– Mierda -dijo Neal.
– Tengo que irme -dijo Hibah-. Si bajan aquí… Si nos preguntan el nombre… Lo último que me falta es que mi madre reciba una llamada de la Poli.
– Siéntate y cálmate -le dijo Joel-. No harán nada si no les damos motivos.
Neal miró a Hibah.
– Cálmate -le dijo.
Joel interpretó aquello como una forma de estar de acuerdo con lo que había dicho él. Pensó que tal vez era el presagio de un mayor entendimiento, así que habló abiertamente mientras Hibah volvía a sentarse en el banco.
– He estado pensando -le dijo a Neal-. ¿Por qué nos fastidiamos el uno al otro? No nos lleva a ningún sitio, excepto…
– Tú no me fastidias -le interrumpió Neal mientras se sentaba con Hibah en el banco-. Tú eres básicamente una mierda que hay que tirar a la basura. Es todo lo que intento hacer contigo. Ponerte donde tienes que estar.
Joel no iba a permitir que aquel comentario hirviera dentro de él. Veía cómo iba a aprovecharse Neal de la presencia de la Policía. Al sentarse, se había convertido en un objetivo. Si Joel se abalanzaba sobre el chico con los policías como testigos, sería él quien cargaría con las culpas.
– No quiero pelear contigo -dijo-. Toda esta mierda ya hace demasiado tiempo que dura. Si seguimos así, va a pasar algo malo. ¿Es lo que quieres? Yo no.
Neal sonrió con suficiencia.
– Eso es porque no tienes pelotas para enfrentarte a una guerra entre tú y yo. Pero sabes que se acerca. Lo notas, ¿eh? Eso está bien. Te mantendrá alerta.
– Maldita sea, Neal Wyatt -dijo Hibah.
– ¡Cállate! -Neal se volvió hacia ella-. Calla la boca por una vez, Hibah. No sabes de qué hablas, así que deja de hablar, ¿entendido?
La sorpresa la frenó. Pero algo en las palabras de Neal también provocó que despertara algo dentro de ella. Despacio y pensativamente, siendo cada vez más consciente de la situación, dijo:
– Eh, todo esto… Esto que está pasando entre tú y Joel… Oye, ni siquiera es por vosotros, ¿verdad? Porque…
– ¡He dicho que te calles! -Neal miró hacia el puente. Los policías se habían ido. Le dio un empujón a Hibah para expresar su deseo de que los dejara solos-. Tu madre te quiere en casa -le dijo-. Si no puedes cerrar el pico, vuelve y haz lo que te diga ella. Recitas tus oraciones o lo que sea.
– No puedes decirme…
– Haz lo que te digo. ¿O quieres un poco de ayuda para decidirte?
Hibah abrió mucho los ojos. Neal ya había dicho suficiente. Miró a Joel.
– No te metas en líos -le dijo la chica-. ¿Entendido? -Fueron sus únicas palabras antes de levantarse del banco y marcharse de los jardines, para dejar a solas a Joel y a Neal.
– Escúchame bien, amarillo -le dijo Neal cuando Hibah ya no podía escucharlos-. Te tengo delante y es justo donde no te quiero ver, ¿entendido? Lárgate y alégrate de que lo que viene no haya llegado todavía. Puede que tú aún chupes de la teta de tu madre, pero yo no. ¿Te enteras?
En ese preciso momento, Joel sintió todo el peso de la navaja automática. Sacarla, darle al botón, clavársela al chico: «y ahora ¿quién chupa de la teta de quién?» Pero no hizo nada.
Lo intentó por última vez, por el bien de Toby.
– Ésta no es forma de solucionar nada. Tienes que saberlo. Tenemos que enterrar el hacha de guerra: no tiene ningún sentido seguir así.
Neal se levantó de golpe. Joel retrocedió un paso.
– Soy yo quien dice qué se entierra. No al revés -dijo Neal-. Te he marcado y seguirás marcado. Si crees que algo va a cambiar, acabarás…
– ¡Joel! ¡Joel! ¡Joel! -El grito procedía del puente, de debajo, donde Toby había salido de su escondite. Se agarraba la entrepierna, las rodillas juntas. Ni enviando un telegrama habría podido ser más específico sobre sus necesidades. Sin embargo, con la sinceridad inquietante típica de él, gritó-: Tengo que ir al baño. Ya no hay cazadores de cabezas, ¿verdad?
Joel sintió algo parecido a una puñalada penetrando en su corazón. Oyó la carcajada breve y áspera de Neal.
– Estúpido de mierda -dijo con voz que parecía de asombro-. ¿Qué le pasa a ese tonto? -Miró a Joel, que se había vuelto hacia él-. ¿Cazadores de cabezas? Te has buscado un lugar al que huir, ¿eh? Tío, menudo estúpido tienes como…
– Déjale en paz. -Joel se escuchó dar la orden en una voz que no era exactamente la suya-. Si vuelves a tocar a mi hermano, te juro que morirás, y morirás ensangrentado. ¿Te enteras, tío? Si tienes un problema conmigo, céntrate en mí. Deja a Toby al margen.
Se marchó, sabiendo el riesgo que corría al darle la espalda a Neal, pero contando con que si comenzaba una pelea, tenía la navaja. Llegados a este punto, se moría por usarla.
Pero Neal no atacó, sino que dijo:
– La próxima vez, tío. Nos ocuparemos de nuestro asunto, tú y yo. Mientras tanto, no pierdas de vista a ese hermano tuyo. Porque ya no eres el primero de la lista, Jo-el. Ya no, ni de coña, ¿entendido?
A medida que pasaban las semanas, Kendra se sentía cada vez más desgraciada. Si bien tenía más tiempo para montar su negocio e incluso tiempo suficiente para seguir un curso de masaje tailandés para clientes pudorosos que deseaban no desvestirse cuando trabajaba sus cuerpos era plenamente consciente del vacío que había en su vida.
Al principio intentó llenarlo concentrándose nuevamente en los Campbell. Pero el problema que tenía su manera de centrar la atención en los niños era que no lograba ver en el horizonte un peligro distinto de los peligros que ya había visto. La mayoría tenían que ver con Ness, que, de repente y por motivos que seguían siendo un misterio para Kendra, hacía lo que se suponía que tenía que hacer: los servicios comunitarios, reunirse con su agente de la condicional e intentar organizarse en los estudios a través de un curso en el instituto de formación profesional. Kendra aparcó sus preocupaciones respecto a Toby, junto con los papeles que debía rellenar para permitir que alguien -y no quería saber quién- sometiera al pequeño a un estudio. Eso, juró, no iba a ocurrir. Y Joel, por lo que podía ver a simple vista, parecía haberse ocupado de sus problemas con los chicos del barrio él solo. Por lo tanto, parecía que no tenía que hacer nada por los niños aparte de ofrecerles comida, un techo y alguna que otra excursión que no requiriera pagar entrada.
La idea errónea de que no le quedaba nada por hacer condujo sus pensamientos ineludiblemente a Dix D'Court: había pasado justo lo que Dix había dicho, decidió. Al dejar que Joel y Neal Wyatt se las arreglaran solos, los chicos habían llegado a un acuerdo que les permitiría vivir en paz.
De este modo, al no tener ni idea de lo que pasaba, Kendra disponía de tiempo de sobra para analizar su vida y ver sus carencias. Habló de ello con Cordie, aprovechando la hora del almuerzo, y encontró a su amiga pintándole unas uñas que parecían garras a una señora blanca de mediana edad con sobrepeso que llevaba el pelo fucsia y unas gafas de sol que no se había quitado a pesar de estar dentro del local. Se llamaba Isis, según Cordie informó a Kendra, sin dar muestra alguna de ser consciente de que el nombre -ligado a esta mujer en particular- no era nada irónico.
Kendra saludó a Isis con la cabeza y pasó aproximadamente un minuto observando el trabajo que estaban haciéndole en las uñas. Cordie era una especie de leyenda en Harrow Road, ya que poseía un verdadero talento para decorar uñas artificiales de forma que no quedara ninguna duda de que eran totalmente falsas desde la cutícula hasta la punta. En este caso, y en concordancia con la época del año, había optado por un motivo otoñal sobre el acrílico. El color de la base era púrpura y estaba pintando mazorcas doradas y manojos de trigo encima.
– Qué bonito -le dijo Kendra a Cordie, y a Isis-: Ese color va muy bien con tu piel. -En realidad no era cierto, pero cualquier cosa que desviara la atención del pelo de Isis era una mejora.