– Hice tres años de universidad.
– Vaya, que se saquen las trompetas. Tres más que yo entonces, hijo, y aun así no lo pillas. Vete y piensa en ello, quiero decir ahora mismo. Quizá eso ayude.
Angus siente la presión de la silla sobre su columna al empujarla hacia atrás. Por una vez, lucha para no rendirse.
– No para de negarse a contarme las cosas -protesta-. Dijo que alguien debería saberlo.
– Así es, y lo sabrán. El que haya comprado mi libro en vuestra tienda. -Incluso con más indiferencia, añade-: Eso si se molesta en leer hasta tan lejos.
Angus le observa hundirse en su amargura, y le imagina colocándosela sobre la cabeza como una manta rala. No ve más motivos para seguir hablando con el autor. Lo deja con la botella que le ha traído el camarero y sale de allí. Pasar de tanto color al monocromo paisaje de niebla y asfalto le vuelve casi ciego. Apresurándose por el pavimento, los escaparates se intercalan con los grafitis oscurecidos por la niebla. Nadie parece reparar en él, y sin embargo se siente observado; es una sensación al menos tan opresiva como la niebla. Piensa que debe de estar nervioso ante la posibilidad de encontrarse con Woody, y en ese preciso instante, Woody en persona sale de la tienda.
– ¿Tuviste bastante para todos los coches? -le pregunta.
– Para todos los que vi.
La trola le hace a Angus sentirse lo contrario a ingenioso. Mencionaría a Bottomley si pensara que ha aprendido algo digno de mención.
– ¿Qué dijiste que ponían en ese libro sobre este lugar? -pregunta en vez de eso.
Woody se le queda mirando mientras intenta comprender la pregunta o bien mientras intenta decidir la respuesta.
– Un poco de historia.
– ¿Como qué? -se fuerza Angus a seguir preguntando.
– Fue habitado en un par de ocasiones.
Angus no sabe por qué siente que Woody se las está arreglando para devolverle la trola, a no ser que se sienta culpable. No es capaz de pensar en otra pregunta.
– Mejor vuelve a colocar. Pero escucha, gracias por salir ahí afuera y gracias por quedarte esta mañana. Oye, eso es lo que necesitamos ver por aquí. Sigue con eso.
– Perdón, ¿que siga con qué?
– Con la sonrisa.
Angus siente que tira de sus labios y se contorsiona como un insecto.
– Ya casi la tienes. Trabaja en ello mientras estés en el almacén -dice Woody cuando Angus ya va en esa dirección, y añade-: Aguantemos lo que queda de mañana, luego volveremos a la normalidad.
En su camino por uno de los pasillos de Lorraine, Angus se pregunta qué es lo que Woody considera normal. Está casi seguro de oír el murmullo de Woody en la distancia, y este parece quedarse congelado en su nuca, ¿o es un suspiro de la niebla? «Sonríe», se imagina a Woody repitiéndole, o repitiéndose a sí mismo, y siente como si algo hubiera alargado un brazo al menos tan largo como la tienda entera y hubiera cerrado una garra de reptil en torno a su boca.
Greg
Ha tenido en cuenta la niebla, por supuesto. Antes tardaba unos veinte reposados minutos en cubrir la distancia entre Warrington y el desvío que conduce al complejo comercial, pero desde su primera visita a Textos, cuando casi se falló a sí mismo llegando tarde a la entrevista, sale siete minutos antes; dos más cinco, para estar seguro. En el momento que ve la niebla cubriendo el sol sobre la autopista, pisa el freno. Algunos de los coches de delante no lo imitan hasta que la niebla es tan espesa que les obliga a encender las luces de los faros, pero en cualquier caso ninguno de ellos parece tener la intención de descender a Fenny Meadows. Greg sabe que los jefes no podían haber previsto que la niebla se asentara de esa forma en la zona; no sucedía cuando pasaba por Fenny Meadows el pasado invierno de camino a la biblioteca de Manchester, pero el mundo está cambiando, y en beneficio de nadie. Tendrá eso en cuenta si alguna vez se le pide buscar ubicación para una sucursal de Textos.
Conduce a menos de cuarenta y cinco kilómetros por hora en el momento que llega el desvío. Al internarse en él con su Rover, otro coche, difícil de ver por la velocidad a la que va y por el efecto de la niebla, intenta adelantar en la autopista. Greg oye un derrape y un impacto, y aunque ninguno de los implicados se deja ver a través del opaco aire blanquecino, ralentiza la velocidad por si acaso. Circunda la rotonda y avanza cerca de los edificios a medio construir próximos a Stack o' Steak, donde un gran perro gris u otra criatura del mismo tamaño está escarbando entre la basura. Se detendría a verlo bien, o, en realidad, para sugerirle a quien esté al cargo que mantenga sus desperdicios alejados de los animales, pero ha venido antes a trabajar para facilitar que algunos de sus compañeros vayan al funeral de Lorraine. Ya que se empeñan en ir, al menos que sean puntuales. Sería una actitud hipócrita por parte de Greg presentarse en el funeral, pues el comportamiento de Lorraine en el trabajo no podía ser más diferente al suyo. Si él fuera el encargado, se habría sentido obligado a acudir, pero entiende que Woody no esté cómodo dejando a los compañeros de Greg solos en la tienda sin supervisión. Greg consideró la posibilidad de comentarle que él iba a estar allí, pero no quería que Woody pensara que es un presuntuoso.
Tras pasar Frugo, es la niebla quien marca el ritmo de paso, lo cual le da ocasión de observar dónde ha aparcado cada uno. No reconoce ninguno de los coches frente a la tienda, no son de sus compañeros. Si hubiera visto alguno no se lo diría a Woody. No solo porque Woody ya tiene bastantes asuntos de los que ocuparse; Greg cree que a las personas se les debe dar una oportunidad de redimirse y siempre siguió esa regla con las pequeñas faltas cuando fue prefecto en el colegio. Conduce hasta detrás de Textos y aparca junto a varios vehículos bajo el cartel, invisible desde la autopista por culpa de la niebla. Maletín en mano, bloquea el volante primero y cierra el Rover después, antes de dar la vuelta a la tienda.
Aunque el interior de las ventanas tiene parches grises, estos no están en el lugar exacto donde a él le gustaría. Es decir, no tapan las tres caras de Brodie Oates, tres rostros de satisfacción ovalados y planos que parecen globos sobre unos cuerpos demasiado grandes para pertenecer al mismo conjunto; el que no lleva ni falda ni traje, va ataviado con un vestido. Todo esto no es obra de Jake, lo cual sería comprensible aunque no especialmente mejor. Ahora la gente como él puede exhibirse todo lo que quiera, y a nadie le está permitido quejarse; es la misma clase de injusticia contra la que clama el padre de Greg: un tipo no le puede llamar a un negro «negro», pero el negro puede llamar al tipo lo que le dé la gana. Al menos no hay ninguno trabajando en Textos, como en la biblioteca donde trabajan los padres de Greg y él mismo hasta hace poco. Lo que provocan es incomodidad entre la gente, una carencia en el vocabulario, pues ya no se sabe lo que está permitido decir y lo que no. Lo mismo pasa con esto, ¿qué se le puede decir a Jill? ¿Pretendía sorprender a la gente con su escaparate o gastar una broma pesada? Greg no cree que nadie leal a la tienda pudiera pensar en hacer ninguna de las dos cosas, considera que uno debe estar tan orgulloso de su lugar de trabajo como de su colegio. Él lo está, y pretende seguir así, incluso si eso conlleva no gustarle a todo el mundo. Ya se acostumbró a eso en el colegio.
Cuando Greg atraviesa los arcos de seguridad, el guardia no parece saber muy bien cómo saludarlo. ¿Ha sido eso una sonrisilla disimulada por su achatado y agresivo rostro?
– Buenas tardes, Frank -saluda Greg para dejarle contento, y a cambio recibe un gruñido de agradecimiento. Avanza bajo el falso techo de la sección de Música y se encuentra con Agnes, que empuja un carrito hacia Viajes, no a demasiada velocidad.
– Mejor que pongas una sonrisa en tu cara si quieres hacer feliz a los demás -le dice.
»Tampoco supone un gran esfuerzo por nuestra parte intentarlo.