Выбрать главу

– Este es un buen ejemplo de las cosas que debemos evitar -dice Woody.

– ¿El qué? -dice Jill, y Angus siente que está transfiriendo algo de su actitud defensiva hacia él.

– Algunos no os habéis acostumbrado aún a nuestras rutinas. Mientras más cosas podáis hacer sin pensar, mejor.

– No sé si eso es una buena idea, hacer cosas sin pensar. No me imagino diciéndole eso a mi hija.

– Aquí es esencial. Dejemos esta discusión para otro momento. Necesito dejar claro algo.

– Cielos, eso suena autoritario -dice Jake.

Angus se pregunta si está exagerando deliberadamente, y espera que Woody también piense lo mismo. A Jill se le escapa una risita, sesgada un poco por la sorpresa, y Gavin emite una risa si cabe más corta y apagada.

– ¿Algo más que queráis soltar? -pregunta Woody, mirando a todos fijamente. Angus no puede evitar verse forzado a menear la cabeza y mostrar algo que no llega a sonrisa radiante pero tampoco es simplemente una mueca de compromiso, el resto se guarda sus respuestas-. Bien entonces -continúa Woody-. Me gustaría poder llevaros a todos a ver cómo hacíamos allí las cosas.

– ¿Y cómo es eso?

– Me alegro de que lo preguntes, Angus. Cuando entras en una tienda quieres sentir que los empleados están ansiosos por hacer por ti todo lo que esté en su mano, ¿verdad? Eso no lo veo en algunos de vosotros, y no me refiero solo a los que estáis presentes.

– En algunos de nosotros los británicos, quieres decir -dice Gavin.

– Eso es totalmente correcto. Quizá es cosa de la flema británica, creéis que servir es algo bajo, pero no lo es si queréis trabajar para Textos. Estoy comenzando a pensar que es una razón para que vengan pocos clientes. Tenemos que hacerles sentir que esta es la mejor librería que han pisado, lo cual es cierto dado lo que he visto de la competencia. Debemos asegurarnos de que sigan viniendo y se lo digan a todos sus amigos.

Angus no quiere sentirse portavoz, pero el silencio de los demás le hace hablar:

– ¿Cómo lo hacemos?

– Chicos, sé por qué estáis tristes, pero no queremos que los clientes lo estén. Para empezar, sonreíd cuando veáis a un cliente. Recordaos a vosotros mismos que ellos son las personas que mantienen vuestro puesto de trabajo y quizá eso ayude. Adelante, así.

Se provoca una sonrisa en la cara usando sus propios dedos, obligando a las esquinas de su boca a hacerse más grandes. Sus ojos están como platos, dispuestos a responder a cualquier pregunta, su boca medio abierta muestra algo del brillo de sus dientes. Sería una expresión agradable si sus ojos no estuvieran tan rojos. Su cara le recuerda a Angus a la de un payaso desesperado, sobre todo hasta que no se relaja cuando los demás intentan imitarla.

– Todos tenéis que trabajar en ello -sigue Woody, borrando la expresión de su cara-. Bueno, intentemos el acompañamiento. De ahora en adelante saludaremos a cada cliente. ¿Se va a sentir alguien incómodo por dar a nuestros clientes la bienvenida a Textos?

Es al propio Angus al que no le apetece la idea, por eso no dice nada. Woody parece satisfecho, o bien tiene la intención de tomarse el silencio como una respuesta negativa general; desde luego, su sonrisa lucha por resurgir.

– Supongamos que soy un cliente -dice-, ¿quién me va a dar la bienvenida?

Aunque no está mirando únicamente a Angus, este es incapaz de ignorar la urgencia que parece estar enrojeciendo los ojos de Woody por momentos. Se aclara la garganta, y empalma el sonido con la frase:

– Bienvenido a Textos.

– No te he oído.

– Bienvenido a Textos -casi grita Angus, su cara hinchándose en la zona en torno a su boca.

– Oye, estoy en la tienda, no ahí afuera entre la niebla. De todos modos es más entusiasta, al menos, ¿qué falta?

Al no ser capaz de adivinar a qué se refiere, Angus tiene la impresión de que su cerebro está atrapado entre la niebla. Los ojos de Woody se estrechan como dos puñaladas, y levanta el pulgar hacia la mandíbula para señalarse la cara. Al instante, la sonrisa regresa a ella, luciendo más dientes que nunca.

– No sirve para nada sin esto -apenas vacila al decirle a Angus.

Angus abre los ojos y la boca, y tira de las esquinas de esta tan hacia arriba que los labios le tiemblan.

– Bienvenido a Textos -dice, pero gran parte queda atrapado en la maraña de su sonrisa, parecida a la del muñeco de un ventrílocuo.

– No del todo mal. Practica a cada ocasión que tengas. Podéis ensayar siempre que no estéis en la sala de ventas -dice Woody, dirigiéndose ahora a todos-. ¿Quién quiere superarlo?

Angus se pregunta si se espera de él que mantenga su sonrisa mientras el resto compite. Cuando nadie se presenta voluntario, la deja ir, y siente la relajación de su cara.

– Oíd, no significa que no seamos un equipo. Ayudaros mutuamente a mejorar os hace ser buenos compañeros.

– Bienvenido a Textos -dice Jake, abriendo los brazos como si estuviera a punto de abrazar a Woody, y usando un tono de voz más propio para seducir o ser seducido, además de sonriendo de una forma pretendidamente tímida, apropiada para ambas cosas.

– Sería mejor bajar un tono, no ha sido tan gracioso, Gavin. Veamos la tuya.

– Bienvenido a Textos -repite sin borrar su sonrisa burlona y sin emoción alguna. Antes de que Woody pueda hacer ningún comentario, Jill dice el eslogan como si estuviera ofreciéndole un trato a un niño y brinda una sonrisa expectante dirigida a Ross. Debe de querer animarlo, pero cuando este repite la formula su sonrisa se acerca más a las lágrimas; Angus sospecha que se ha acordado de Lorraine.

– Bueno, necesita ser trabajado, sobre todo las sonrisas -tercia Woody-. Y una vez que lo hayáis pillado, tendréis que mantener esa actitud en todo momento y para todos los clientes. -Examina sus caras buscando una reacción o un motín, luego añade-: Necesito a uno de vosotros para repartir folletos por todas las tiendas del complejo. ¿Quién es el más rápido?

Gavin abre la boca, pero a Woody no debe de gustarle su rapidez.

– Tú puedes hacerlo, Angus. Ve ahora antes de que empecemos a perder gente -le apremia; se refiere al funeral. Angus coge un montoncito de hojas de la mesa de Connie, y Woody le aconseja-: Puedes dejarlas también en los coches de fuera. Bien, en marcha.

Angus coge su abrigo y lucha para meterse dentro sin soltar los panfletos. La sensación de que la sonrisa está a punto de reaparecer en el rostro de Woody le hace sentir si cabe más patoso. Suelta las hojas, se lo pone, y las vuelve a coger antes de huir camino de las escaleras. Cuando sale a la sala de ventas, Agnes habla desde el techo.

– Ayuda en mostrador, por favor. Ayuda en mostrador.

Le está dando un cupón de regalo a una mujer grande de cabeza pequeña, equilibrada por una papada que corona un grueso suéter. Un hombre con una coleta gris que cae sobre el cuello peludo de su grueso abrigo de astracán espera en Información. Cuando Angus se mete tras el mostrador, el hombre vuelve su arrugado rostro hacia él, poniéndose un dedo sobre el hoyuelo de su barbilla.

– No te culpo por llevar un abrigo aquí dentro, ¿o pensabas salir a disfrutar del buen tiempo?

– ¿Hace bueno? -dice Angus sin saber por qué.

– La niebla se ha levantado un poco. No esperes que dure. Antes de irte, soy Bob Sole. Tenéis un libro para mí, por fin.

Cuando Angus se agacha para examinar el estante de Pedidos, se da cuenta de que ha olvidado sonreírle al señor Sole, y también de darle la bienvenida. Ninguna de las etiquetas de la media docena de libros lleva el nombre del señor Sole.

– Perdone, ¿cómo se llama el libro?

– Campos y canales de Cheshire. Un tío llamado Bottomley lo escribió. Adrian, si eso sirve de ayuda.