Por desgracia, su conclusión resultó ser demasiado optimista.
Así que el efecto que Kendra quería que tuviera la visita a Carole Campbell sí se produjo, aunque sobre el hermano equivocado. Ese día Ness fue a la suya y se reunió con Joel y Toby cuarenta y dos minutos más tarde de la hora que había dicho y de un humor tan hosco que Joel supo que su tarde había sido menos satisfactoria de lo que la chica había planeado, mientras que fue Joel quien vio cómo se intensificaban sus temores por dónde podrían acabar viviendo los Campbell en el futuro.
El «¿Y cómo está la vieja puta?» de Ness no mejoró las cosas, ya que la pregunta y la manera de formularla no invitaban a mantener una conversación cordial. Joel quiso contarle la verdad sobre la visita a su madre: Carole no había reconocido a Toby; pensaba que su padre seguía vivo; existía en un plano tan etéreo que estaba más allá de la capacidad de él de conectar con ella. Pero no pudo expresarlo con palabras. Así que simplemente dijo:
– Tendrías que haber ido.
A lo que Ness respondió:
– Que te den. -Y se marchó con aire orgulloso en dirección a los autobuses.
En casa, cuando Kendra preguntó cómo había ido la visita, Joel dijo que perfecto, bien, que Carole incluso había trabajado un poco en el invernadero del hospital.
– Mamá ha preguntado por ti, tía Ken -dijo, y no logró entender por qué su tía no pareció alegrarse de escuchar esa mentira.
Tal como Joel veía las cosas, Kendra debía interpretar la presunta mejora de Carole como un indicio de que los Campbell no necesitarían vivir permanentemente con ella. Pero Kendra no pareció alegrarse en absoluto, lo que hizo que Joel sintiera que se le agarrotaban las entrañas y buscara un modo de suavizar el golpe que le había asestado accidentalmente. Pero antes de que se le ocurriera algo, Dix lo llevó aparte.
– No es por ti, colega -le dijo-. Es por Ness. ¿Cómo se ha tomado ver a tu madre? -Una pregunta que Joel sabía que era mejor no contestar.
Dix miró a Ness, que le devolvió la mirada. Su postura, la expresión de su cara e incluso su modo de respirar hinchando las ventanas de la nariz, todos esos gestos sirvieron para desafiarle. Sabiamente, Dix se negó a aceptar el reto. Así que cuando veía la posibilidad de que Ness estuviera en casa, él se ocupaba de sus asuntos: iba al gimnasio, se reunía con sus patrocinadores, se preparaba para su siguiente competición con una determinación renovada, compraba sus comidas especiales, cocinaba sus platos especiales.
Durante varias semanas, por lo tanto, la vida avanzó a trancas y barrancas en una dirección que un observador indiferente habría llamado normal. Fue en Harrow Road donde se rompió la paz precaria de la existencia familiar. Joel iba de camino a recoger a Toby al centro de aprendizaje, al que asistía regularmente pese a las vacaciones de verano. Acababa de doblar la esquina de Great Western Road cuando vio una acción perturbadora al otro lado de la calle, detrás de la barandilla que flanqueaba la acera e impedía cruzar a los transeúntes. Allí, un personaje del barrio, conocido como Bob, el Borracho, estaba sentado en su silla de ruedas en uno de sus lugares habituales, justo a la izquierda de la puerta de una licorería y debajo de una ventana en la que se anunciaba una oferta especial de vino español. Agarraba una bolsa de papel contra su pecho, la mano en torno al inconfundible cuello de una botella. Profería su grito habitual de «¡Oy! ¡Oy!», pero esta vez en lugar de chillar al tráfico, dirigía su exclamación a un grupo de chavales que estaban acosándolo. Un chico había cogido los mandos de la silla de ruedas y le daba vueltas mientras los otros arremetían contra él, para intentar arrebatarle la bolsa. Bob, el Borracho, serpenteaba de un lado a otro en su silla mientras los chicos lo giraban y zarandeaban. Era evidente que deseaban que se agarrara a los brazos de la silla y, por lo tanto, soltara la bolsa, lo que, además de acosarle, era su objetivo. Pero era obvio que Bob, el Borracho, conocía sus intenciones. La bolsa era su prioridad. Había dedicado la mayor parte del día a gorrear suficiente dinero de los transeúntes para comprar la bebida y no iba a entregársela a un grupo de chicos, por muy peligrosos que fueran.
Así pues, los chicos le daban vueltas, sus carcajadas e insultos casi ahogaban los gritos del anciano. Nadie salió de ninguna de las tiendas, puesto que en Harrow Road la prudencia sugería desde hacía tiempo que uno debía cuidarse de su negocio antes que del negocio de cualquiera que sufriera las maldades de los gamberros del barrio. Varias personas pasaron por la acera mientras los chicos se metían con Bob, el Borracho. Pero nadie dijo ni una palabra, salvo una anciana que agitó un bastón delante de ellos, pero que se alejó deprisa en cuanto uno de los chicos intentó quitarle el bolso.
Desde donde estaba, Joel vio que Bob, el Borracho, estaba deslizándose silla abajo. En cuestión de momentos, el anciano acabaría en la acera, y había pocas probabilidades de que pudiera defenderse desde allí. Buscar a derecha e izquierda a un policía no cambió las cosas, porque nunca había policía alguno cerca cuando se le necesitaba, y siempre lo había cuando nadie hacía nada. Joel no albergaba ningún deseo de ser un héroe, pero sin embargo gritó:
– ¡Eh! Dejad en paz a ese tío, colegas. Es un tullido.
Uno de los chicos levantó la vista momentáneamente para ver quién se atrevía a estropear la diversión al grupo.
– Maldita sea -murmuró Joel, cuando vio quién era.
Neal Wyatt y él se cruzaron las miradas. La expresión que apareció en el rostro de Neal era perfectamente legible, a pesar de sus rasgos medio congelados. Mirando hacia atrás, dijo algo a su banda, y los chicos dejaron de acosar a Bob, el Borracho, de inmediato.
Joel no fue tan estúpido como para pensar que este cese de la actividad tenía algo que ver con su grito desde el otro lado de la calle. Como al momento siguiente, todos los chicos miraron en su dirección, fue plenamente consciente de lo que iba a suceder. Echó a correr Harrow Road arriba, justo cuando Neal y su pandilla empezaron a avanzar hacia la barandilla de la acera. Neal encabezaba el grupo, sonriendo como si acabaran de lanzar una bolsa de dinero delante de él.
Joel sabía que era un error echar a correr, pero también sabía que Neal tenía cosas que demostrar a su banda, y la menos importante de ellas no era su capacidad de acabar con él. Porque Joel era el pequeño gusano a quien había intentado aplastar en Meanwhile Gardens cuando Ivan Weatherall había intervenido. También era la babosa que Hibah había elegido como amigo, sin tener en cuenta sus deseos.
Joel oyó los gritos de los chicos tras él mientras corría en dirección al centro de aprendizaje. La calle sólo tenía dos carriles, y Neal y su grupo tardarían menos de diez segundos en saltar la barandilla, alcanzar la acera contraria y sortear también la barandilla de ese lado. Así que Joel corrió con todas sus fuerzas, esquivando a una madre joven con un cochecito, tres mujeres con chador y bolsas de la compra colgando de los brazos.
– ¡Alto! ¡Al ladrón! ¡Socorro! -gritó un caballero de pelo blanco, anticipándose a lo que fuera a suceder mientras Joel pasaba a toda velocidad.
Una mirada rápida hacia atrás le permitió ver que había recibido una bendición momentánea. Un autobús y dos camiones habían doblado la esquina y habían aparecido en escena de repente. Neal y su pandilla querían perseguirle a toda costa, pero no quedar atrapados debajo de las ruedas de un vehículo, así que tuvieron que esperar a que pasaran los tres antes de cruzar la calle y reanudar la persecución. Para entonces, y a pesar de sus pulmones esforzados, Joel les había sacado unos cincuenta metros. Vio la tienda benéfica y se lanzó adentro, jadeando como un perro acalorado mientras cerraba la puerta de golpe.