—¿De qué se trata?
La mujer volvió sobre sus pasos —el absoluto silencio con el que se movía, y que sus pies no perturbaran una hoja ni una brizna de hierba, desconcertaba a Índigo— y se detuvo junto al inmenso felino. Por unos instantes pareció como si no pudiese averiguar qué era lo que había atraído su atención, pero de repente musitó:
—¡Escucha!
«¡Lo oigo!», comunicó Grimya con vehemencia a Índigo. «Un grito. Un grito humano. Parece alguien angustiado. Pero...»
No terminó la frase: sin advertencia previa el tigre se lanzó hacia adelante en medio de los árboles. Se deslizó sin ruido, fundiéndose entre las sombras. La mujer fue tras él y, ansiosa por no quedarse atrás, Índigo y Grimya fueron en pos de ella. Se abrieron paso entre los apretujados troncos, a través de ramas bajas que restallaban bajo las manos de Índigo y dejaban caer cortinas de nieve helada sobre su rostro y brazos, hasta que el gigantesco felino se detuvo otra vez y, sin aliento, Índigo consiguió alcanzar a sus veloces compañeros.
Estaban muy cerca del linde del bosque: sólo a pocos metros de distancia pudo ver la luz del día que brillaba sin obstáculos proyectando sombras sobre los troncos de los árboles. No vio nada inusual allí pero tanto Grimya como el tigre miraban con atención al frente, las orejas vueltas hacia adelante mientras escuchaban.
Y entonces lo oyó: un grito, ahogado y débil..., el triste gemido de alguien que sufría. La voz de una mujer, pensó Índigo, pero al instante su instinto le dijo que algo no encajaba en aquella apreciación. Algo relacionado con el tono de aquella voz no era normal, como si...
La sospecha se vio interrumpida, antes de que pudiera tomar forma, cuando el tigre lanzó un gruñido ahogado y amenazador, y empezó a avanzar con suma cautela. Grimya lo siguió, las orejas echadas ahora atrás y el cuerpo pegado al suelo. Los dos animales se arrastraron hasta llegar muy cerca del límite de los árboles; Índigo los vio penetrar en la zona bañada por la luz del sol, detenerse, arrastrarse un paso más. Entonces la voz sorprendida y excitada de Grimya resonó en su mente.
«¡Índigo, ven deprisa!»
El fantasma de la mujer y ella llegaron al límite del bosque a la vez. Índigo se detuvo en seco, resbaló ligeramente y estuvo a punto de caer, al ver lo que les aguardaba allí.
Un terreno virgen que se alejaba de los árboles en forma de suave ladera cubierta de nieve relucía bajo la pálida luz del sol. Y a menos de veinte metros de donde se encontraban, la intacta blancura se veía desfigurada por lo que a primera vista parecía un árbol solitario, que proyectaba una sombra delgada y desigual sobre el suelo. Pero no se trataba de un árbol. Ó, más bien, no se trataba de un árbol vivo. Eran los restos de un arbolillo, talado, despojado de raíces y ramas, clavado en el suelo para formar una estaca de unos dos metros y medio de altura. Y atada a la estaca, de espaldas a ellos de modo que era imposible reconocerla, había una figura humana.
—Por los Ojos de Madre... —De la boca de Índigo surgió una bocanada de vapor al susurrar estas palabras—. ¿Quién...? —Y se interrumpió cuando el viento transportó hasta ellos el trémulo y agonizante grito.
—Ayudad...me. Por favor... ayuda...
Índigo no perdió un segundo. Corrió hacia adelante, hundiéndose en la nieve, que de improviso había alcanzado mayor espesor, y avanzó penosamente en dirección a la estaca y a su indefenso y patético prisionero. A su espalda el tigre rugió una advertencia pero ella no le prestó atención, limitándose a seguir adelante a duras penas, al tiempo que sacaba el cuchillo lista para cortar las ataduras. Veía una melena negra ondeando al viento, el desgarrado y sucio dobladillo de un vestido cubierto de tierra, pero no comprendió su reveladora significación hasta que fue demasiado tarde, había llegado hasta la figura atada, y...
—¡Ahhh!
La sorpresa y la repugnancia se estrellaron como un puño de hierro contra su estómago. Retrocedió tambaleante apartándose del horrible espectáculo del cadáver putrefacto de Moía, el cual descompuestos sus labios y su nariz, le sonreía con una mueca delirante en medio de sus ligaduras. Grimya, que había corrido a reunirse con ella, se detuvo patinando sobre la nieve y lanzó un gemido al encontrarse cara a cara con el espectáculo, y la mujer, siguiendo a la loba, contempló aquel horror con ojos llenos de desaliento y piedad.
—Ha robado su cadáver... —La realidad la golpeó como un segundo puñetazo, y se alejó de la espantosa visión, intentando contener las náuseas—. Lo robó, y... —La voz, claro; ¡aquello era lo que no concordaba! No era el grito de una mujer en demanda de ayuda sino la imitación hecha por un hombre, una trampa, un señuelo...
De improviso, el tigre de las nieves rugió. Fue un rugido atronador que hizo que Grimya lanzara un gañido de temor, Índigo y la mujer giraron en redondo para ver que las ramas del límite del bosque se agitaban violentamente impulsadas por algo que se abría paso entre la maleza. Otro sonido contestó al desafío del tigre; pero no era el rugido de un felino sino una voz humana que gritaba, bramaba, una palabra que heló la sangre de Índigo al reconocerla.
—¡MOI-AA!
El conde Bray se lanzó fuera del bosque como un enloquecido oso herido. Su mano derecha balanceaba el hacha, haciéndola describir amplios arcos, mientras con la izquierda sujetaba el escudo por encima de su cabeza como si se tratara de un estandarte de batalla. Durante los primeros y aterradores segundos, Índigo se percató de que no sólo la hoja sino también todo el mango del hacha estaban recubiertos de sangre seca. El escudo, asimismo, estaba salpicado y manchado de sangre. Y el conde parecía una pesadilla viviente. No podía ni pretender imaginar lo que podía haberle sucedido durante aquella larga noche, pero casi desnudo, en su piel aparecían síntomas de congelación y estaba cubierto por las cicatrices sanguinolentas de heridas nuevas que se había autoinfligido. La indomable mata de cabello había desaparecido casi por completo; se la había arrancado él mismo a grandes mechones y el desnudo cuero cabelludo que había dejado al descubierto estaba arañado e inflamado. Sus ojos, que antes ardían con un fuego devorador y demente, eran ahora como dos hornos semiapagados que relucían sanguinarios en los huecos negros de sus cuencas.
El conde Bray vio la escena que tenía delante (o la registró de alguna forma en su cerebro deteriorado), y se detuvo. Los brazos le cayeron inertes a los costados, arrastró las mortíferas armas sobre la nieve y miró a la estaca más allá de Índigo y sus compañeros. Despacio, muy despacio abrió la boca babeante y un sonido borboteó desde lo más profundo de su ser.
—Mer... mer...
Pero de repente le fue imposible conseguir que su garganta y su lengua articularan las sílabas que formaban el nombre de su esposa. Lo abandonaban los últimos vestigios de inteligencia, arrebatándole sus poderes vocales, dejándolo sin la poca coherencia que le quedaba, mientras seguía con los ojos clavados en aquella cosa inerte y putrefacta que en una ocasión había sido su preciosa y joven Moia. Era imposible saber si la reconoció o no como lo que había sido; todo lo que podía emitir eran aquellos sonidos espantosos una y otra vez, tan incomprensibles y patéticos como los de un buey moribundo.
El corazón de Índigo empezó a latirle con la fuerza de un martillo contra las costillas al darse cuenta de que ya no le tenía miedo. No había nada que temer ahora. El conde Bray no la atacaría; estaba hipnotizado por el cadáver, aturdido, inmóvil.
Con sumo cuidado, la joven dio un paso hacia adelante. El tigre, que seguía inmóvil junto al linde del bosque, alzó la cabeza de inmediato, rígido, y Grimya proyectó una ansiosa advertencia.