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—¿Qué? —Olyn miró fijamente el medallón—. ¡Sí! —Entonces sus ojos se abrieron de par en par—. ¡Por la Madre, es el de Gordo; la misma cadena que le regalé en la última fiesta del solsticio de invierno! —De repente, horrorizado, extendió la mano y sujetó a Veness por el brazo—. ¿Dónde lo encontraste? ¿Qué le ha sucedido a mi hijo?

—Lo encontramos alrededor del cuello de Moia —respondió Veness sombrío—. La estrangularon con ella.

—¿Qué? —Olyn palideció, luego enrojeció de furor al comprender lo que Veness quería dar a entender—. ¿Qué intentas decir?

—Lo siento, pero sólo podemos suponer que...

—¡No podéis suponer nada! ¿Estás tan loco como tu padre? ¿Crees por un solo momento que mi hijo puede haber asesinado a esa muchacha? —Su pecho se agitó convulsivamente, como si luchara por llevar aire a sus pulmones—. Maldito seas, él la amaba, y con el amor de un muchacho, ¡no con el encaprichamiento egoísta de un viejo estúpido! Y ahora haz el favor de no acusarlo de algo tan horrendo... —Empezó a temblar—. ¡Escupo sobre tu repugnante acusación! ¿Estás loco, estás ciego? ¿No puedes ver lo evidente cuando lo tienes delante de los ojos? ¡Quienquiera que matara a Moia probablemente también haya matado a mi hijo! —Sus dedos se hundieron como garras en la carne de Veness—. ¿Dónde se la encontró? ¿Habéis registrado la zona? Gordo puede estar ahí; ¡puede estar muerto, también! ¿Habéis mirado..., habéis...? —Y de improviso, antes de que Veness pudiera responder, se detuvo, y una horrible certidumbre apareció en sus ojos—. ¡Por la Diosa de la Tierra, tu padre..., tu maldito, condenado padre...!

—No —interpuso Veness rápidamente—. ¡No fue mi padre, Olyn! Te lo juro...

—¿Lo juras? —Dolor, amargura y furia se entremezclaron en la salvaje respuesta de Olyn—. ¿Y qué vale tu palabra? Maldito seas, eres su hijo... ¡Su sangre corre por tus venas! ¡Confiaría tanto en tu palabra como en la de un weyer!

Los labios de Veness palidecieron.

—¡Sea como sea, no altera la verdad! —Dio un paso atrás desasiéndose de la mano de Olyn que le sujetaba el brazo—. Creo que Gordo está vivo aún. Quiero encontrarlo; y si te queda algo de sentido común, me ayudarás... ¡por su bien!

A punto de lanzar una nueva diatriba, Olyn vaciló.

—¿De qué estás hablando?

—Creo que sabes muy bien de qué estoy hablando. Sabes lo que ha estado sucediendo en la granja de mi padre: sabes lo que la pérdida de Moia le ha hecho. Si se entera de esto...

—¿Se lo dirás?

—No, maldita sea..., ¿por quién me tomas? ¡Pero no se le podrá ocultar eternamente! Una palabra equivocada, un desliz, y lo descubrirá. Y cuando lo haga, se obsesionará con una sola cosa: ¡encontrar a Gordo y vengarse!

Olyn palideció.

—El escudo y el hacha...

—Exactamente. Ya no tendrá nada que perder. Y no sé si tendremos la fuerza necesaria para impedir que los utilice. ¡Olyn, si quieres a tu hijo, tienes que ayudarnos a encontrarlo antes de que mi padre se entere de la muerte de Moia!

Índigo oyó el fuerte silbido de Olyn cuando éste aspiró con violencia. Por un momento pareció que la súplica de Veness hubiera abierto una brecha en la barrera de su hostilidad, pero, de improviso, sus ojos se entrecerraron.

—No —dijo con aspereza—, no creo nada de esto... y no conseguirás mi ayuda. Dame esa cadena. ¡Dámela! —Veness se la entregó y Olyn la contempló fijamente. Cuando volvió a levantar los ojos y hablar, su voz había adoptado un tono agresivo y desafiante—: ¡Me estás mintiendo! —Su mano se cerró con fuerza sobre el medallón—. ¿Cuándo le robaste esto a mi hijo? ¿Antes de que huyera con esa pobre criatura, y la apartara de tu monstruoso padre? ¿Es eso? ¡Ah, sí; empiezo a comprender ahora! ¡No habéis encontrado el cuerpo de Moia..., no habéis encontrado nada! Es una estratagema. ¡Ese loco intenta averiguar dónde está Gordo, y ha enviado a uno de sus perros amaestrados para que me cuente un montón de mentiras con la esperanza de que conseguirá engañarme y delataré a mi hijo!

El rostro de Veness estaba mortalmente pálido.

—¡Maldito seas, eso no es cierto!

—¡Oh, pero yo creo que sí lo es!

Olyn volvió la cabeza por encima del hombro y gritó un nombre. En algún lugar de la casa un perro empezó a ladrar; se escucharon pies que corrían, y segundos más tarde dos hombres fornidos, cada uno llevando uno de los pequeños arcos típicos de El Reducto, surgieron entre las sombras del vestíbulo para colocarse uno a cada lado de su señor. Grimya gruñó, Índigo la sujetó rápidamente por el pelaje del cuello no fuera a hacer un movimiento más agresivo. Los ojos fríos de Olyn se posaron brevemente en la loba y en Índigo, como si hubiera olvidado por completo su presencia. Luego, con una mueca de desdén, las dejó de lado como carentes de importancia, y volvió a mirar a

Veness.

—Llévate a tu furcia y a tu animal y vete de mi granja. —Su voz era fría y controlada—. Si tú, tu padre o cualquiera de su maldita progenie pone los pies aquí de nuevo, mis hombres les dispararán apenas los vean... y dispararán a matar. ¿Me explico?

—Olyn, escúchame...

—¡No! —Olyn hizo un violento gesto con una mano, y los dos hombres que tenía al lado alzaron sus arcos y apuntaron—. ¡Fuera! ¡Vete ya!

Por un instante Índigo pensó que Veness iba a atacar al anciano, y dio un paso adelante, sujetándole el brazo.

—¡Veness, no!

Sus músculos se agarrotaron bajo la presión de su mano y volvió la cabeza para mirarla. Luego, sin decir nada, dio media vuelta y regresó a la troika. Índigo y Grimya corrieron tras él, saltaron a la troika por la parte trasera mientras Veness desataba las riendas y hacia girar a los caballos. En la casa el perro seguía ladrando; los hombres de Olyn dieron intencionados pasos hacia adelante, apuntando a Veness con sus arcos, mientras Olyn permanecía inmóvil en la puerta, contemplándolos con ojos llenos de odio. Algo pequeño y frío golpeó la mejilla de Índigo. Levantó los ojos, y vio que empezaba a nevar. El cielo estaba encapotado y amenazador, de un blanco sucio como el vientre de un pescado muerto. Entonces la troika empezó a moverse, los patines siseaban mientras los caballos la hacían describir un círculo cerrado. De improviso Veness lanzó un fuerte grito, haciendo chasquear las riendas con fuerza sobre los lomos de los animales. Estos se lanzaron hacia adelante con sorprendidos relinchos, y la troika salió balanceándose del patio y se alejó por la nieve dejando atrás la lúgubre casa.

Índigo y Veness no intercambiaron una sola palabra durante el viaje de vuelta. Veness hizo correr a los caballos al máximo en medio de la nevada cada vez más fuerte y, mientras se sujetaba ceñuda a la barra con una mano y apretaba a Grimya contra ella con la otra, Índigo ardía de cólera ante la cabezonería de Olyn, y de miedo ante lo que los aguardaba. Rezó fervientemente para que Reif hubiera actuado con sentido común; para que Kinter, él y los otros hubieran conseguido apaciguar al conde Bray y evitar el desastre. Y, mirando de reojo el rostro tenso, duro y torturado de Veness, sintió una pena tremenda por su situación y una compasión que le destrozaba el alma. Pero no podía expresar sus sentimientos. No había palabras que no resultasen lastimosamente inadecuadas, y permaneció callada mientras avanzaban a toda velocidad.

La tenue luz diurna empezaba a desaparecer cuando la casa con su conjunto de dependencias apareció ante ellos a través de la cortina de nieve. Los caballos cruzaron el arco entre resoplidos y relinchos, sus cascos repiqueteaban sobre las losas del patio... Y cuando la troika se detuvo tras describir un círculo, Índigo oyó el ruido por primera vez.

—Los perros... —Volvió la cabeza bruscamente, mirando a Veness, asustada.