Era un salvoconducto o 'Pasaporte de Correo Diplomático', según se leía arriba
del todo, emitido por el Embajador británico en mi ciudad natal y válido sólo para un desplazamiento a Gibraltar y regreso a Madrid, con fecha del 16 de febrero de 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, y luego renovado y válido para viajar a Londres vía Lisboa, con fecha de diez días después. 'Por los presentes se ruega y requiere, en el Nombre de Su Majestad', rezaba el texto caligráfico, 'a cuantos corresponda, que permitan al señor Ian Lancaster Fleming, con despachos a su cargo, pasar libremente sin obstáculo ni impedimento, y que le brinden toda la ayuda y la protección de que pueda tener necesidad.'
– Ya veo -dije sin alharaca-. Ian Fleming. -Mi falta de sorpresa pareció decepcionar un poco a Wheeler. Él no sabía que yo había cotilleado las dedicatorias que el creador de James Bond le había puesto en los ejemplares de sus novelas ('To Peter Wheeler who may know better. Salud!'), y que la amistad o el trato entre ambos, por tanto, no me pillaba enteramente de nuevas. 'Así que compartieron aventura juntos', pensé-. Así que compartieron aventura juntos en España, cuando él aún no escribía. Qué increíble. -Esto último lo añadí para animarlo.
– Este pasaporte es del año siguiente. Me lo dio más adelante, cuando ya se había hecho famoso, en recuerdo de nuestra estancia en Portugal, más que en España. Permanecimos anclados a la frivola pareja de junio a agosto. Mrs Simpson, quiero decir la Duquesa, no estaba dispuesta a partir hacia su exilio, como lo veían ellos, sin su guardarropa, su mantelería y sus sábanas reales, su plata y su porcelana de mesa, que debían llegarle desde París, vía Madrid, en ocho Hispano Suizas fletados por el multimillonario Calouste Gulbenkian, un viaje azaroso en aquellos días. (Curiosamente, por cierto, aquel fue el año en que Gulbenkian, armenio de origen, fue declarado 'Enemigo por Decreto' -dijo 'Enemy under the Act', supuse que significaba algo así-, perdió por ello la nacionalidad británica y se hizo persa; de modo que cuando ayudó a los Duques no sé si era aún amigo o ya enemigo.) Así que hubo que aguardar en Estoril, a cuyo casino nos veíamos obligados a acompañarlos todas las noches lan Fleming o yo o más frecuentemente los dos, por la seguridad. No es raro que en las novelas de Bond aparezcan tantos casinos, desde los años veinte conocía bien los de Deauville, Le Touquet, luego Biarritz, le encantaba jugar, sobre todo al bacarrá, lo cual era una verdadera suerte porque la Duquesa se divertía más con él. (Aunque no ganaba mucho nunca e incluso perdía, era un jugador conservador, de apuestas bajas, no como su personaje.) En cuanto al Duque, al menos tenía algo de conversación. Tuvimos un trato aburrido pero cordiaclass="underline" había estado aquí, en Mag-dalen, de modo que siempre me quedaba recurrir a contarle chismes de Oxford cuando ya no sabía cómo entretenerlo. Los escuchaba con estupefacción, sobre todo los sexuales, con un punto de ingenuidad tal vez fingido. Pero no sabía reír. Un hombre soso y quizá no muy listo, pero agradablemente mundano y desde luego educado: al fin y al cabo, no se puede negar que venía de buena familia. -Y Peter rió de nuevo su pequeña broma-. Por fin, un día, conseguimos que la pareja real embarcara sana y salva, con la plata y la porcelana y las sábanas, en un destructor británico amarrado en el Tajo, y con alivio los vimos alejarse por el Atlántico, rumbo a las Bahamas. Entonces nos separamos, Ian Fleming y yo, y no volvimos a encontrarnos hasta bastante después. Él fue asistente personal del Contraalmirante Godfrey, y también tuvo mucho contacto con Hillgarth y con Sefton Delmer, creo que habían estado juntos en Moscú y que colaboró con él en el juego negro del PWE… -'The black game' dijo. Yo le había oído a la joven Pérez Nuix la expresión 'black gamblers' una vez, o había sido 'wet gamblers' quizá, me había hecho imaginarme a tahúres en todo caso. Aquellas siglas no las conocía, PWE. Pero no quería interrumpir a Wheeler-. Nos perdimos la pista, claro, durante la Guerra era lo normal, uno iba de aquí para allá, a donde lo destinaran, y se despedía de cada persona con plena conciencia de que lo más probable era que no la volviera a ver. No por el azar, sino por la fácil muerte. Del uno, del otro o de los dos… Me pasaba con Valerie cada vez que me iba y le decía adiós… Cada vez que me iba… -La voz le había ido menguando hasta casi quedarse en un hilo, al decir estas últimas frases: seguramente se había cansado de hablar. No siguió. Apoyó los dos brazos en el bastón cruzado sobre los del sillón, como si hubiera realizado un esfuerzo con ellos y necesitara reposarlos. Lo vi fatigado y con la mirada un poco ausente-. La propaganda negra de Sefton Delmer, eso fue -añadió absorto, y luego volvió a callar. Quizá había recordado demasiado. Mecánicamente al principio y animadamente después, sí, pero todos los recuerdos llevan a otros y siempre hay un momento en el que se llega a uno triste, antes o después, a una pérdida, a una nostalgia, a una infelicidad de las que no se inventan. La gente se queda entonces con la mirada baja o perdida, y deja de hablar, se calla.
– No sé quién era Sefton Delmer, Peter -le dije-. Tampoco lo que es el PWE.
Levantó la vista, la fijó en mí, aún con cansancio. Con extrañeza también. Me dijo:
– ¿Por qué estamos hablando de esto? No sé de dónde ha venido, lo he olvidado. -También yo lo había olvidado, esa era la verdad-. ¿Y por qué no me cuentas nada tú? A algo habrás venido hoy, sin avisar, ¿no? Estoy encantado de verte, pero dime, ¿por qué has venido así hoy?
Tenía razón. A Wheeler se le escapaban pocas cosas aunque su cabeza pudiera no ser la de siempre y atendiera menos al exterior y estuviera desarrollando una especie de locuaz ensimismamiento (suponía que cuando estaba solo un ensimismamiento a secas). Sí, a algo había ido yo a Oxford, a algo había ido yo aquel domingo desterrado del infinito hasta su casa junto al río Cherwell, cuyo rumor sosegado o lánguido se oía muy débil desde donde estábamos, pero se oía, recordaba lo que le había atribuido mi pensamiento cuando se adormeció por fin, ya muy tarde, la noche en que había conocido allí a Tupra en el transcurso de una cena fría: 'Yo soy el río, soy el río y por tanto un hilo de continuidad entre vivos y muertos al igual que los cuentos que nos hablan de noche, me asemejo a los tiempos y también a los hechos, soy el río. Pero el río es el río. Y nada más'. Había ido a contarle a Wheeler lo que me había pasado o más bien lo que había hecho -en realidad no me había pasado nada: eran otros quienes de verdad habían salido perdiendo-, y a preguntarle si él podía haber previsto algo así cuando me introdujo en el grupo al que había pertenecido. Es decir, hasta qué punto sabía dónde me estaba metiendo con sus oficios de intermediario y a qué riesgos me sometía. Él debía de estar al tanto de las consecuencias que podían tener los informes y del uso que se les daba a veces, un uso inmediato y practico, en mi caso criminal y despiadado. Si en tiempos de relativa paz el resultado de uno de ellos era un homicidio y una detención de escándalo, la muerte de una persona inocente y la ruina de otra inducida a ser culpable, probablemente durante la Guerra, cuando el grupo se había creado y no habría mucho margen para comprobaciones y habría que tomar decisiones raudas, la interpretación de personas o la traducción de vidas o la anticipación de historias habría provocado la eliminación de gente y desastres y calamidades. Aunque además hubiera contribuido a evitarlas, de eso no me cabía duda. Tal vez Wheeler se hubiera visto entonces en alguna situación parecida a la mía de ahora, y él no era un desaprensivo, así hubiera esparcido en su día brotes de cólera, y de malaria, y peste, ese no era el que yo conocía. Tal vez no hubiera muerto uno solo, sino muchos, por causa de sus palabras, y acaso quienes no debían. Pero, de haberle sucedido eso, siempre habría tenido el consuelo, la justificación, el pretexto de estar en guerra. Yo no los tenía.