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– Me alegra ver que no soy la única persona ansiosa.

– ¿Por qué estás ansioso, Greg? -quiere saber Connie, a no ser que esté fingiendo.

– Por trabajar, claro. -Parece claramente ajeno, estúpidamente, diría Gavin, a que podría referirse a cualquier otra cosa-. Te habrás tomado tu tiempo para aparcar, Agnes.

– No me he metido el coche en el bolso, si es eso lo que preguntas.

– Sabes adonde quiero llegar. A si está en el lugar donde debemos aparcar.

– Está en un buen lugar.

– Te estoy preguntando si está en la parte trasera. Te estoy dando la ocasión de quedar bien.

– No voy ni siquiera a contestarte, Greg.

Su mirada sí lo hace, y sin embargo, mira a Connie buscando apoyo.

– Greg tiene razón. No hay motivo para discutir por algo tan tonto -dice Connie.

Agnes se siente traicionada.

– He aparcado donde me siento segura, y ahí es donde me voy a quedar -dice para quien quiera oírlo mientras se aleja camino de la sala de empleados.

Gavin quiere soltar una risita por la pomposa estupidez del asunto, pero la disputa ha reavivado el regusto rancio en su boca.

Greg y Connie siguen a Agnes escaleras arriba, pero Greg reaparece casi de inmediato.

– Yo me ocuparé del mostrador, Gavin -dice como si Gavin en realidad debiera permanecer allí-. Seguro que necesitas recuperar algo de sueño para esta noche.

Gavin le regala un bostezo de mayor tamaño del debido. Tras la reacción de la mandíbula de Greg, moviéndose como la de un camello para contener la contagiosa apertura de la boca, empuja el descargado carro hacia el montacargas y lo manda arriba. Oír la alegre pero decaída voz del aparato reactiva el mal sabor de boca. Recoge el carro cuando llega al almacén y descarga los libros, que deberán esperar hasta más tarde (ha estado a punto de pensar «hasta la luz del día», pero ¿desde cuándo ha entrado eso en la tienda?). Mientras pasa la tarjeta bajo el reloj, avista a Agnes y Connie, que están evitando dirigirse la palabra, sentadas lo más lejos posible en la sala de empleados; Woody observa al resto de empleados del turno en las pantallas de su despacho. La atmósfera hostil da una impresión incluso más sofocante debido a la falta de ventanas. No obstante, Gavin se asoma a la oficina de Nigel.

– ¿Cuándo devuelves los vídeos?

– Los enviaré mañana.

– ¿Puedo llevarme unos pocos a casa y traerlos esta noche?

– Todos están defectuosos, ya lo sabes. Por eso están en mi montón.

– Pero habrá cosas grabadas en ellos de todos modos, ¿no? Solo quiero ver si es algo que merecería la pena comprar.

– No creo que nuestro amo y señor se opusiera a ello -dice Nigel, mirando de reojo la puerta de Woody-. Enséñame abajo lo que te llevas.

Presumiblemente no quiere demorarse mucho cerca de la muda confrontación de la sala de empleados. Gavin pasa por allí deprisa, el resto del turno va haciendo aparición y Connie y Agnes entablan una competición de saludos. Gavin entra en el almacén para coger cintas de vídeo de conciertos de Cuddly Murderers y Pillar of Flesh. Nigel está abajo junto a Juegos y Puzles, y da su aprobación con un movimiento de cabeza.

– Espero que también cierres los ojos un rato.

Gavin se resiste a explicarle que solo tiene la intención de verlos hasta que el efecto del speed se le pase. En el momento que efectúa su fuga temporal de la tienda, algo insustancial pero abrumadoramente enorme surge de la cegadora niebla a su encuentro. A su mente le lleva más tiempo del esperado apreciar que es un sonido, un atronador e infranqueable estrépito que se extiende por el cielo hasta hundirse en el agudo susurro de la autopista. Cuando el avión de pasajeros se pierde en el invisible horizonte se siente como si el mundo se hubiera encogido hasta el tamaño de Fenny Meadows. Espera dejar atrás esa impresión antes de llegar a la parada de autobús.

Al pasar los astillados restos del árbol, un coche se arrastra desde detrás de Textos. Reconoce el Mazda verde de Mad antes de que se ponga a su altura y baje la ventanilla unos centímetros.

– ¿Voy en tu dirección, Gavin?

– Voy camino de la parada de autobús.

– Eso está lejos. ¿Vives en Cheetham Hill, verdad? No muy lejos de mí, en realidad -dice deteniendo el coche-. No me importaría tener algo de compañía, si te digo la verdad.

Advierte las lentes del faro izquierdo, rotas como las alas de una libélula. No es muy sorprendente que Mad no quiera estar sola en estos momentos. Pensaba despejarse un poco caminando para aliviar el efecto del speed, pero sube al coche. Mad no vuelve a hablar hasta que están subiendo por la rampa de la autopista, bajo un cielo indistinto a la niebla excepto por una poco definida burbuja más pálida; el sol.

– ¿Qué te pareció el funeral? -pregunta entonces.

– Me pareció triste. ¿Qué me iba a parecer?

– Fue triste en distintos sentidos -dice Mad, colocando el coche en el carril de aceleración tras ascender por la rampa-. El sacerdote intentando convencer a todo el mundo de que Lorraine había conseguido mucho en su vida y sin ser capaz de pensar qué exactamente; si lo que intentaba era convencer a sus padres fue mucho peor. ¿Sabes a qué me recordó?

Gavin recuerda el monótono son del sacerdote en la elegía y los rezos que lo siguieron, como si no hubiera diferencia entre ambas cosas, y el hecho de que no dejaba de decir «Aaaamén» en las dos mismas notas exactamente.

– A mí me recordó a un sacerdote.

– Yo pensaba en una de esas cartas hechas por ordenador en las que solo cambian el nombre. Apuesto a que la mayoría de lo que dijo lo repite en todos los funerales. Como un telegrama cantado, salvo porque habla bastante más y no canta demasiado.

Gavin se pregunta si espera de él que opine lo mismo, y también cuándo se va a meter de una vez en la autopista. Se echa sobre la ventanilla a su lado, donde una imitación de la niebla causada por su respiración empaña la ventana antes de que el Mazda acelere con tal rudeza que el asiento de Gavin le golpea en la nuca.

– Lo más triste -continúa-, fue la insistencia de sus padres en que no era mi culpa y en que no debería culparme a mí misma.

Gavin empieza a sentir la necesidad de guardar silencio, su cometido es simplemente el de oyente. La niebla se está retirando del coche, pero los ojos de Mad están brillando, como si se hubieran desenfocado para compensar ese hecho.

– No, eso no fue lo más triste -insiste.

Tiene que mirar un momento a Gavin para obligarle a preguntar.

– ¿Qué fue entonces?

– ¿No oíste lo que su madre quería que el sacerdote les dijera cuando intentaba escaquearse para ir a otro funeral?

– La vi intentándolo, pero no oí nada.

– Estaba diciendo que tenía que haber una razón para la muerte de Lorraine, sino no tenía ningún sentido.

– ¿Le dijo el sacerdote lo adecuado?

– Eso fue más o menos exactamente lo que hizo. Tuvo que ser la voluntad de Dios, y tenemos que aceptarlo incluso si no lo entendemos, eso es lo que dijo. Solo provocó que la pobre mujer se preguntara qué clase de dios querría eso para su hija.

Gavin se da cuenta de que ha dicho ese último dios en minúsculas.

– Tú también te lo preguntas.

– Ojalá hubiera podido decírselo, pero fui a ver cómo estaba Wilf.

– Parecía mejor que la última vez que estuvo aquí.

– Lo sé -dice Mad con impaciencia, y le lanza a Gavin una mirada que hace al coche agitarse un poco-. ¿Qué le hubieras dicho tú?

– Lo mismo que ella se preguntó -dice, y Mad le mira como si estuviera negándose a pensar. Delante, la niebla se ha disipado hasta convertirse en una tenue neblina en la que los suburbios de Manchester cobran forma poco a poco; iglesias y tiendas resplandecen como imágenes de una renovada claridad, demasiada para el escaso intelecto que desprenden. Está empezando a dar cabezadas y a perder segundos o minutos de conciencia, de tal modo que la visión de los gritos de una clase de primaria saliendo por las puertas de los Granada Studios sigue inmediatamente a la de la visión de un tranvía reflejándose en el agua de un canal, kilómetro y medio más tarde. Luego la chimenea de la prisión Strangeways roza con su sombra sus altos muros, otro kilómetro y medio en un segundo de su mente.