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– Gracias, Zellie -dijo Maxine, y echó un vistazo alrededor. Todavía no había visto a su hija, solo a los chicos-. ¿Dónde está Daff? ¿En su habitación?

Probablemente, y de pésimo humor tras el castigo que le habían impuesto el día anterior.

– Ha cogido su móvil y estaba llamando -dijo Sam antes de que Zelda pudiera contestar. La niñera le miró con el ceño fruncido.

Pensaba decírselo a Maxine cuando fuera el momento. Siempre se lo contaba todo y Maxine sabía que podía confiar en ella.

– No está bien chivarte de tu hermana -le riñó Zelda.

Maxine arqueó una ceja y fue a la habitación de Daphne. Tal como había dicho Sam, la encontró en la cama, charlando animadamente por el móvil. Al ver a su madre pegó un salto. Maxine avanzó hacia ella con la mano extendida. Nerviosa, Daphne le entregó el móvil, después de colgar rápidamente sin despedirse.

– ¿Todavía queda un poco de sentido del honor por aquí debo cerrarlo bajo llave? -Las cosas estaban cambiando demasiado deprisa con Daphne.

Hubo un tiempo, no hacía mucho, en que la niña habría respetado el castigo y no habría cogido su teléfono sin permiso. Los trece años lo estaban cambiando todo, y a Maxine no le gustaba.

– Lo siento, mamá -dijo sin mirar directamente a su madre.

Zelda llamó para que fueran a cenar, y todos acudieron,1 la cocina. Jack, descalzo y con pantalones cortos de fútbol, Daphne con la ropa que había llevado a la escuela, y Sam todavía con su disfraz de pavo. Maxine se quitó la chaqueta del traje y se calzó unos zapatos planos. Había llevado tacones lodo el día. Siempre tenía un aspecto muy profesional en el trabajo, pero se ponía cómoda al llegar a casa. De haber tenido tiempo, se habría enfundado unos vaqueros, pero ya era tarde para cenar y se moría de hambre, como los niños.

Fue una cena agradable y relajada; Zelda se sentó con ellos, como solía hacer. A Maxine le parecía mezquino que cenara sola, y desde que no había un padre a la mesa, siempre la invitaba a unirse a ellos. Los niños comentaron lo que habían hecho durante el día, excepto Daphne, que habló poco, porque todavía estaba castigada. Además se sentía avergonzada por el incidente con el teléfono. Supuso que Sam la había delatado, así que le miró enfadada y le dijo en voz baja que ajustarían cuentas más tarde. Jack habló de su partido y prometió a su madre que la ayudaría a instalar un nuevo programa en el ordenador. Todos estaban de buen humor cuando regresaron a sus respectivas habitaciones después de cenar, incluida Maxine, que estaba agotada después de aquel día tan largo. Zelda se quedó en la cocina limpiando. Y Maxine fue a la habitación de Daphne para hablar.

– Hola, ¿puedo pasar? -preguntó a su hija desde el umbral. Aunque normalmente pedía permiso, ahora lo hacía con más motivo.

– Como quieras -contestó Daphne. Maxine sabía que era lo máximo que lograría sacar de ella, dado el castigo y el incidente con el móvil.

Entró en la habitación y se sentó en la cama donde Daphne estaba tumbada mirando la tele. Había hecho los deberes antes de que su madre volviera a casa. Era una buena estudiante, y sacaba buenas notas. Jack era un poco más voluble, debido a los tentadores videojuegos y Sam todavía no tenía deberes.

– Sé que estás enfadada conmigo por el castigo, Daff. Pero no me gustó tu fiesta de la cerveza. Quiero poder confiar en ti y en tus amigas, sobre todo si tengo que salir.

Daphne no contestó, solo apartó la mirada. Finalmente miró a su madre con resentimiento.

– No fue idea mía. Y la cerveza la trajo otra.

– Pero tú dejaste que ocurriera. E imagino que tú también bebiste. Nuestra casa es sagrada, Daffy. Al igual que mi confianza en ti. No quiero que nada lo eche a perder.

Sabía con certeza que tarde o temprano eso sucedería. Era de esperar a la edad de Daphne, y Maxine lo comprendía, pero debía hacer su papel de madre. No podía fingir que no había ocurrido nada y no reaccionar. Y Daphne también lo sabía. Solo lamentaba que las hubieran pillado.

– Sí, lo sé.

– Tus amigas tienen que respetarnos cuando vengan. Y no creo que las fiestas con cerveza sean una gran idea.

– Otras niñas hacen cosas peores -replicó su hija alzando la barbilla.

Maxine era consciente de ello. Cosas mucho peores. Fumaban hierba o incluso tomaban drogas duras, o alcohol; además, muchas niñas ya habían tenido relaciones sexuales a la edad de Daphne. Maxine lo oía continuamente en su consulta. Una de sus pacientes hacía felaciones de forma habitual desde sexto curso.

– ¿Por qué es tan terrible que tomáramos un poco de cerveza? -insistió Daphne.

– Porque va en contra de nuestras normas. Y si empiezas a romper reglas, ¿cómo pararás? Tenemos ciertos acuerdos, expresos o no, y debemos respetarlos, o renegociarlos si es necesario, pero no ahora. Las normas son las normas. Yo no traigo hombres a casa ni organizo orgías sexuales aquí. Vosotros esperáis que me comporte de determinada forma y así lo hago. No me encierro en mi habitación a beber cerveza y a dormir la borrachera. ¿Qué te parecería si lo hiciera?

Daphne sonrió sin querer ante aquella inverosímil imagen de su madre.

– De todos modos nunca sales con nadie. Muchas de las madres de mis amigas llevan novios a casa. Tú no tienes.

Sus palabras pretendían hacer daño y lo consiguieron, un poco.

– Aunque lo hiciera, no me emborracharía en mi habitación. Cuando seas un poco mayor podrás beber conmigo o delante de mí. Pero no tienes la edad legal para beber, y tus amigas tampoco, así que no quiero que lo hagas aquí. Y menos a los trece años.

– Ya, ya. -Y entonces añadió-: Papá nos dejó probar el vino el año pasado en Grecia. Incluso le dio un poco a Sam. Y no hizo tantos aspavientos.

– Eso es distinto. Estabais con él. El os lo dio, y no estabais bebiendo a escondidas, aunque debo reconocer que tampoco me hace mucha gracia. Eres demasiado pequeña para beber. No tienes que empezar tan pronto.

Pero así era Blake. Sus ideas eran muy diferentes de las de ella, y las normas para los niños o incluso para él eran prácticamente inexistentes. El sí llevaba mujeres a casa, si se podía llamarlas así. La mayoría eran chicas jóvenes; y algún día, cuando los niños fueran mayores, esas mujeres con las que salía tendrían la misma edad que sus hijos. Maxine creía que era demasiado abierto y despreocupado delante de ellos, aunque nunca la escuchaba cuando se lo decía. Se lo había comentado muchas veces, pero él solo se reía y volvía a las andadas otra vez.

– Cuando sea mayor, ¿me dejarás beber aquí? -preguntó Daphne, implacable.

– Tal vez. Si estoy yo presente. Pero no dejaré que tus amigos beban aquí si no tienen edad para ello. Podría tener muchos problemas, sobre todo si pasara alguna desgracia o alguien se pusiera malo. Sencillamente, no es una buena idea.

Maxine era una persona que creía en las normas, y las seguía al pie de la letra. Sus hijos lo sabían, como todos, incluido Blake.

Daphne no hizo ningún comentario. Ya había oído ese discurso antes, cuando la pareja había discutido de ello. Sabía que otros padres tenían normas más relajadas, o no tenían ninguna, y también que algunos actuaban como su madre. Era lo que le había tocado. De repente Sam apareció en la puerta con el disfraz de pavo, buscando a su madre.

– ¿Tengo que bañarme esta noche, mamá? He ido con mucho cuidado. No me he ensuciado nada hoy.

Maxine le sonrió y Daphne subió el volumen de la tele, con lo que le indicaba a su madre que ya había oído suficiente. Maxine se inclinó para besarla y salió de la habitación con su hijo pequeño.

– Me da igual que hayas ido con mucho cuidado. Tienes que bañarte.

– Qué asco…