A Gavin no le importa la respuesta pero se sentiría estúpido si no le comentara lo que se le pasa por la cabeza.
– ¿Cuántas horas has dormido?
– Las suficientes, sino no estaría en pie, ¿no? Cuando pasemos esta noche, todos tendremos ocasión de dormir.
¿Cree que Gavin necesita que le digan eso? Se siente cercano a sufrir una sobredosis del entusiasmo de Woody; es incapaz de decidir si el hombre parece más un predicador o un payaso. Cuando Woody agarra otro libro para recolocarlo con una sonrisa vehemente, Gavin enfila al fin hada la sala de empleados. Solo está aquí para hacer el trabajo por el que se le paga, y divertirse un poco durante el proceso si es posible.
El lector junto a la salida de la sala de empleados insiste en que le enseñe su tarjeta dos veces. El retraso le afecta a la cabeza como una nube de tormenta a un cielo despejado. La frustración o el speed le hacen subir las escaleras sin pisar ni la mitad de los escalones. Echa a un lado la puerta de la sala de empleados y atrapa su ficha del montón de «salidas». La pasa bajo el reloj y la suelta en «entradas». Está pensando en despertar a la cafetera cuando oye actividad. Unos pasos están subiendo por las escaleras a toda prisa, aunque por un momento piensa que han tapado el sonido de otro movimiento, más suave y de una naturaleza que es incapaz de definir. ¿Ha sido en el almacén? Ya ha desaparecido, y se dice a sí mismo que no puede haber sido allí; Nigel y Mad aparecen por la puerta junto al reloj. Para su sorpresa, tanto ese reloj como el de su muñeca muestran que llegan a tiempo, y Woody viene detrás, como si les hubiera seguido.
– No hay necesidad de sentarse -dice-. Esto no llevará mucho.
La boca de Nigel se abre, dando a entender que el hurto de su reunión de turno no es una broma.
– Así es como lo haremos a partir de ahora -dice Woody-. ¿Por qué no intentáis ser el mejor en algo de la tienda? La elección es vuestra -propone; su sonrisa apenas se desestabiliza cuando añade-: Pensadlo mientras trabajáis. Gavin, tú serás la persona encargada del mostrador la primera hora, a no ser que Madeleine quiera ocuparse de ello.
– Puede quedárselo -dice Mad sin humor-. Mi sección me necesita tanto como siempre.
Gavin cree haberse convertido sin querer en su antagonista. Va hacia las escaleras con la intención de dejar de sentirse atrapado y para comenzar a trabajar. No ha bajado del todo cuando Woody va tras él.
– No te asustes, no te estoy persiguiendo -dice Woody.
Se está dando prisa para abrir la tienda. Una prisa sin sentido, pues lo único que entra por la puerta es una nube de niebla que se esfuma casi inmediatamente. La ausencia de clientes es la razón por la que Mad no se corta al ver la sección infantil.
– Vaya, gracias, quienquiera que seas -grita a plena voz.
– Ese debo de ser yo -exclama Woody.
– Lo dudo. Espero que no.
– ¿Qué clase de problema hay?
– ¿Cuál no hay? Echa un vistazo.
Gavin no ve la razón por la que esa última frase no pueda incluirlo a él; no hay clientes que atender en el mostrador. Sigue a Woody por Adolescentes, donde Mad está mirando fijamente los libros con los brazos en jarra y martilleando con los dedos su cintura. Al darse la vuelta, Woody parece estar a punto de ordenarle a Gavin que regrese al mostrador.
– ¿Hay algo fuera de su lugar? Si es así, tienes más vista que yo.
El hecho de tener que tomar partido le provoca a Gavin una tirantez en la piel, y el regreso del regusto a niebla rancia a la boca.
– Lo siento, Mad -se ve forzado a admitir-, yo lo veo todo bien.
– Quizá es algo invisible para los ojos de los hombres -sugiere Woody, junto a una sonrisa.
A Mad ninguna de las dos cosas la convence.
– ¿Qué se supone que quiere decir eso, acaso veo cosas?
– Quizá no estás en tu mejor momento.
– No sé los demás, pero estoy totalmente despierta.
Woody ladea la cabeza un poco a la izquierda y entrecierra los ojos, una pose en la que parece confiar para intentar trasmitir una disculpa.
– Me refería a tu momento del mes. La chica con la que salía…
– Guárdate tu historia -dice Mad sin pestañear, y con tal fiereza que Woody da un paso atrás.
– Parece que los hombres no son bienvenidos -murmura.
Gavin se siente ahora incluso más inclinado a no ponerse de parte de Woody, pero Mad le da la espalda como si lo hubiera hecho. Deja a Woody observándola, y regresa al mostrador. Al fin la tienda ha atraído clientes; dos figuras achaparradas se están acercando por el aparcamiento. Están más allá del tocón astillado, rodeado y de alguna forma fundido con la niebla, y Gavin advierte que son los hombres que llevan no se sabe cuántos días en los sillones de la tienda. Cuando entran arrastrando los pies, les dedica la más salvaje de sus sonrisas.
– Bienvenidos a Textos -dice con entusiasmo-. ¿Puedo recomendarles Baila hasta desmoronarte de D. j. E.?
No podría hacer esto si no lo encontrara gracioso, pero Woody no puede poner pegar a la recomendación, pues de hecho la biografía del disc jockey está en la tienda, en la sección musical. La sonrisa de Gavin está a punto de convertirse en una risilla cuando los hombres lo miran frunciendo el ceño y sin decir nada se alejan camino de Textos Diminutos. Mad no puede ocultar su desconfianza al verlos. Cuando cada uno de ellos escoge una copia del mismo libro de dibujos para niños sin desordenar a sus vecinos, menea la cabeza para sí. Al hundirse los hombres en los sillones con un quejido de estos similar a dos ranas llamándose la una a la otra, Mad levanta las manos, aunque Gavin piensa que no está a punto de bendecir a nadie.
– Bien, quizá sea cosa mía -dice, dirigiéndose al almacén.
Suena menos a un asentimiento que a una rabieta causada por lo que sea que la haya confundido. Gavin solía pensar que tenía la misma actitud que él hacia el trabajo: diviértete cuando puedas y ríete de los demás lo máximo posible, pero últimamente no parece seguir esas directrices. Cuando Woody entra por la puerta, cerrada justo antes por Mad, Gavin lamenta haber perdido la oportunidad de hacerle saber que está de su parte. Debería dejarle claro que no es la mascota de Woody, como lo es Greg.
Se apoya en el mostrador para observar lo que tardan cada uno de los hombres en pasar una página. Uno de ellos alimenta sus esperanzas atrapando la esquina de una como un cangrejo, con el pulgar y el índice, para luego dejarla ir. A los no más de dos minutos, el otro lo imita, atrapando una esquina de la página para después soltarla. Gavin no percibe que el letargo de los hombres se le está contagiando hasta que Mad reaparece con un carro lleno de libros. Está a punto de buscar un modo de parecer ocupado, por si Woody lo está observando desde arriba y considera que no está pensando una manera de alcanzar la excelencia, cuando el jefe aparece por el pasillo de envíos empujando un carro hacia Animales.
– Aquí está la mitad de las existencias que están esperando ser bajadas -le dice a Gavin a través de una sonrisa escondida entre las palabras-. Estarás lo bastante cerca del mostrador.
¿Es la falta de sueño lo que obliga a Gavin a examinar cada portada antes de poner cada libro en la estantería? Para cuando ha terminado con Mascotas siente su cabeza inundada de ojos mirándole con estúpida reverencia. En Zoología se le ocurre la idea de ordenar los libros en el orden opuesto a la evolución, ¿pero por qué? Menos mal que no hay libros sobre amebas. Antes de descargar el carro de muchos más volúmenes, es incapaz de saber si los está colocando o se está apoyando sobre ellos. Nunca se ha sentido más feliz de ver llegar al siguiente turno.
Greg deja pasar antes a Connie y Agnes, aunque hay sitio entre los arcos de seguridad para que pasen todos, después envía su voz tras al menos una de ellas.