Despacio, desanduvo sus pasos en dirección a la escalera y se detuvo. Se veía un destello de luz por debajo de la puerta cerrada del comedor, demasiado brillante y demasiado pálido para ser un reflejo de los restos semiapagados del fuego. Alguien debía de haber olvidado apagar las lámparas, Índigo abrió la puerta.
Veness estaba sentado ante la mesa limpia. Un farol ardía jumo a su codo y el desaparecido jarro de cerveza, junto con una jarra, estaba sobre la mesa frente a él. Al oír el ruido del picaporte levantó la cabeza e Índigo vio lo sombría que estaba su mirada en aquel instante en que lo cogió desprevenido antes de que pudiera disimular.
—Lo siento. —Se detuvo en la puerta—. Vi la luz; pensé que alguien se había olvidado una lámpara.
Veness siguió contemplándola unos segundos, luego sonrió.
—Me temo —dijo—, que estoy un poquitín borracho. —Hizo una pausa—. ¿Tu tampoco puedes dormir?
Ella le devolvió la sonrisa vacilante.
—No. La cerveza también me ha afectado. Eso, y... otras cosas.
—Ah. Sí. Bien, ¿por qué no te unes a mí? Ahora que los dos nos hemos hecho amigos de la cerveza, no tiene mucho sentido parar, ¿no crees?
Índigo dudó. Tal y como Carlaze había predicho, parecía que Veness quería hablar; o quizá para ser más exactos, necesitaba hablar; y ella deseaba ayudarle si le era posible. La compañía del joven en aquel momento le resultaría más agradable de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Iré a buscar otra jarra —dijo.
—Resulta irónico, ¿no es verdad? —Veness inclinó la enorme jarra y llenó el vaso de Índigo y el suyo—. Tú con tu arpa y tus experiencias vividas con los cómicos de la legua, eres la más cualificada para actuar como narradora. Sin embargo parece que te pasas la mitad del tiempo escuchando mis relatos.
—No me importa escuchar —repuso Índigo, y era sincera—. Y si puedo ayudar de alguna forma...
Veness se recostó en su silla con un profundo suspiro.
—En el terreno práctico ni tú ni nadie puede hacer nada. Pero poder hablar con alguien que no está involucrado, y que no toma partido..., sí ayuda. En cierta forma lo pone todo en perspectiva, y eso puede resultar inestimable. —La miró intensamente, con ojos un poco nublados—. ¿Comprendes lo que quiero decir?
—Sí, lo comprendo. —Índigo repiqueteó con los dedos sobre su jarra—. Pero no quiero inmiscuirme.
—No te estás inmiscuyendo. Soy yo el que abusa de ti, cargándote con los problemas de la familia. No tenía intención de contarte nada de esto. No parecía tener el menor sentido, y tampoco me parecía justo. Pero muy bien: quizás el alcohol me haya soltado la lengua, y quizá lo que ha sucedido con mi padre esta noche te haya involucrado en este feo asunto, tanto si nosotros queríamos como si no. Así que, dadas las circunstancias, te voy a contar una triste historia.
Hubo un silencio que se prolongó tal vez un minuto, mientras la lámpara siseaba quedamente. Veness vació su jarra, volvió a llenarla y tomó un buen trago, como para darse fuerzas. Luego inició su relato.
La primera esposa del conde Bray, madre de Veness, Reif y Brws, había muerto seis años atrás. El matrimonio había sido muy feliz, y el conde lloró a su esposa largo tiempo hasta que, durante las solemnes celebraciones del solsticio de verano, tropezó con Moia, la hija de dieciocho años de una familia que cultivaba la tierra a un centenar de kilómetros al oeste de las tierras de los Bray.
—Cuando empezó a hacer propuestas a su padre —dijo Veness a Índigo—, todos creímos que pensaba en un matrimonio entre Moia y Reif. Pobre Reif: su vida fue un infierno en aquella época. Brws, Kinter y yo nos burlábamos tanto de él... Pero nos equivocábamos. Mi padre no quería a Moia para que fuera la esposa de Reif..., la quería para que fuera su esposa.
»Mi padre tenía casi edad para ser su abuelo, y desde luego podría haber sido su padre. Pero estaba obsesionado con ella. Es fácil burlarse de tales sentimientos, decir que empezaba a chochear y que no hay nadie más tonto que un viejo tonto. Pero lo mismo si se enamoró de verdad de Moia, como si fue sólo una especie de capricho en un intento por recuperar la juventud perdida, lo cierto es que mi padre creía que lo que sentía por ella era real. Y desde luego, como podrás suponer, a la muchacha no le interesaba en absoluto. ¿Cómo iba a interesarle? A los dieciocho años, no se quiere riqueza y posición, se quiere pasión, excitación y romance. Y bien sabe la Madre que, en el mejor de los casos, no es mucho el romance que la vida es capaz de ofrecer.
La voz de Veness tenía un dejo de amargura, como si él mismo fuera un anciano, Índigo clavó los ojos en la mesa, sin decir nada, y el relato continuó. Al parecer, el conde Bray no se dejó desanimar por la indiferencia que le mostraba la muchacha. Los parientes de ésta no eran ricos, y dos veranos mediocres habían dejado su ya exigua fortuna peligrosamente reducida. Decidido a conseguir a Moia a cualquier precio, el conde Bray ofreció una dote de matrimonio lo bastante generosa como para permitir que el padre de la joven liquidara sus deudas y devolviera la prosperidad a su granja. El pobre hombre tenía otras dos hijas y dos hijos cuyo futuro debía tener en cuenta. Tras algunos meses de deliberaciones decidió que el bien de la familia debía imponerse a los deseos de Moia. Se cerró el trato y, cuando empezaban a caer las primeras nieves del invierno, una nueva señora se instaló en la casa de los Bray.
Pero desde el principio fue evidente, al menos para Veness y Reif, que Moia no amaba a su esposo ni lo amaría nunca. Y en cuestión de meses el conde se vio sacado violentamente de su nuevo sueño de felicidad al empezar a sospechar que su esposa dedicaba sus atenciones a otro hombre. A unos quince kilómetros de la granja de los Bray se encontraba la pequeña hacienda de Olyn, un
primo lejano...
—Nuestra familia se ha extendido como la cizaña en un campo de maíz por todas estas tierras — dijo Veness con ácida ironía—. Allí adonde vayas encontrarás otra ramificación del clan, todos afirmando ser parientes entre ellos.
... Y el hijo de Olyn, Gordo, era un visitante asiduo en la granja del conde. Gordo y Moia tenían más o menos la misma edad. Gordo era apuesto, alegre y tenía una personalidad cautivadora. Con el paso del tiempo sus visitas se hicieron más frecuentes y por lo visto coincidían casi siempre con las obligadas ausencias del conde por asuntos que debía resolver con respecto a la granja. Nada se dijo: toda la familia sabía de las sospechas del conde Bray, pero nadie se atrevía a sacar a relucir la cuestión en su presencia. Y aunque quizás una de las mujeres podría haberse llevado a Moia a un rincón y haberle advertido, la lealtad para con el conde y la sombra de la falta de certidumbre se combinaron para acallar las lenguas... Hasta que un día, poco menos de un mes antes de la llegada de Índigo, fue demasiado tarde.
El conde Bray había encontrado la carta escondida en uno de los guantes de su esposa. Había estado registrando sus pertenencias, dijo Veness, en busca de la evidencia mientras rogaba para no encontrarla. Pero ni siquiera el más ciego de los hombres podría haber ignorado o justificado la apasionada misiva, escrita por la mano misma de Gordo, que finalmente reveló la infidelidad de Moia.
Veness recordaría el resto de su vida la escena que siguió en el comedor una hora más tarde. Gordo estaba otra vez de visita en la granja y, cuando la familia se sentaba a comer, el conde penetró en la sala como un espíritu vengador y rugió su acusación frente a todos los allí reunidos.