Los leñadores eran hombres fuertes y resistentes, de aspecto tosco y modales burdos, sin el menor vestigio de delicadeza. La aparición de Índigo en medio de ellos propició gritos de aprobación, acompañados por buen número de observaciones y gestos obscenos, pero los comentarios eran totalmente inofensivos —destinados según su código, tal y como comprendió la muchacha, a ser tomados por cumplidos— y la alegría y buen humor de los hombres pronto acabó con su suspicacia inicial. Se le prodigaron infinidad de mimos a Grimya, y dos de los hombres encontraron en sus menguadas provisiones restos de carne que, aunque resecos y un poco rancios, la loba comió para complacerlos.
No tuvieron dificultad en encontrar manos dispuestas a descargar el trineo, y, una vez que las provisiones quedaron bien almacenadas en la cabaña, el jefe de los leñadores sugirió que a lo mejor Veness querría dar un paseo por el bosque con él para inspeccionar la última zona despejada.
—¿Quieres venir con nosotros? —preguntó Veness a Índigo.
La muchacha negó con la cabeza, y palmeó la ballesta y el carcaj que ahora llevaba colgados del hombro.
—Pensaba que a lo mejor podría llevarme a Grimya y ver qué clase de caza puedo encontrar — dijo. Se calló, dirigiendo una rápida mirada al grupo de leñadores—. Es decir si...
Veness comprendió.
—No te preocupes, no volverá a repetirse lo sucedido con Corv. Para empezar, están todos sobrios; por lo que he podido averiguar no han tenido mucha elección, se quedaron sin licor durante la ventisca. Se correrán una gran juerga esta noche con los nuevos suministros, pero ahora no te molestarán.
—Gracias. Espero que no pensarás...
—No, no, no te culpo por ser prudente. Nos veremos más tarde. —Extendió la mano como si fuera a tocarle el brazo, luego pareció pensarlo mejor—. ¡Buena caza!
Índigo y Grimya se pusieron en camino siguiendo el linde del bosque. A pie la marcha era laboriosa, pero caminando con cuidado por entre los apiñados árboles de hoja perenne, que habían evitado que la nieve se acumulara demasiado, consiguieron avanzar con cierta rapidez, y pronto dejaron de oír los ruidos del campamento y se encontraron en medio de una profunda y silenciosa quietud. No soplaba el viento, ni siquiera una ligera brisa; parecía que tras el final de la tormenta los elementos se habían quedado sin energías, al menos de momento, y el único ruido que quebraba el
silencio era el suave siseo de sus pies sobre la nieve.
Grimya olfateó el aire, alertados sus instintos depredadores, e Índigo contempló los dibujos moteados de luz y sombra que los rayos de sol producían al filtrarse entre los árboles, en busca del menor atisbo de movimiento que pudiera revelar la presencia de un ave o un ciervo. Cuando llegaron al claro, estaba en un principio demasiado ensimismada para observar la hilera de huellas que atravesaba el pedazo de lisa nieve virgen, y fue Grimya. quien corrió primero hacia ellas con la nariz pegada al suelo. Entonces se detuvo en seco, al tiempo que se le erizaba el pelaje del lomo y un ronco gruñido brotaba de su garganta.
—¿Qué sucede? —Índigo avanzó con esfuerzo por la nieve para reunirse con ella, y la loba levantó la cabeza. Tenía la boca abierta y enseñaba los dientes con fiereza, llena de terror. Se apartó unos pasos mientras Índigo se agachaba para examinar mejor las huellas.
Un animal grande..., muy grande. De pie almohadillado, y con las garras totalmente retraídas... Sintió que el pulso se le aceleraba al darse cuenta de que probablemente sólo podía haber una clase de bestia en el bosque capaz de dejar aquel tipo de huella, y el terror de Grimya confirmaba su suposición sin la menor duda.
—El tigre... —Lo dijo en voz baja mientras se incorporaba y miraba hacia el lugar donde las huellas se desvanecían bajo el dosel del bosque, luego se volvió ansiosa hacia la loba—: Grimya, ¿cuánto tiempo hace que fueron hechas estas pisadas?
«¡Demasiado poco! ¡Índigo, esto no me gusta! ¿No irás a seguirlas? Por favor...»
—Todo va bien, cariño. La verdad es que no creo que el tigre quiera hacernos ningún daño. Pero es como si... —Y se dio cuenta de que no podía explicarle a Grimya lo que sentía con respecto al felino. Sus ideas eran demasiado vacilantes y confusas; y la reacción de la loba se obnubilaría por el instinto animal que la obligaba a temer al tigre en contra de cualquier razonamiento.
Sin embargo no podía dejarlo así. El tigre podría estar cerca: podría incluso estar observándolas en aquel mismo instante, aunque lo dudó, ya que Grimya habría detectado su presencia sí hubiera estado cerca. Deseaba encontrarlo; a pesar de que no podía explicarse aquel impulso ni siquiera a sí misma, necesitaba encontrarlo.
Se volvió de nuevo hacia la loba.
—Grimya, quiero seguir estas huellas.
«No...»
—Escúchame, cariño. No puedo explicarte con claridad lo que esto significa, pero de la misma forma que tu instinto te dice que huyas del tigre, el mío me dice que vaya en su busca. Es importante.
—«¿Por qué?», inquirió Grimya. pesarosa.
—No lo sé. Pero tengo la sensación de que en alguna parte existe un vínculo entre el felino y nosotras. Cuando lo encontramos, nos ayudó, ¿recuerdas? Alejó a Corv y a los otros en un momento en que podrían haber intentado matarnos.
«Lo sé. Pero...»
—No creo que tengamos ningún motivo para temer al tigre de las nieves, Grimya. Me parece que es nuestro amigo. Y quiero volver a encontrarlo.
Grimya lanzó un gañido lastimero. No lo comprendía, no podía y, aunque a Índigo le conmoviera su terror, le era imposible de todas formas dejar escapar aquella inesperada oportunidad.
—No tienes por qué venir conmigo —siguió diciendo con afecto, con dulzura—. Regresa al
campamento y espérame allí. No tardaré.
—N... no. —En su angustia la voz de la loba apenas si podía distinguirse de un gruñido lastimero—. ¡No puedo! ¡Ten... tengo que quedarme con...tigo!
—No estoy en peligro, —Índigo se agachó otra vez y tomó la cabeza de Grimya entre sus manos, acariciando las sedosas orejas—. Por favor, querida. No te inquietes... Regresa al campamento.
Grimya empezó a protestar de nuevo, muy confundida entre su lealtad y temor por la seguridad de Índigo, y el terror que le impelía a desear salir corriendo en busca de la seguridad de la cabaña de piedra y de los leñadores. Pero antes de que las palabras pudieran formarse en su garganta, su hocico se ensanchó de repente involuntariamente al llegarle un nuevo y fuerte olor.
Se quedó rígida. Sus ojos se clavaron en un punto situado más allá, detrás de Índigo, y sus pensamientos se convirtieron en un aterrorizado caos.
Índigo se volvió en redondo. A tres metros de distancia, enmarcados por los árboles y el revoltijo de matorrales cubiertos de nieve, unos ojos serenos y dorados la contemplaban desde un rostro inmóvil cubierto de un pelaje color crema.