– Bienvenido a Textos de Fenny Meadows. Greg al habla. ¿En qué…?
– ¿Está el jefe por ahí? -dice la voz de un hombre. Greg no sabe si es más brusco el hecho de que le interrumpa o la implicación de que Greg no suena como un encargado.
– ¿Puedo preguntar…?
– Soy su casero.
Eso cambia la situación.
– Angus, ¿ves a Woody?-exclama Greg.
Angus se acerca al escaparate, se inclina para mirar a través del cristal, y es recibido por una nube gris más grande que su cabeza causada por el vapor de su propia respiración. Los ojos de los hombres sentados en los sillones pivotan como si pensaran que Greg les habla a ellos, y Frank se acerca a la entrada a mirar.
– No -admite Angus, a la vez que el guardia.
– ¿Crees que podrías considerar la idea de ir un poco más allá, Frank?
Cuando el guardia cumple la petición literalmente, o ni siquiera eso, Greg se las arregla para contener su frustración.
– Parece que no se encuentra disponible en este momento -le dice al teléfono-. ¿Puedo coger algún recado?
– Solo que me encantaría encontrármelo por allí.
– Estará aquí unas horas más, una vez que vuelva.
– Me refiero a la casa que supuestamente le tengo alquilada.
Greg duda solo durante un segundo; seguramente es su deber preguntar:
– ¿Hay algún problema con el pago?
– Nada de eso. Su banco cumple con todo. Me gusta comprobar que mis inquilinos son de fiar.
– ¿Le pido que le devuelva la llamada?
– Ese sería un buen comienzo.
Presumiblemente, el casero no tiene ningún otro comentario pendiente, pues el sonido de la electricidad estática se traga su voz como un chorro de agua. Cuando el chisporroteo se convierte en tono, Greg vuelve a su tarea. Repatría un par de libros perdidos (una guía para hacer bocetos, con un garabato en la portada simulando una cara; un manual de acuarelas que al abrirlo muestra imágenes farragosas no muy diferentes a grafitis) e intenta decidir el tiempo que invirtieron en ellas sus creadores. Al menos ahora solo oye el agudo maullido de los violines, y no dejará que le distraigan las insistentes miradas de Angus hacia la niebla. ¿Busca clientes o a Woody? El resto de los empleados deben de haber ido directamente al funeral. Greg se entretiene en especular cuál de ellos sería prescindible para la tienda: Connie y su frágil insistencia en tratar a todo el mundo sin dureza, Nigel y su sonrisa constante que invita a tomarse toda situación a cachondeo, Ray con sus emblemas futboleros que no tienen cabida en la tienda, Madeleine actuando como si su sección fuera la única importante… Greg ha descargado medio carro cuando Woody reaparece.
– ¿Tardé mucho? -dice con una sonrisa que desea lo contrario.
– Yo diría que no -dice Angus.
Quizá Woody perciba, igual que Greg, las excesivas ansias de Angus por agradar.
– Supongo que han venido más coches desde que estuviste afuera repartiendo.
– Eso será -dice Angus incluso más rápido.
Greg espera a que Woody aparte su sonrisa de Angus.
– Hubo una llamada para ti.
– No hay nada como sentirse solicitado, ¿eh? ¿De qué se trata?
Greg asume que Woody prefiere no hablar de sus asuntos delante de Angus y los hombres de los sillones.
– ¿Hablamos en privado?
– ¿Sí? Claro, vale.
La sonrisa de Woody parece acelerarlos hacia el pasillo de Pedidos, y se hace más ancha y fiera cuando tiene que pasar dos veces la tarjeta por el lector.
– No sería ella otra vez, ¿verdad? -pregunta, con la puerta de salida impidiéndole el paso.
– No, no era una señorita.
– Ya no la llamaría así. -Alarga un puño hacia la puerta para ayudarla a cerrarse y encara a Greg-. ¿Entonces quién me buscaba?
– Tu casero.
– ¿Es eso cierto? -Por un momento su sonrisa parece dudar de su propio significado-. ¿Qué te dijo?
– Solo que no te veía por casa. Quería comprobar que disponías de todo lo necesario.
– No necesito mucho. Sí, así lo creo, seguro. Habrá ido a visitarme a la casa mientras yo estaba aquí en la tienda.
Greg es consciente de que Woody trabaja más horas que nadie en la librería. Se pregunta si sería presuntuoso destacar ese hecho cuando una pregunta escapa de su boca en su lugar:
– ¿Ha regresado alguien ya?
Hay movimiento en el almacén; parece como si los libros estuvieran cayendo de sus estantes.
– Hay alguien arriba -susurra.
– ¿Eso crees? Lo comprobaremos pronto -dice Woody y le aparta para correr escaleras arriba. Greg se siente tan ofendido por su rudeza que duda en seguirlo, pero enseguida piensa que si alguien se ha colado su deber es cortar su vía de huida. Corre por el pasillo y cruza la sección infantil en dirección a la puerta de la sala de empleados. Abre con su tarjeta y cierra con cuidado antes de subir de puntillas.
Alguien debe de haber decidido ser más leal a la tienda que a la idea de ir al funeral, porque Greg oye libros siendo manipulados. ¿Cómo se las ha arreglado esa persona para regresar sin que Woody ni él mismo lo notaran? Cuando renuncia al sigilo e irrumpe en el almacén, no hay nadie a la vista, ni siquiera Woody. Una estantería se balancea lentamente para luego quedar quieta, pero Greg no se imagina que alguien se haya encogido tanto como para esconderse detrás de los libros. Camina de nuevo de puntillas, aguzando el oído para tratar de descifrar el ruido; un murmullo repetitivo, una voz que entona un canto justo delante de él. No es en la vacía sala de empleados, ni en la oficina compartida por Ray, Nigel y Connie. Es en el despacho de Woody.
Mientras cruza la oficina compartida, Greg ignora la reducida versión de él mismo que se refleja en las pantallas apagadas: un maniquí multiplicado por tres e inmerso en la oscuridad. La puerta de Woody está descuidadamente entreabierta, y el propio Woody está sentado de espaldas a ella. Los cuatro cuadrantes del monitor de seguridad aparecen ocupados por la misma imagen, una cara en primer plano; pero no puede ser tan enorme como para que solo la ancha sonrisa de labios hinchados y dientes grises abarque las cuatro partes de la pantalla. Debe de ser un reflejo del tubo fluorescente del techo, porque en el momento en el que Greg pone el pie en la oficina la imagen se convierte en cuatro distintos planos de la sala de ventas. Una muestra a Angus mirando taciturno a los dos hombres sentados al otro lado de la tienda.
– Sigue sonriendo -oye a Woody murmurar-, sigue sonriendo.
– ¿Se lo digo cuando baje?
– No lo dudes -dice Woody girando la silla, y su sonrisa se tuerce para encarar a Greg-. Tú eres el hombre adecuado para ello.
– No encontré a nadie en el almacén.
– Ni yo tampoco. Se cayeron algunos libros, solo eso.
Rara vez, como ahora, Greg siente que la sonrisa de Woody es inapropiada.
– ¿Quieres decir que no estaban bien colocados? -se siente con la necesidad de enfatizar.
– Puede que no lo estuvieran.
– ¿Sabemos quién tiene la culpa?
– No sabría decirte.
– Mientras no estén dañados…
– Eres de los míos, Greg. Me haces sentir que lo estoy haciendo bien. No te preocupes, todo va a ir bien una vez que nos encerremos todos aquí mañana por la noche.
Envía su sonrisa en persecución de Greg y luego pivota para mirar el monitor. Greg desea poder pensar en alguna otra cosa que decir, pero quizá Woody pretende hacerle ver que ya ha dicho bastante. Se siente como si se le hubiera contagiado un poco de la presión bajo la que se halla Woody, lo cual es equivalente a una muda petición de apoyo. Woody no necesita pedírselo en voz alta. Cuando Greg va de camino a sus libros y a recordarle a Angus que corrija su actitud, no necesita recordarse a sí mismo sonreír, pues ya lo está haciendo. Ese es el resultado de tener la mente clara. No va a permitir a Agnes ni a ningún otro enturbiar sus motivaciones, y se guardará lo que sabe de Woody para sí. Greg está ahí para apoyar a Woody y a la tienda.