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– Dos mentes con un solo pensamiento, ¿eh? -dice el hombre con un acento escocés tan pronunciado que Wilf piensa que lo está forzando -¿Quién es el responsable de eso?

Está señalando al escaparate con un pulgar regordete, el cual está constituido principalmente por una fracción de su rostro.

– No se encuentra aquí en este momento -dice Woody sin dar un respiro a su sonrisa-. ¿Quiere transmitirle algún mensaje?

– ¿Debo ponerla colorada, Fiona? -dice Brodie Oates-. Fiona es mi asistente personal de la editorial.

Wilf se alegra de que Agnes no esté presente, especialmente porque Fiona mira al autor como una madre a un niño brillante pero terco hacia el que no puede evitar ser indulgente.

– ¿No querrás ponerla nerviosa como a aquella señora de la tienda de Norwich, verdad? -le suplica.

– No debió permitir que se terminara el vino. -Oates le dedica otra mirada al escaparate, y Woody trata de ocultar su tensión ante el comentario-. Me ve como tres personas diferentes, ¿verdad? No discutiré eso. Dígale ok, como decís los americanos.

La sonrisa de Woody se ensancha como la hendidura en un árbol talado a punto de caer. Antes de poder responder en voz alta, si es que la postura de su boca puede permitirle hacerlo, Oates se le adelanta:

– ¿Se supone que eso es para mí?

Mira al fondo de la tienda, a una mesa con copias del libro apiladas sobre ella.

– La editorial no nos comentó que necesitara nada más -se disculpa Woody en su nombre o en el de la tienda.

– Fiona mala. ¿Qué te mereces? -dice mirando cómo Fiona se pone roja, ahora se dirige a Woody-: Va a dejar el alcohol entre bambalinas entonces.

– Tendré que pasarme por el supermercado para conseguirlo.

– ¿Habrá cosas allí que merezca la pena beber, verdad? Chateauneuf vendrá bien como último recurso -sugiere observando el espacio delante de la mesa llena de libros-. No sea rácano tampoco con mi público. Nada mejor que unos cuantas copas para ponerlos a tono para comprar.

Wilf solo puede imaginarse por qué la sonrisa de Woody se ensancha más y más.

– Le llevaré arriba a la sala vip hasta que lleguen -dice Woody, tapando el lector de la pared con su tarjeta-. Ábrete sésamo, ábrete sésamo -susurra empujando la puerta.

Va delante, dejando a Wilf tras Fiona y Oates. Wilf está en el escalón de más abajo cuando el autor se pregunta:

– Entonces, ¿qué podéis decirme de mi último relato?

– Estoy deseando leer una copia firmada -dice Woody de inmediato.

– De acuerdo, mientras la pague.

– Por supuesto. La tienda espera que lo haga, igual que su editorial. No me gusta aprovecharme de mi puesto, soy un miembro más del grupo. El tipo de ahí abajo ha leído su libro.

– ¿En serio? -dice Oates, volviéndose hacia Wilf-. ¿Cuál es el veredicto entonces?

Todos se han detenido. Incluso Fiona está mirando a Wilf. En los libros los personajes a menudo desean que se los trague la tierra, pero Wilf siempre pensó que era una expresión exagerada; hasta este momento.

– La verdad es que… -desea instantáneamente no haber dicho.

– Eso es lo que estamos esperando, solo eso.

– Me provocó una migraña.

Woody prorrumpe en una risa nerviosa que no casa demasiado con su sonrisa.

– Oh, pobrecito el cerebro del chico -aúlla Oates.

Wilf se dice a sí mismo que Oates no es como Freddy Slater, aunque haga sonidos similares. Tuvo que ser culpa de Slater que Wilf no pudiera leerse el final de la novela bajo tanta presión, e igualmente Slater le causó los problemas con Guerra y paz, que luego se pudo leer en casa sin problemas. Quizá Slater ha encontrado otro a quien atormentar o con quien aburrirse; Wilf no lo ha vuelto a ver.

– ¿Oye, y no nos vas a decir qué te provocó dolor de cabeza exactamente? -pregunta Oates.

Woody está tan perplejo que su sonrisa casi se le descuelga. Quizá la pregunta tiene otro significado para los americanos.

– El final -admite Wilf.

– ¿Cuál?

Quizá Oates no es tan diferente a Slater como Wilf quería creer. Sin duda le está provocando las mismas sensaciones que las últimas páginas del libro; una total incapacidad para descifrar y entender lo que lee.

– ¿Subimos? Nuestra encargada de eventos está ansiosa por conocerles -le salva Woody, y Wilf queda agradecido.

Woody sostiene la puerta para Oates y Fiona, y entra en la oficina.

– Connie, aquí está la celebridad.

– ¿Eres la responsable de mi anuncio en el escaparate? -le dice Oates a Connie cuando esta se levanta y va hacia él, estirando sus labios rosados en una sonrisa.

– ¿Le gustaría que lo fuera? -pregunta; Oates se agacha sobre su mano y se la besa-. Estoy feliz de serlo.

– Jill tuvo la idea del escaparate, ¿verdad? -interrumpe Wilf sin poder evitarlo.

– No sabes lo que Jill y yo hemos hablado.

Connie se ha olvidado de sonreír, pero Woody sale al quite.

– ¿Todavía sigues con nosotros, Wilf?

Presumiblemente le está preguntando a Wilf si no tiene trabajo que hacer. Ya que eso puede reafirmarle en su capacidad para ello y deshacerle de la compañía actual, a Wilf no le importa demasiado marcharse.

– Sigo con lo mío -dice, pasando la tarjeta por el reloj.

– Bien, baja algunas sillas y prepáralas, Connie. Voy a ir a Frugo para ser un buen anfitrión.

Wilf mantiene abierta la puerta de la sala de empleados con una silla y coloca otras cinco sobre ella antes de bajarlas. Está a medio camino cuando la puerta se cierra a su espalda y aparece Woody con seis sillas.

– ¿No funciona el montacargas? -pregunta Woody sin una sonrisa en su voz.

– Pensé que sería más rápido así.

– Gracias por pensar en la tienda. ¿Podemos asumir que estás recuperado?

– De la migraña, te refieres.

– ¿Te pasaba algo más?

Woody desciende más rápido que Wilf.

– Nada de lo que merezca la pena hablar -masculla Wilf.

– ¿Es la primera vez que la sufres?

– Nunca tan intensamente -dice Wilf, lo cual es bastante cierto.

– Entonces asegúrate de reunirte con Ray y rellenar un parte de bajas. ¿Estamos esperando algo?

La silla de encima se agita nerviosamente cerca de los ojos de Wilf a cada escalón bajado, pero es capaz de alcanzar felizmente la sala de ventas sin tirar las sillas ni caerse sobre ellas. Tan pronto como Wilf sostiene la puerta, Woody sale como una flecha, dejándolo a su suerte en el estrecho hueco, y casi acaba chocando con las sillas abandonadas allí por Wilf.

– Venga, tú lo organizas -dice un Woody acelerado-. Esta es una de las cosas que tengo que solicitar para ocasiones como esta, más sillas. Si alguien ha de quedarse de pie tendrá que aguantarse.

Wilf medita sobre la esperanza inquebrantable de Woody. Ahora mismo la tienda tiene menos clientes que sillas.

– Tenemos la noche entera -murmura Woody-. ¿Por qué no te quedas por aquí cuando hayas terminado con las sillas? Le gustará tener cerca a alguien de la tienda que haya leído su trabajo. Puedes servir de relleno haciendo preguntas si hace falta.

A Wilf no se le ocurre una idea menos apetecible; la situación le trae a la boca un regusto indefinido, algo rancio. Se toma su tiempo colocando las sillas, como si eso de algún modo fuera a retrasar la aparición del autor. Ya casi ha terminado de ponerlas en filas de cuatro frente a la mesa cuando dos hombres de cráneos casi totalmente calvos, que estaban sentados y quietos en los sillones, los arrastran para unirlos a la última fila de sillas. Regresan a sus asientos y siguen mirando fijamente las cubiertas de los libros de dibujos apoyados sobre cada uno de sus regazos. Se está preguntando si se sentirán tratados condescendientemente si les comenta la función de las demás sillas, cuando oye a su espalda la voz que menos desearía oír en este momento.

– ¿Ya te han ascendido?

Wilf se da la vuelta tan lentamente como puede, aunque es infantil creer que eso va a hacer desaparecer a Slater. Más que nunca, la cara de Slater parece una máscara de humedad traslúcida sobre una ancha masa de carne rubicunda. Su boca se abre para incitar a Wilf a pillar la broma o imitando lo lerdo que es Wilf por no hacerlo.