Su boca se tuerce a modo de una sonrisa reflejada en un lago de aguas estancadas.
– Hablas igual que él.
– Si te refieres a Woody, lo consideraré un cumplido.
Su boca se tuerce más en ese lago que Greg imagina.
– ¿Qué haces aquí, por cierto? No entras hasta dentro de casi una hora.
– Pensé en asegurarme de que los que vayáis al funeral cumplierais vuestras tareas antes. No queremos que lleguéis tarde, ya que estáis representando a la tienda.
– No es un deber, es solo… Dios, solo lleva muerta una semana. -Agnes deja la boca abierta durante un momento antes de añadir-: Merecía al menos tener a unas cuantas personas en su funeral, también trabajaba aquí.
Lo único que está consiguiendo es recordarle lo camorrista que era Lorraine, de hecho está demostrando cómo se ha infectado ella también, pero no va a permitir ninguna provocación.
– Bueno -decide responder-, creo que es mejor continuar con nuestro trabajo.
Parece dispuesta a discutir incluso sobre eso, aunque Greg ha tenido cuidado de incluirse a sí mismo en la frase. Está a punto de pensar que Agnes ha incitado al lector de la sala de empleados a la rebelión; tiene que pasar la tarjeta por encima dos veces para convencerlo de su derecho a entrar. Con la puerta cerrándose tras él, corre hacia arriba para meter su maletín en la taquilla. Cuando pasa la tarjeta de empleado bajo el reloj, Woody sale de su despacho.
– Pensé que alguien se estaba haciendo pasar por ti en el monitor -dice-. Vaya, llegas casi tan pronto como yo.
– Pensé que me necesitarías ya que algunos de los empleados se van.
– Esa es la clase de tío que necesitamos -le dice Woody a Angus, que está encorvado encima de la mesa sobre lo que queda de su almuerzo como si no quisiera llamar la atención-. ¿Harías cualquier cosa por este lugar, Greg?
– Me gusta pensar que sí.
– No es mucho pedir, ¿verdad que no, Angus? ¿Por qué no se lo enseñas? De momento eres el mejor de este grupo.
Por un momento, Angus se muestra más que reacio. Greg se está preguntando si él también ha adoptado la actitud que Lorraine le ha traspasado a Agnes, y Angus se gira para mirarle de frente. Los lados de su cara se tensan hacia arriba como si estuvieran siendo levantados por unos ganchos invisibles.
– Bienvenido a Textos -masculla.
Su expresión transmite una impresión más cercana a la desesperación que a una bienvenida, y su voz ni siquiera transmite una sola de esas dos cosas.
– Oye, antes lo hiciste mejor -exclama Woody-. Veamos cómo me haces sentir especial, Greg.
Greg se esforzaría al máximo por Textos incluso si los ojos de Woody no estuvieran en carne viva por la presión.
– Bienvenido a Textos -dice con la mejor de sus sonrisas y estrechando también su mano.
– Tienes que igualar eso, Angus. No queremos a nadie tomando la delantera, ¿verdad? Puedes enseñarle a los demás cómo se hace, Greg, y así es cómo se saluda a cualquier cliente que entre por esa puerta. Lo de la mano también, me ha gustado. Solo una cosa más; cada vez que habléis con un cliente, recomendadle un libro.
– ¿Alguno en particular? -pregunta Greg, ya que Angus ha encontrado todavía un poco de almuerzo sobre el que centrar su atención.
– Cualquiera que te motive. Todo es bueno, sino no lo venderíamos. No tengo por qué decirte lo que debe gustarte.
Greg piensa que Woody podría guiar a la gente por el buen camino; como encargado debe de tener buen gusto. Quizá Greg pueda sacar ese tema la próxima vez que estén solos, no es nada que deban oír los demás empleados. Se está preguntando si debería recordarle a Angus que su descanso debe de estar a punto de terminar cuando Woody habla:
– Bien, Greg, ya que contamos contigo, ¿serás Lorraine?
Angus se aclara la garganta tan fuerte que deja a los demás en silencio.
– Nadie puede. Todos somos únicos -murmura Angus; Greg sospecha que ha hablado solo porque su carraspeo ha atraído la atención sobre él.
– Seguro que sabes que Woody me está pidiendo que archive los libros de Lorraine.
– Me alegro de que al menos uno de vosotros entienda lo que digo.
Greg se apresura hacia el almacén, no lo bastante para no ver a Woody frotarse los ojos y enrojecérselos más si cabe. Sin embargo, se siente tentado de llamarlo, si no fuera porque sabe que ya tiene bastantes cosas en la cabeza. La persona que mete nuevas existencias en los estantes supuestamente también debería depositar la parte correspondiente a los libros de Lorraine en el inferior. Nigel escribió notas para ayudarlos en esa labor, pero alguien los ha metido en los espacios libres de la zona que corresponde a Greg. No solo eso, le han largado libros de escultura, responsabilidad de Jake, figuras desnudas y pulidas que Greg está seguro de que a él le encantan. También hay una buena cantidad de colecciones de fotografías cuya responsabilidad corresponde a Wilf, una vez se recupere del dolor de cabeza que dijo haberle provocado la novela de Brodie Oates por lo que le queda de turno; como si la ofensa que representa el libro fuera una excusa para flaquear en su rendimiento en el trabajo. Quien fuera que dejó las existencias en los estantes de Greg necesitaba un lavado de manos; cuando ha terminado de secar los libros y ponerlos en su lugar, su pañuelo está húmedo como el de un colegial. Los volúmenes propios de su estante parecen estar más limpios, pero eso no significa que sea partidario de su contenido; ¿qué clase de cliente querría una antología de pintura llamada Incluso los monstruos sueñan, con una imagen de Hitler dormido en la cubierta? Mientras va metiendo los libros en un carrito intenta encontrar uno que pueda recomendar. Los de desnudos son potencialmente embarazosos, el arte abstracto significa menos que nada para él, el surrealismo siempre le ha parecido el resultado de un estado mental que hoy en día podría ser tratado médicamente; una pena que los pintores no usaran su técnica para mejores fines. Se detiene en un libro de pinturas de paisajes ingleses. Los paisajes nunca han hecho daño a nadie, reflexiona al tiempo que saca el carro del almacén.
La subida renqueante del montacargas le hace perder tiempo, el aparato murmura que se va a abrir antes de hacerlo realmente. Mete dentro el carro y corre escaleras abajo para encontrarse en el último piso con él, así no se arriesga a traspasar a la tienda la suciedad de las huellas informes, tan caóticas que sugieren un extraño baile, que algún desconsiderado ha dejado en el interior del montacargas. O bien el malhechor, o alguien con sentido de la responsabilidad, ha limpiado las huellas del pasillo. Greg tira del carro tan pronto se abre la puerta del montacargas. Lo está guiando hacia la sala de ventas cuando los teléfonos comienzan a sonar.
No parece que haya nadie dispuesto a responder. Ross está en el mostrador, pero tiene la mirada clavada en la niebla. Al menos los demás están colocando; Jill también, pero no se herniaría si pusiera más velocidad en su empeño. Gavin está ocupado, aguantándose otro de esos bostezos sobre los que Greg cree que los encargados deberían hacer algo, y Agnes ni siquiera ha comenzado a ordenar sus libros dentro del carro. Greg acelera con el suyo camino al teléfono junto a la zona de Adolescentes.
– Bienvenido al Textos de Fenny Meadows -dice con la intención de que sus colegas también lo oigan-, Greg al habla, ¿en qué puedo ayudarle?
– ¿Está ahí Annie?
Por un momento se pregunta si alguien se ha infiltrado en la tienda, hasta que al fin comprende.
– ¿Puedo preguntar quién llama?
– Su padre.
– ¿Y puede decirme el motivo de su llamada?
– Solo queremos saber si está bien.
– Perfectamente. La tengo delante de mí en este momento.
– Es solo que un amigo de la familia pasó por allí ayer y nos dijo que la niebla es peor que nunca.
– Pues debería habernos hecho una visita para ver todo lo que tenemos que ofrecer. No se preocupe, la niebla no ha impedido a ninguno de nosotros venir a trabajar.