Street, dos guardias de seguridad obesos, que parecieron materializarse del éter comercial del local, las pusieron contra la pared y les sacaron fotografías con una vieja Polaroid. Las fotos, informaron a las chicas, se colocarían junto a la caja. Si alguna vez volvían a entrar en la tienda… No hacía falta decir más.
A Six todo aquel asunto la puso de los nervios. No estaba acostumbrada a un trato tan humillante: no estaba acostumbrada a que la pillaran. Y no la habrían pillado si a la exasperante de Natasha no se le hubiera metido en la cabeza que quería birlar algo de la tienda.
– Joder, Tash, eres tonta del culo -dijo Six, pero decirle eso a Natasha no le proporcionó la satisfacción que deseaba. Buscó otro foco. Ness era el objetivo lógico.
Six se dirigió a por ella indirectamente. Como la mayoría de la gente que es incapaz de evaluar su propio estado emocional, reemplazó lo que sentía por algo menos aterrador. La falta de dinero era un sustituto adecuado para la falta de un propósito en la vida.
– Hay que conseguir pasta -dijo-. No podemos confiar en mangar cosas y venderlas. Vamos a tardar una eternidad.
– Sí -dijo Tash, fiel a su posición de estar siempre de acuerdo con lo que dijera Six. No preguntó para qué necesitaban el dinero. Six tenía sus razones para todo. El dinero siempre era útil, en especial cuando los camellos que repartían en bici no estaban dispuestos a arriesgarse a arañar un poco de material de las bolsas de marihuana por ver realizada la fantasía sexual que pudieran tener.
– ¿Y cómo vamos a conseguirla?
Six hurgó en su bolso y sacó un paquete de Dunhills que acababa de robar en un estanco de Harrow Road. Cogió uno, sin ofrecer el paquete a las otras dos chicas. No tenía ni cerillas ni mechero, así que paró a una mujer blanca con un niño en un cochecito y le exigió algo «para encender este piti». La mujer dudó, la boca abierta pero las palabras atascadas.
– ¿Me has oído, zorra? -le dijo Six-. Necesito que me des fuego, coño, y espero que lleves algo en ese bolso que me sirva.